Gregorio Luri reprocha a la UE el haber dedicado más esfuerzos a la desnacionalización de los países que la integran que a la renacionalización de todos ellos en una unidad común. Lo segundo es mucho más claro que lo primero, pero la no renacionalización tiene mucho que ver con el cuidado de casi todos por no favorecer la desnacionalización. Que cierta ambigüedad dé alas al nacionalismo fraccional es posible y en ciertos casos evidente. Cierto es igualmente que las fronteras no son algo exterior que nos circunde, sino realidades estructurales de nuestro interior, según aquello de Simmel de que no son un hecho espacial con efectos sociológicos, sino un hecho sociológico que se configura de manera espacial.
Otro reproche de Luri es que el universalismo humanitario europeo acoja con los brazos abiertos cualquier etiqueta sin fronteras, cual si pretendiera el imperio psicológico del afecto universal. Aguda observación sobre un conjunto de Estados, algunos de los cuales dominaron el mundo hasta hace siete décadas. Aunque en este último tiempo se hayan formado más Estados -con fronteras- que en cualquier otro siglo.
La UE, según nuestro paisano, ha creído ingenuamente que podía edificarse sin darse el nombre de nación, patria, Estado, y menos… de imperio. Y sin asumir su autoridad en serio, dotándose de un ejército. Ve por eso a Europa adolecida de incapacidad a la hora de configurar un imaginario colectivo, que pueda unir a los europeos más allá de nuestro imaginario nacional, y aún regional. En una palabra, incapaz de ser una patria.