En su 70 aniversario de vida, el grupo musical ruso Borodim Quartet, formado en el Conservatorio de Moscú, intepretó gravemente en el ciclo de Grandes Intérpretes el Cuarteto nº 15 del compatriota Shostakovich, estrenado en noviembre de 1974, pocos meses antes de la muerte del autor. La música aqui se acerca al silencio de la meditación y el Cuarteto es, del principio al fin, un coro fúnebre. Sólo que tras la primera Elegía, que me recuerda el trasfondo resonante del gregoriano litúrgico del oficio de difuntos, sigue el contrastante movimiento de la Serenata, que evoca seguramente la vida y la juventud, donde no falta el último Beethoven, y el Intermezzo que nos trae la cadencia de la famosa chacona de Bach. Pero el grupo vuelve en el Nocturno a la reflexión del principio, que da el tono de la composición, mientras el volonchelo introduce pronto la conocida Marcha Fúnebre, que es siempre el himno del sepelio, roto bruscamente por el primer violín, primus inter pares, que inicia el Epílogo, una nueva reflexión existencial, concluso en un pianísimo, apenas un susurro conmovido y devoto. Música breve, contenida, casi silenciosa, austera en cualquier caso, desnuda de tan pura. Y misteriosa: como la vida y la muerte que intenta interpretar.