(Luc 4, 1-13)
Jesús, bautizado por Juan
y presa del Espíritu de Dios,
se retiró al desierto:
memoria de lealtad al Señor de la Alianza,
lugar de conversión,
icono de Israel en marcha hacia la patria.
Sitio de pruebas también,
Las mismas tentaciones
que acosaron a Jesús en Nazaret
le acosaron después en el silencio
del diseño decisivo
de iniciar el camino anunciado por Juan.
El diablo es tan solo un comodín
literario.
Se basta a sí misma la menor tentación
para poner sus huevos en el corazón del hombre.
Jesús venció la torpe tentación halagadora
de saciar el hambre de milagros:
¡Que no vive sólo el hombre milagrero
de pan y de favores!
El poder y la glora de los reinos del mundo
desde el monte mas alto del mundo columbrados,
no eran nada ante el rostro
del único Señor del universo a quien servir.
Y la necia confianza en los ángeles benéficos,
mensajeros simbólicos del Dios de las alturas,
no sedujo al carpintro y constructor de casas,
que sabía de vértigos de aleros
y de vértigos humanos
ante la gloria eterna
y el singular poder
del autor de la vida, el amor y los prodigios.
Las mismas o parejas tentaciones
volverían después a cada paso,
diabólicas de ingenio,
endemoniadas de tiento y de viveza.