Preparo un enésimo trabajo sobre el bilbaíno Tomás Meabe -en el centenario de su muerte, preterido, al parecer, por todos- y el anticlericalismo y antieclesialismo. Meabe, recién convertido de aguerrido peneuvista católico en socialista ateo y anticristiano, y poco después masón, es la flor y nata de ese anticlericalismo y antieclesialismo español, no populachero, a lo Nákens, sino popular y social, que, aunque feroz y hasta grosero no pocas veces, era, en otras, un agudo y socarrón crítico de la Iglesia y hasta de la enseñanza y práctica de la religión, con muchas razones para ello. Lo que a él y a tantos como él les faltaba era una educación adulta en la fe y seguramente, a pesar de ser su familia y el partido en que militó profundamente católicos, un contexto de diálogo religioso, culto, ilustrado y tolerante, que por entonces era difícil encontrar. Esta tarde me ha extrañado un texto suyo, firmado con seudónimo, muy desafortunado, donde compara torpemente a su «dulce Jesús», a su «martir galileo», siempre puesto como modelo frente a la Iglesia que detesta, con el Krishna indio, avatar de Visnú, y donde escribe igualmente nada que menos ¡que Pedro y Pablo y los primitivos cristianos no reconocieron la divinidad de Jesús! Me ha decepcionado tanto, porque él era un hombre muy culto, que no salgo de mi decepción. Y como consuelo me ha venido a las mientes aquella profesión temprana de fe de san Ignacio mártir de Cristo, en su carta a los cristianos de Esmirna, que tanto recuerda a la carta a los Romanos 1, 3. de Pablo: Allezós ónta ek genous David… (Realmente del linaje de David según la carne / hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios / nacido realmente de la virgen / bautizado por Juan…). Y evoco ante Dios la memoria de Tomás, que tanto sufrió por su fe vivida y después renegada, y de los muchos como él, de entonces y de ahora.