Jn 20, 19-31
Era una tibia y lenta tarde de abril,
y cerradas estaban las puertas de la estancia
por miedo a los judíos.
El Maestro, ya vivo ente los muertos,
trajo la paz a sus discípulos,
que cambiaron el miedo por el júbilo,
y derramó sobre ellos el Espíritu,
que les daba el poder de curar los enfermos
y perdonar los pecados de los hombres.
Era el mismo Jesús
de las manos taladradas por los clavos
y del pecho abierto por la lanza.
Los que no estaban allí, como Tomás,
le vivieron también en un segundo encuentro.
Dichosos de ellos, porque todos
creyeron sin ver
y salieron a la calle
a predicar la vida y la muerte de Jesús
por todo el mundo.