Leo un largo trabajo sobre el feminismo-antifeminismo en San Pablo, del biblista Romano Penna, profesor emérito en Roma, Florencia, Urbino y Jerusalén, y además de dar nuevas interpretaciones a los clásicos lugares «antifeministas», traídos y llevados en todos los manuales anticlericales y anticatólicos, estudia reposadamente la relación del apóstol con las mujeres en todas sus tareas eclesiales.
Y resulta que Pablo de Tarso honra a toda una serie de mujeres por su compromiso de responsabilidad activa en la vida de la Iglesia. Sólo en la Carta a los Romanos, la principal de las suyas, las mujeres comprometidas con el Evangelio superan a los varones por ocho contra cinco: Prisca, María, Giunia, Trifena, Trifosa, Perside, Julia y Febe, llamadas «colaboradoras», «apóstoles», o «que trabajaron para el Señor».
Es decir, en las Iglesias paulinas ls mujeres ejercían funciones que no existían en tiempos de Jesús. Su responsabilidad sólo puede ser mencionada en el período posterior a la Pascua y específicamente en las Iglesias paulinas, ya que no tenemos noticias de mujeres activas en las Iglesias judeocristianas.
Y nosotros, así, en el siglo XXI…