De Nuestra Señora de Ayala a Guilchano (I)

 

        Es un sábado primaveral de marzo después de todo un febrero preprimaveral. Alegría/Dulantzi, villa fortificada, fundada en 1337 por Alfonso XI y plantada en torno a su alto  castillo, desaparecido, y alta iglesia, debe su primer nombre al riachuelo que la atraviesa. Fue puntal del bando oñacino en la Llanada alavesa. Hoy es una villa industrial con varios polígonos, y muy recrecida (2.500 habitantes). Antes de llegar a ella, el viejo Camino de Santiago, tal vez la misma vía romana que iba de Astorga a Burdeos, nos acerca a la ermita de Nuestra Señora de Ayala, un día templo parroquial de la aldea de Ayala, que sus habitantes abandonaron ya en el siglo XIV para ir a vivir en Alegría. Casi en ruinas a finales del XIX, varias restauraciones posteriores la han dejado limpia, clara, gallarda con su campanil, en medio de campos de cereal, rodeada, sin agobios, de plátanos, arces,  tejos, fresnos o sauces, que sombrean el parque, donde ya hay varias parejas, en los lindes de un robusto robledal, que oculta un embalse para riego, el embalse del Camino de Erentxun, de 2 ha. El pórtico exterior, de cuatro arcos apuntados y uno de medio punto, cerrado por una reja algo poco habitual en las iglesias románicas alavesas, nos recuerda el antiguo cementerio, que conserva aún sus grandes losas. La portada abierta en su muro, de cinco arquivoltas, sigue la estética cisterciense, de sencilla decoración vegetal, frecuente en la zona. La nave longitudinal interior se cierra con un ábside semicirclar, presidido por una imagen sonriente de la Virgen María, con un Niño en sus rodillas, que tiene en la mano el libro de la vida. En los capiteles de uno de los cventanales del ábside aparecen entre las hojas unos rostros de damas y caballeros. ¿Serían los mismos constructores? ¿Los señores del lugar? Entre los canecillos del alero no falta el monstruo dentado (¿ el diablo, el mal, el cercano capataz?), un mascarón, y sobresale la concha de peregrino, símbolo del Camino que pasa delante de la puerta. Es tan idílico el lugar, que nos sentamos en uno de los bancos de madera con su mesa correspondiente y damos ferrete a nuestro condumio. Los yerbines del parque están llenos de margaritas, violetas y dientes de león. No paran de cantar las bisbitas y los verderones, hasta que llegan los mirlos de mediodía que lo aflautan todo.

Tras ver el embalse, en su sesteo meridiano, imponentemente silencioso, seguimos por el Camino, entre  los sembradíos verdoyos, y antes de llegar a El Burgo/Burgelu, villa desde 1337, capital del ayuntamiento de su nombre, damos, en la misma vera, con la pequeña ermita de San Juan de Arrarain en un altillo, a un tiro de piedra de las vías del tren. Fue parroquia de otro poblado medieval. anexionado a su vecino Elburgo. La acompañan  tres grandes pinos salvajemente ocupados por la procesionaria. En la iconografía prerrománica de la cabecera, del siglo XII, vemos una cruz procesional entre pájaros, junto a una escena de lucha humana. En los pocos canecillos que se conservan sobresale un músico en pie, con la cabeza levantada, ojos cerrados o mirando al cielo, o ciego tal vez, ensismismado, tocando con fuerza una instrumento de cuerda. Y ese guerrero armado con una espada y un escudo largo que casi le tapa por entero. ¿Sería el señor del lugar, un caballero cruzado quizás? Hay dos pozos junto a la puerta sur, cubiertos por grandes losas de molino. Sentados al sol de media tarde, indagamos la vida sobresaltada de la procesionaria, la residente autóctona de Arrarain, y hasta imaginamos la tierra  en la que se sumerge tras bajar del nido, al final del invierno: ahí, al comienzo de la pieza cultivada. Y en esto que pasa el tren. Que se nos hace extraño, lejano, fuera del mundo de la Edad Media. Y de la procesionaria.