El guardián entre el centeno

 

    Como tantos españoles, he leído demasiado tarde esta novela famosísima de J. D. Salinger  (1945), que pasa por ser la mejor del siglo XX en todo el mundo. En la excelente edición revisada de Carmen Criado, 2007. ¿Cuáles  son los méritos de un capolavoro de esta magnitud? Su cotidianeidad, su sinceridad, su pesimismo, su humor amargo y su autovictimación. Se trata de un autorelato breve, escrito por un joven de 22 años, de familia rica, mal estudiante y un tanto maniático en un afamado colegio norteamericano, cercano a Nueva Yok, que cuenta sus últimas peripecias, durante unos pocos días, en el colegio y  tras ser expulsado del mismo,  vagabundeando por la gran ciudad antes de volver a su casa. No sucede en esos aciagos nada importante, pero lo no importante viene narrado con una cruda sinceridad, sin abalorios literarios. Tan pesimista es el muchacho, que sus nombres y adjetivos más habituales son: depresión, deprimido, estúpidos, cretinos, malditos, hijos de puta, falsos, falsísimos, y así. La más socorrida expresión para indicar algo más de lo que llanamente se narra es un escéptico y desdeñoso: y  todo eso. Pero él se va enfrentando con toda su mala suerte y sigue su curso  con un humor negro, que hace reir de continuo al lector. Éste se encariña pronto con el personaje y le acompaña en todos sus lances, algunos de los cuales o muy parecidos ha padecido sin duda en su propia vida. La compasión humana juega aqui su papel, pero sobre todo la coincidencia  y la parcial  identificación con el protagonista. Al final, como le pasa al actor de la novela, el lector echa de menos a todos los personajes, aún los más cretinos, estúpidos y malditos.  Lo único que sé es -escribe en sus penútimas líneas el narrador protagonista- es que, en cierto modo, echo de menos a todas las personas, de las que he hablado. (…) No cuenten nunca nada a nadie. Si lo hacen,  empezarán a echar de menos a todo el mundo.