La decisión del Estado Islámico de invertir en Libia y no en Yemen, por ejemplo, indica bien a las claras que la expectativa de crecimiento sostenido de la población africana -el 60 por ciento en los próximos 30 años-; los 250 millones de musulmanes en el África subsahariana; la inestabilidasd política de los gobiernos postcoloniales africanos y el pobre crecimiento económico producido por sus actuales dirigentes, animan al nuevo Califato a poner sus ojos y sus intereses en este continente, en el que se presenta como la ideología del cambio, como la genuina alternativa del momento, al igual que en Siria y en Irak. Por otra parte, el intenso adoctrinamiento musulmán, promovido sobre todo por Arabia Saudita en los últimos treinta años, ha preparado el terreno. El número de mezquitas y el de predicadores sunitas enviados desde Riad y otros regímenes similares del Oriente Medio se han multiplicado en todo el África negra, y a su través la versión más agresiva, militante y violenta del Islam, alllí donde hasta ahora, casi siempre reinaba su interpretación más mística y pacífica, la sufita. Basta citar el fenómeno Boko Haram, devenido vasallo del Estado Islámico, en Nigeria, Camerún, Chad y Níger. No olvidemos que las residuales fuerzas armadas de Francia en esos territorios -3.500 soldados- y las aún menores de los Estados Unidos de América serán siempre vistas como fuerzas coloniales que batir y destruir. Lo mismo que en Siria y en Irak. África: el continente islámico soñado por el Estado Islámico.