Mariano Aso era en 1932 un joven socialista de Villafranca de Navarra, que escribía unos breves e intensos cuadros del paisaje social de su tiempo en el semanario ugetista Trabajadores, que descollaban en la prosa general de aquellas páginas: una mezcla de aprendiz de Azorín y Tomás Meabe, Aqui va uno de ellos:
Una casa de una calle cualquiera.
En la parte superior de la puerta, colgando de una ventana o balcón, una rama de romero u otro arbusto.
Entramos.
Una habitación que en otro tiempo sirve para cuadra o lugar donde se guardan los arreos del campo.
Por el suelo, desparramada, paja, que nos recuerda su origen: cuadra.
Olor apestoso e insano.
Una mesa coja, despanzurrada, con una cacerola que contiene unos vasos bañados en agua incolora y llena de babas. En un extremo, un tonel. Detrás, una mujer harapienta, sucia, repugnante.
En derredor de una mesa, varios hombres de mirar plomizo y vidrioso juegan a las cartas.
¡Órdago! ¡Quiero! Se comprende que es al mus.
En otro lado, otros discuten del tiempo, la cosecha, lo mala que está la vida.
Leyendo el periódico, muy pocos, ninguno.
Día festivo,
Van entrando muchos hombres: se habla, se discute y se canta fuerte.
Alguien blasfema. Se oye un grito.
Los beodos corren. Se ve un grupo. La justicia.
Muchos comentarios.
Al día siguiente, el periódico de la provincia diría en letras muy grandes, muy negras:
«Ayer, en una taberna de X riñeron varios parroquianos. Estos salieron desafiados a la calle, donde se agredieron, resultando herido X, que recibió una cuchillada en el vientre.
El motivo de la refriega fue el vino».
Triste sino el de estos antros de vicio y degeneración.
¡Trabajador, huye de él!
!
=