Ni Herodes el Grande,
ni Ramsés el Viejo,
los dos, ilustrados,
los dos, sin complejos,
mandaron matar
a recién nacidos,
por decreto.
Grandes constructores,
potentes guerreros,
polígamos ambos,
caudillos siniestros,
mataron a niños,
a padres y abuelos,
por hambre,
por miedo,
por falta
de empleo,
o por obras faraónicas
sin cuento,
de coste barato,
de carne de hebreos,
con todo tipo
de excesos.
Ramsés, incestuoso,
frívolo y soberbio,
proclamóse dios
de vivos y de muertos.
El rey de los judíos,
Herodes, idumeo,
que asesinó a mansalva
bajo su mismo techo,
fue un esclavo servil
del Imperio.
Séforis, a su muerte,
se rebeló de lleno
y entraron las legiones
a sangre y fuego.
Como un día, de Egipto
escapó el pueblo hebreo,
las sagradas familias
de Nazaret huyeron.
Los dos, pues, mataron
mientras vivieron
y enseñaron a matar
a quienes los siguieron.
No mandaron matar
a recién nacidos,
por decreto.
Las leyendas a veces
recogen las verdades
por otros medios,
que no son los genuinos
de los recuentos.
A veces por parábolas
que parecen cuentos.
¡Oh santos inocentes
de todos los tiempos...!