(Sobre el Himno III de San Efrén)
Bendito el Nacido, porque ha alegrado al mundo.
Bendito el Niño que juvenece a la humanidad.
Bendito el Fruto que bajó hasta nosotros, los hambrientos.
Bendito el Bondadoso que enriqueció nuestra pobreza.
Gloria a la Fuente que nos dio la vida.
Gloria al Silencioso que por su voz habló.
Gloria al Invisible, que se hizo ya visible.
Gloria al que es grande e hízose pequeño.
Gloria al Oculto, que se dejó palpar.
Bendito quien pudo nacer, crecer, morir y ser sepultado.
Bendito quien hizo nuestro cuerpo morada de su ser.
Bendito el que explicó sus secretos en nuestra misma lengua
y el que cantó los laudes de Dios con nuestras propias arpas.
Alabado el que, cumpliendo sus promesas, vino a liberarnos.
Alabado el Glorioso que nos modeló a su imagen.
Alabado quien nunca fue apreciado debidamente por nosotros.
Bendito el invisible Creador de nuestra mente.
Bendito el Labrador, hecho trigo cosechado en nuestro campo.
Bendita la Cepa en cáliz convertida para contento nuestro.
Bendito el Pastor convertido en cordero, que expió nuestros pecados.
Bendito el Arquitecto convertido en fortín que nos defienda.
Bendito el Médico que curó sin dolor nuestras heridas.
Bendito, en fin, Aquél, a quien es imposible agradecer con solo nuestra lengua.