Integrismo político

 

   Lo mismo que hay un, muy conocido integrismo religioso, que tanto daño ha hecho y hace a la Iglesia, aquél del publicano del Evangelio, que se arroga la perfección y desprecia al publicano pecador, hay un integrismo político, ingrato, arrogante, revulsivo, que se cree siempre superior, perfecto o casi perfecto, que se bate siempre frente a los que desprecia, odia o persigue. La vida política española ha estado siempre poblada por este integrismo, ya de derechas, ya de izquierdas. Por eso ha sido lugar común la continuidad de una actitud cainita entre los diferentes bandos, que solía solventarse en algún pronunciamiento, golpe de Estado, insurrrección violenta o guerra civil. Porque el integrismo lleva a lo que ahora se llama supremacismo y éste, tarde o temprano, al caínismo.

En la vida política actual, el caínismo está presente a todas horas. Después de ETA llegó el cainita separatismo catalán, y, por si algo faltaba, los partidos democáticos nos dan cada día lecciones de intransigencia, maltrato, insulto, supremacismo… Integrismo al fin.

En Navarra las cosas no son muy diferentes. Hace unos días, con motivo del fallecimiento de unos políticos de la Transición, podíamos ver en ciertas necrologías publicadas verdaderas apologías, más que de los difuntos, de los autores que interpretaban la actuación de aquéllos, junto a la diatriba inmisericorde contra los adversarios, siempre equiparados con el enemigo. Y, si alguien, sin ofender a nadie, elogiaba serenamente al fallecido, en términos de lealtad institucional, no faltaría quien tomaría el elogio por ofensa, y hasta por indignante provocación.  Ay, la memoria histórica. Cuando terminan, con la muerte, las aversiones, los rencores, los odios, que suelen desembocar en alguna venganza, queda la memoria, por la que luchan con la misma pasión los que se disputaban en vida la verdad, la justicia, el interés, el nombre o la honra.

El integrismo, como su nombre indica, lo quiere todo. Cree que es todo. Lo sabe todo y hace alarde de ello. Y quiere poderlo todo. Pero para ello tiene que apartar a los demás, despreciarlos, desbancarlos, y, de una u otra manera, eliminarlos. Integrismo es todo menos integridad y lo opuesto a integración.