¿El micrófono, un estorbo?

 

                 Hoy el presbítero de la iglesia donde estaba yo, al ir a leer el evangelio en el ambón, ha levantado un poco el micrófono y he oído perfectamente el evangelio del día. Después, al volver al atril central para leer la homilía, no ha hecho lo mismo con el micrófono correspondiente, y ha leído un comentario del que no he entendido una sola palabra. El micrófono estaba muy por debajo de su barbilla. El seglar que, después, ha leído las preces se ha puesto  bien de cara al micrófono, pero tan lejos, que se le oía la mitad.

Ya estoy acostumbrado. Pienso en la mucha gente de mi edad y aún más joven, que no oyen o entienden bien las lecturas públicas o entienden poco o nada, por mala megafonía, por mala colocación frente al micrófono, por los malos lectores, que ni vocalizan, ni entonan, ni dan sentido alguno a la palabra de Dios. ¡Pobre palabra de Dios!, a la que tantos contestamos cada día sin oírla o entenderla: «Te alabamos, Señor», en un acto de doble fe.  ¡Pero podían leer el editorial del periódico local, y contestaríamos lo mismo!

Y evoco aquellas misas de espaldas al público, que durante siglos ni se oían ni entendían, pero, al menos, el sermón desde los púlpitos solía oírse, eso pienso yo que entonces oía muy bien. Y lo cierto es que muchos mozos y hombres maduros, durante el mismo, se salían de la iglesia o del coro donde estaban para no oír.

¿O era por no oír? Ahora llego a dudar.