Las uvas de Añorbe

 

          En esta bellísima tarde de octubre, antes de llegar al poblado de Añorbe, centro geográfico de Navarra -sobre el que escribí en su día-, nos desviamos por una ancha pista que nos lleva hasta la famosa bodega  Nekeas y  al no menos famoso trujal del mismo nombre; Junto a la bodega hay un movimiento de tractores que vienen y van trayendo las uvas, y un corro de chiqullos que miran, y que ya no gritan aquello que gritábamos de chicos: –Una uvica / y si no / que se reviente la comportica. Ya no hay comportas, y la vendima ya no es aquel ritual alegre y tumultuoso que un día fue, inspiración continua de escritores y poetas: Al alba, moza / que me voy a vendimiar. / Volveré lleno de sangre / lo mismo que un capitán. Enfilamos un pequeño valle, con altos molinos eólicos a nuestra izquierda y una línea irregular de pequeñas alturas a nuestra derecha, primero ocupadas por piezas de cereal y luego por unos viñedos nuevos y frondosos, entrelazados a veces de olivos jóvenes, siempre  en suaves laderas, mientras las viñas se extienden también a nuestra izquierda, en terrenos bajos y ladeados. La vendimia está solo comenzando, y la cosecha de uva parece ubérrima. Aunque llevamos el permiso oral de los responsables, en el camino, antes de llegar a la ermita arbolada, nos encontramos con Manolo, que sale de un coche y sube al tractor, siempre de mando porque el mando gerencial es él. Vamos, pues, doblemente asegurados. ¿Qué tienen que ver aquellas viñas de mi pueblo, con cuatro o cinco uvas cada cepa, con éstas, regadas con el gota a gota del Canal de Navarra, que tienen diez, veinte y hasta treinta uvas  en cada unidad? Me recuerdan las célebres viñas de Engadi o Engadí de la Biblia, aquellas viñas del oasis cerca del mar Muerto, con palmeras y viñedos, cuya flor de alheña en medio de las viñas era para el Cantar de los Cantares símbolo del amor. Recuerdo que en el fondo de cobre dorado del platillo de la iglesia de Mañeru, cuando yo era monaguillo, hombres forzudos llevaban sobre los hombros colgada de un recio palo una de aquellas uvas gigantes. Hoy en Israel esa estampa es un símbolo nacional. Cortamos con entusiasmo algunas de estas inmensas uvas y escogemos luego otras más ligeras para poder guardar más tiempo, Vieja garnacha, que es para mí la uva por excelenca, y rojizo y fresco tempranillo. Me como tantas uvas como guardo: festin de viejo niño pobre. junto a los higos cogidos de la higuera, este es mi  más alegre deporte de otoño. Cuando ya no haya viñas que racimar en Navarra, siempre quedan las viñas de la Rioja, más tardías de vendimia, y con la misma o parecida subcosecha que dejan las torpes máquinas vendimiadoras. Si en mi pueblo racimábamos una comporta en una tarde para el Domund, ¿qué no se podría racimar hoy? Si a eso añadimos las viñas que no se recogen, tendríamos para dar de merendar a varios colegios, residencias, etc.- Seguimos en dirección oeste y torcemos después en dirección a Obamos, en medio de las Nequeas, entre pequeños cabezos calizos, algunas sernas, unas pequeñas viñas, algunos carrizos, una nogaleda,  pinos, hasta llegar a un carretil de asfalto, que nos acerca hasta a los pies de la ermita de Arnotegui, desde vemos atardecer sobre Puente la Reina y Obanos. Ya no huele a mosto, sino a pinares. Los muros fusilados del fuerte del siglo XIX mejor conservado circundan y protegen la ermita de la Virgen de Arnotegui, de mucha devoción en la zona, que ahora cuida, abierta y reluciente, el P. Lázaro, digno sucesor del legendario penitente Guillermo, figura sobresaliente en el Misterio de Obanos.- Comienza a ponerse la tarde tan azul, y luego tan negra, como las uvas. Volvemos como si trajéramos el otoño con nosotros.