Los títulos más importantes dados en la Iglesia primitiva a Jesús de Nazaret, como Mesías, Hijo del hombre e Hijo de Dios -título éste último que llevaban los emperadores romanos desde Augusto, como hijos de Apolo- existían ya en el relato pre-marquiano de la pasión, el primero de los relatos que conocemos, hecho público antes del año 70 del siglo I p. C. La cristología del primer evangelista hay que buscarla más bien en el anuncio cristológico que lleva a cabo a través de todo su evangelio, con su modo de exposición, con todo su relato histórico. A la pregunta del c. 8, v. 29: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?, hay que contestar, mejor que el mismo Pedro: Tú eres eres el Cristo, con los versos 1, 1 y 1, 14 del mismo Evangelio, donde se presenta a Jesús como anunciador del reino de Dios, como el maestro con autoridad, el taumaturgo admirable, el mensajero profético de Dios, el Mesías, Hijo del hombre e Hijo de Dios. Todo el material del libro sirve para caracterizar a Jesús de Nazaret como mensajero, mediador y consumador de ese reino. En su nombre y comprometida con Él, la primera Iglesia inició la predicación del evangelio de Dios y de su singular reinado en los cielos y en la tierra.