Carlos Díaz (Canalejas, 1944), a quien conocí en la editorial ZYX cuando era muy joven, es ahora un filósofo famoso -pero mucho menos de lo que se merece-, probablemente el más fecundo del mundo, con 232 libros y 29 traducciones en su mochila prsonal. Mouneriano de toda la vida, lleva el mote de «anarquista cristiano» y duda a veces de si es católico o protestante, sabiendo, además, que algunos católicos, entre ellos varios obispos, por católico no le tienen, ni por pienso. Carlos Díaz se ha confesado con Carlos Eymar en EC y nos ha enseñado, como siempre, muchas cosas. Por ejemplo, ésta: que le parece una indecencia ser feliz: cerdo satisfecho en su buena granja. Él no teme la infelicidad, sino la infecundidad, el pasar por la vida sin hacer nada, ni por los demás ni por uno mismo. Lo importante, y lo dice con Kant en la cabeza, no es ser feliz, sino digno de la felicidad: La felicidad no es un fin en sí mismo y la crítica al eudemonismo ya la realizó cumplidamente Aristóteles. La felicidad es el arte de crecer y de abrirte, transfundirte y sembrarte y de disfrutar mientras haces todo eso, aunque te lleve dolor, aunque no estés de acuerdo en profundidad contigo mismo.
