Cuarto domimgo de Cuaresma

 

         El autor del cuarto evangelio, un tal Juan, compara a Jesús, elevado en la cruz, con aquella serpiente de bronce -símbolo también de muerte, convertido en símbolo de vida- que Moisés levantaba en el desierto, ante la rebeldía de su pueblo que pasaba hambre y sed, para que quien hubiera sido mordido por las serpientes abrasadoras fuera liberado por Dios de la muerte. Metáforas que los lectores de Juan entendían con más facilidad que nosotros. Pero el mensaje más importante de esta última parte de la conversación nocturna de Jesús con el magistrado judío Nicodemo es este: que Dios amó tanto al mundo -ese mundo que a veces lo tenemos como enemigo e incluso como pecado-, que nos dio a su Hijo unigénito, no para juzgarlo, sino para salvarlo, es decir, para salvarnos a todos -no sólo a unos cuantos- : para llenarnos de luz y de vida.