Mañanita de mayo, embrujada de luz reciente en un mar de verdes. Acompaño a un amigo profesor y autor de un libro sobe nuestro gran rey, Sancho III Garcés, que quiere conocer el castillo de Loarre, comenzado a construir a mediados de su reinado, como el mejor fortín defensivo oriental del Reino. La larga sierra pirenaica lleva todavía demasiada nieve como para que pueda todavía aserrar bien el cielo azul. Tras un café en un hotelito del Puente la Reina aragonés, ahora en venta, y por la ruta azul y verde del Gállego, llegamos a la villa de Ayerbe un poco antes del mediodía. Aqui proclamaron la República los republicanos locales el 12 de diciembre de 1930, tras la insurrección militar de Jaca, y en el Casino Kursaal estuvo detenido el capitán Fermín Galán tras rendirse en el vecino Biscarrués.
Antes de llegar al pueblo que lleva el nombre del castillo, lo vemos allí arriba, confundido casi de color, roquedo castillar o castillo roquedal, que todo parece uno: estampa del castillo románico mejor conservado de Europa:
hoguera de piedra, volcán de piedra, lava de piedra.
Arranca, como la roca y junto a las rocas, de un altillo, sobre la ladera de la serrezuela que se llama como él. Sobre un monte bajo de pinos, encinas, acacias, plantaciones de almendros, cerezos, olivos, jarales, hollagas, y mayormenrte bojerales, dominando literalmente la extensa Hoya de Huesca, llanura infinita verdigris, con pequeños pueblos en bajorreelieve. Y allí al suroeste, la línea zigzagueante del río Gállego y su corte arboral, y cerca, el embalse fúlgido de la Sotonera. Gente de mucho ojo, o visionaria, quién sabe, dice que, en estas mañanas radiantes, ve, entre las últimas brumas, las torres y hasta las palomas del Pilar de Zaragoza.
Dejamos el coche a la sombra de un pinar de repoblación, y armados de dos audioguías que nos dejan en el nuevo Centro de Interpretación, anexo a un bar-cafetería, nos disponemos a conquistar cognitivamente el castillo.
Sobre las probables ruinas de la Caligurris fibularia romana, a 1070 metros de altitud hizo levantar el rey de Pamplona la fortaleza de Loarre, todo un proyecto militar: el edificio real, el patio de armas, la capilla, el torreón de la reina (antigua torre defensiva), las estancias militares y de servicio y la torre del Homenaje. El año 1071, se iniciaron las obras de fortificación y configuración actual del conjunto, añadiendo el compartimento religioso del monasterio de los canónigos de San Agustin y la iglesia románica de San Pedro, con la cripta de Santa Quiteria. Desde Loarre Sancho Ramírez atacó los dominios de la taifa de Zaragoza y conquistó por primera vez la cercana Bolea (1083). Pero, tres años más tarde, pensando en la conquista de Huesca, comenzó a construir el célebre monasterio de Montearagón, terminado en 1089, al que llenó de donaciones y privilegios. Perdió así Loarre el carácter estratégico y monástico que tenía, trasladándose los canónigos al nuevo castillo, sirviendo el viejo monasterio de residencia a tenentes y seniores del reino de Aragón, sobre todo después de la toma de Huesca (1096).