Barañain, Veriniani fundus, villa de Veriniano, o quién sabe, es hoy el tercer municipio de Navarra en número de habitantes y el penúltimo en parvedad de territorio, arracimado en la terraza aluvial de Pamplona, entre el río Arga y el tramo final de su afluente el Elorz.
Siendo la vivienda más barata que en Pamplona y un lugar apacible, apartado y cercano a la vez, muchos eligieron Barañain para vivir. Yo también viví en Barañain. Hubo un tiempo en que todos vivíamos o habiamos vivido en Barañain.
Sobre las ripas quedó el testigo histórico de su pequeña iglesia románica, rodeada de un hato humilde de casas y «la casona» (un excelente restaurante), cuando la longa y sufrida meseta acogió todo tipo de urbanizaciones: torres, bloques, colmenas, viviendas unifamiliares, apartamentos, villas, palacetes… La fealdad se mezcló con la belleza y lo regular con lo desmedido. Después de muchos años creciendo, Barañain ya ha dejado de crecer, por falta de espacio.
La urbanización, que conquistó todos los puntos cardinales de la meseta, ocupó hasta el antiguo y perdido señorío de Eulza, deteniéndose justo en los bordes del desfalladero norte y occidental.
Para evocar los antiguos herbazales y prados, trazaron los afanosos munícipes de la nueva población un amplio jardín entre francés e inglés, con un variado arboreto, un lago polilobulado como de juguete grande para solaz y regocijo de niños y grandes.
En las tardes claras del invierno se dibuja en el breve fondo de sus aguas verdigrises, como en un espejo mágico, el viejo Barañain, que vuelve de su historia aldeana y labradora, ya definitiva, y no encuentra su sitio de siempre.