Tan sólo tu recuerdo
me llevó durante años
hasta el borde abismal de la locura.
Pero un día entendí, sin silogismo alguno,
que había que alejar tu solo nombre
del corto círculo de mi humana inteligencia,
incapaz de pensar el infinito.
Hoy, más serenamente,
he vuelto a la antigua costumbre escolástica
de invocarte en el nombre de Dios,
el único Eterno,
el único Infinito, sin principio ni fin.
Ya no me das miedo, Eternidad.
Porque, si Dios existe
y es creador del universo mundo,
y si Él nos resucita con Jesús de Nazaret,
nos librará también
de la angustia trepidante del tiempo,
el olvido, la muerte y el absurdo.
Y todo será igual
que una soleada mañana de excursión en este mundo
o que una tarde de larga sobremesa.
Mejor aún que el día más feliz de nuestra vida,
del que ya no sabemos si fue lunes o sábado,
si fue 15 o 28,
y ni el año siquiera
de aquella intensa
felicidad.