Llegando casi al final, guardo de este año 1958 cinco breves cartas de mi madre, de marzo a junio de 1958, antes y después del viaje a Comillas. Me cuenta en la primera de marzo que en Mañeru se acabó la semana de Misión con unos actos hermosos que hacían llorar y me da varias noticias de enfermos y muertos del pueblo. Me dice también que no me apure en mis gestiones para ir a Roma el próximo curso, y me cuenta sus preparativos para viajar con las madres de Alejandro y Jesús hasta Comillas.
Saldrá, me añade en la siguiente y breve carta del 4 de abril, con los padres de Jesús Azanza y una hermana de este, junto con la madre de Alejandro, desde Estella, en un coche pequeño, el día 12,. Su plan es estar en Comillas el 13 y el 14 y volver el día 15 a Navarra. Ese mismo día 15, vuelve a escribirme, como ha hecho a sus compañeras de excursión, hablándome del viaje feliz de vuelta: Tengo el regusto de estos días pasados tan felizmente; gracias a Dios por todo. Ni siquiera se ha mareado esta vez la de Pamplona: casi todo el camino hemos venido comentando las cosas de estos días; estamos encantadas de todo y de todos. Por cierto, hace mucho frío en Mañeru, como en el riguroso invierno, y aquí estoy con el brasero.
La carta del 27 de abril -aniversario de la muerte de mi padre- es mucho más espesa. Me comenta las fotos que le envié. Se alegra mucho de la que nos hicimos con Pepe Alonso, mi amigo entrañable de León, que no tiene madre. Me dice que en una de ellas he salido con cara de asceta. ¿Sabes –sigue diciéndome– que esos días fueron como un sueño y que hablamos muy poco los dos? No me importa porque disfrutamos mucho con todos, pero vaya dos… Se vino con la pena de que yo dormía poco, y eso es muy malo, porque puede hacerte una persona desequilibrada y para la vida futura es muy necesario todo lo contrario. Haz caso de lo que te dice el médico y, si les parece bien a tus superiores, vente a descansar unos días, que antes es la salud que nada. Se refiere luego a la muerte repentina del Conde de Ruiseñada [Juan Claudio Güell y Churruca, VII Conde de Ruiseñada], del que habíamos hablado, claro, en Comillas, y me recuerda que detrás de la muerte que nos atemoriza está Dios esperándonos con los brazos abiertos, y esta es la realidad que atenúa nuestra pena en la muerte de los que amamos. Se deshace en elogios de varios compañeros mayores de Comillas, que les trataron muy bien: tu padre, que tenía un corazón tan grande les bendiga y les ayude en su vida de sacerdotes; diles que vengan en el verano, si hemos de de comer los pollos, que están muy majos. Me añade que, si el día 4 de mayo no tuviera que ir a Pamplona, hubiera ido a Montejurra, que no conoce todavía: irá el próximo: hay mucha animación aquí.
Por fin, probablemente en junio siguiente, me escribe unas letras acompañando una carta llegada a Mañeru, que me retransmite, y me cuenta algunas novedades del pueblo y de la familia: Me figuro cómo estarás con tus libros en estos días cercanos al fin.