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Mal de altura

 

                      Avezado a soñar que no llego a tiempo a un acto muy importante; que no sé nada de lo que van a preguntarme en un examen; que he perdido las maletas una vez más; que no encuentro un baño por ningún sitio; que me he perdido de nuevo en los suburbios de una gran ciudad, y, sobre todo, que estoy en un lugar muy alto, incitado permanentemente por el vértigo…, no debiera juzgar extraordinario el sueño de esta noche.

Pero el primer recorrido fue una antología de los lugares artísticos más bellos que haya visto en mi vida: fachadas de palacios y catedrales; retablos y  estancias palaciegas; altares con figuras románicas, góticas, barrocas; composiciones pictóricas o conjuntos esculturales entre los más hermosos que he podido contemplar… ¿A dónde me llevaba todo ese museo universal? Acababa de volver a  leer, la noche anterior, en  La Corte de los Milagros, de Valle-Inclán, esos primeros y breves capítulos, donde nos describe el salón de la duquesa de Torre Mellada, Carolina, con sus espejos y sus cornucopias, con sus generales ridículos y sus damas aristocráticas, pizpiretas o vejanconas. Pero lo que yo veía esta noche era mucho más bello y sublime.

Pero de repente me vi convertido en un gigante  frágil e inestable, en medio de un aeropuerto, junto con otro gigante, tan inestable como yo, con cara de un tío mío, ambos dudosos y temblones, sacudidos por el vértigo, que no acabábamos de ver la puerta de entrada al aeropuerto, y con miedo a caernos desde esa gran altura, si bajábamos la vista para mirar.

En un tercer momento nos encontramos en una especie de oficina siniestra, sin adornos artísticos de ningún tipo, buscando simplemente la puerta de salida.

Cuando me desperté, aún me temblaba la mente, como las piernas en el terrible aeropuerto.

 

Diálogos con la Historia (y XVII)

 

¿Es real el progreso?

            En el último capítulo de su libro los Durant no parecen satisfacerse con el lema de Francis Bacon: ¡El conocimiento es poder!  Tras afirmar que nuestro progreso en ciencia y técnica ha implicado cierta tintura del mal con el bien, escriben tres páginas enteras contraponiendo desventajas a ventajas, retrocesos a progresos en lo diferentes sectores de lo que llamamos civilización. ¿Todo el progreso de la filosofía desde Descartes –se preguntan, por ejemplo- ha sido un error al no reconocer el papel del mito en el consuelo y el control del hombre?  Y citan un verso del Eclesiastés: El que aumenta el conocimiento aumenta el dolor, y en mucha sabiduría hay mucho dolor.

Pero ¿qué es el progreso? Si lo definimos como el control creciente del entorno por parte de la vida, tenemos que preguntarnos si el hombre medio de nuestro tiempo ha crecido en habilidad para controlar las condiciones de su vida, y tenemos que reconocer  que miles de millones de seres humanos han alcanzado niveles mentales y morales que raramente se encuentran entre los hombres primitivos. Y esto nos lo dicen a todas horas las estadísticas sobre la mortalidad, la longevidad, el hambre, la alimentación, la vivienda, la educación, el ocio…

Algunos logros preciosos de las civilizaciones antiguas ha sobrevivido a todas las vicisitudes históricas: el fuego, la rueda, el lenguaje, la escritura,  el arte, la agricultura, la familia, la moral, la religión, la enseñanza… Si la educación es la transmisión de la civilización, hemos elevado el nivel y la media de conocimientos más allá de cualquier época de la historia, y el legado que ahora podemos transmitir  más plenamente es más rico que nunca. La historia es por encima de todo la creación y el registro de ese legado, mientras el progreso es su creciente abundancia, preservación, transmisión y uso.

En este punto capital los Durant tienen consigo la razón y sus muchas razones.

Diálogos con la Historia (XVI)

 

Crecimiento y decadencia

            Si la civilización es el orden social que promueve la creación cultural, ¿hay alguna regularidad en este proceso de crecimiento y decadencia? Un día lejano Virgilio anunció la repetición determinista del universo y, como sabemos, Nietzsche se volvió loco con el eterno retorno.

Pero la historia se repite solo en líneas muy generales, y no hay ninguna certeza de que el futuro repita el pasado. Saint-Simón dividía el pasado y el futuro en una alternancia de períodos orgánicos y críticos, y Spengler dividió las civilizaciones en dos períodos; uno de organización centrípeta y otro de desorganización. Y, mientras el primero miraba a socialismo como como una nueva síntesis, el segundo tenía a la aristocracia como la época de la plenitud de la vida y del pensamiento.

Si la mayoría de los Estados se formaron a partir de la conquista de un grupo por otro, ¿cuáles son las causas del declive? Casi siempre por el fracaso de sus líderes a la hora de enfrentarse a los desafíos del cambio: climáticos, demográficos, económicos, culturales… Resulta tentador, pero no es cabal  explicar el comportamiento de los grupos, de las naciones, de los Estados mediante la analogía con la  fisiología y la física.

Hablando de civilizaciones, tampoco nos sirve de mucho la similitud con la fisiología animal. Las civilizaciones -y este es el mensaje central de los Durant- no mueren del todo. La civilización greco-romana  vive no sólo en nuestras bibliotecas y universidades, sino en todos nosotros. E igualmente la civilización cristiana antigua y medieval. Y la humanista-renacentista. Y la civilización de las luces. Los romanos importaron al Imperio la civilización griega, los humanistas importaron a todo el mundo conocido la griega y la latina. Los europeos las exportaron a la América descubierta por ellos y a todos los países que conquistaron  y colonizaron. América y Europa  las han ido exportado a todo el mundo…  Y así, entre unas y otras, entre unos y otros, hemos constituido el patrimonio de la humanidad.

 

 

 

Diálogos con la Historia (XV)

 

Historia y Guerra

 

            Según los Durant, en los últimos 3.421 años de historia registrada solo 268 no vieron ninguna guerra. Las causas de la guerra son las mismas que las de la competición entre individuos: codicia; orgullo;  deseo de tierra, agua o alimentos; venganza; dominio… Los  grupos o los Estados poseen nuestros instintos, pero con menos frenos, dada su fuerza y su prepotencia, hasta que un día llegó una instancia superior que garantizase el respeto a la moral y a una ley superior, como fue en su día el Papado, el Sacro Imperio Romano-Germánico, y sobre todo, en tiempos modernos, la Sociedad de Naciones, la ONU o la Comunidad Europea.

En una interpretación militar de la historia la guerra es el árbitro final. Muchas de las cosas, estado de cosas, hechos históricos, países, naciones… son resultados, efectos, frutos y consecuencias de las guerras,  y no solo el haber parado los pies a los islamistas en  Europa, a Hitler y al Gengis Kan, ejemplos que aducen los Durant. Pero afortunadamente la interpretación militar no es ya la mejor de las interpretaciones, y el derecho y la ley, tras la proclamación de los Derechos (y deberes) del Hombre en 1948, se ha impuesto, al menos teóricamente, en todo nuestro mundo, con todas las excepciones que se quiera, sea la invasión de Ucrania por la Rusia de Putin, la barbarie de Hamas en Palestina o la crueldad sin límites de los Netanyahu en Israel.

Los autores citados no son muy optimista al respecto. Opinan que un orden mundial  no llegará por medio de acuerdos entre caballeros, sino a través de una victoria de uno de los grandes poderes que le permita dictar e imponer el derecho internacional, como hizo la Roma de Augusto hasta Marco Aurelio. Y que los Estados sólo se unirán en una cooperación básica cuando sean atacados en común desde el exterior. Y que solo cuando nos ataquen desde otras estrellas o planetas seremos uno en el planeta Tierra.

Demasiado pesimismo. La Sociedad de Naciones, la Organización de las Naciones Unidas y la Unión Europea nacieron de unas experiencias bélicas, sí, pero no solo desde una victoria militar y sin dictadura alguna. Por el predominio de la virtud y no de la maldad, de la paz y no del dominio del hombre sobre el hombre.

 

 

 

Últimos aforismos

 

Todas las especies son especiales. También las especias, y, además, espaciales. 

La conciencia estética del pasado  –escribe Valle-Inclán en «La lampara maravillosa»- está siempre en lo futuro, porque toda acción de belleza es un centro de amor que engendra los infinitos círculos de la esfera. El instante más pequeño de amor es eternidad. Eterna es igualmente toda belleza.

Siempre será mejor hacer de la virtud necesidad que de la necesidad virtud.

Toda máscara es inmóvil y excluye cualquier caracterización del personaje. Le hace hermético, enigmático. Le despersonaliza. Le mineraliza.  

 

Diálogos con la Historia (XIV)

 

Gobierno e Historia (y II)

            Hablemos ahora de democracia. En la antigua Ática, de una población total de 315.000 almas, 115.000 eran esclavos, y solo 43.000 ciudadanos tenían  derecho al voto.  Las mujeres, casi todos los trabajadores, casi todos los tenderos y artesanos, y todos los residentes extranjeros  no podían votar. En su República, Platón hizo que su portavoz, Sócrates, condenara la triunfante democracia de Atenas como un caos de violencia de clase, decadencia cultural y degeneración moral. La creciente amargura de la guerra de clases dejó a Grecia dividida  tanto interna como internacionalmente, hasta que Filipo de Macedonia se abalanzó sobre ella en 338 a. C. y la democracia ateniense desapareció bajo la dictadura  macedonia.

En Roma, después que la oligarquía romana conquistara y explotara el mundo mediterráneo, las luchas intestinas de Sila y Mario, Pompeyo y César, acabaron con aquella democracia imperfecta y se restauró la monarquía de Augusto.

En  ambos casos la democracia, corroída por la esclavitud, la venalidad y la guerra, no mereció ese nombre y no ofrece una prueba justa de gobierno popular.

En los Estados Unidos de América, como antes en Inglaterra, la democracia tuvo una base mucho más amplia: económica, cultural y religiosa.

La democracia es la más difícil de todas las formas de gobierno, porque requiere el mayor despliegue de inteligencia. Y es la que menos daño y más beneficio ha causado a la humanidad. Proporcionó al pensamiento, a la ciencia y a la empresa la libertad esencial para su funcionamiento, Derribó los muros de los privilegios, amplió la educación y cuidó de la salud pública.

En la Unión Europea, en Norteamérica y en algunos países de Asía y Oceanía la democracia política y económica es hoy más sólida que nunca, libre del odio ciego de las guerras de razas y de clases, de la corrupción y de la pleonexia, como llamaban los griegos al apetito de más y más.

Diálogos con la Historia (XIII)

 

Gobierno e Historia (I)

         Puesto que todos los hombres aman la libertad y toda libertad, por relativa y relacionada, ha de ser limitada, resulta que la tarea principal de todo gobierno parece consistir en establecer el orden, en el amplio sentido de la palabra. Una fuerza central organizada, única alternativa a la fuerza disruptiva en manos privadas.

A juzgar por su prevalencia y duración en la historia, entre las formas de gobierno la monarquía se lleva la palma. Ahí está el gobierno monárquico de Augusto, que mantuvo la pax romana del 30 a. C. al 180 d. C. desde el Atlántico hasta el Éufrates y desde Escocia hasta el mar Negro, descontando, claro, los reinados de Calígula, Nerón y Domiciano. Según el historiador Gibbon, el período durante el cual la condición de la raza humana fu3 la más feliz y próspera, mencionaría sin dudar el que transcurrió desde la ascensión de Nerva a la muerte de Marco Aurelio.

Pero, en general, la monarquía ha tenido, excepto en las últimas monarquías constitucionales europeas actuales, un historia mediocre, con resultados de interminables guerras dinásticas, nepotismo, opresión, explotación, irresponsabilidad y extravagancias. con oligarquías gobernadas por una minoría aristocrática o teocrática. A todo lo cual respondieron, aquí y allí, la revoluciones..

Vieja cuestión la justificación o no de las revoluciones. ¿Cuántas revoluciones podrían haberse evitado a través de la compulsión gradual de los desarrollos económicos y   políticos en cada caso? Los historiadores comparan la revolución violenta francesa  del XVIII con la pacífica inglesa del XIX. ¿Cuál mejor?

Lo cierto es que la revoluciones violentas no redistribuyen la riqueza, sino que la destruyen. O la transfieren a otras manos, que a la larga, devienen tan injustas y corruptas como las anteriores. La única revolución real – terminan aseverando los Durant, y ahora hay que aplaudirles- reside en la iluminación de la mente y la mejora del carácter; la única emancipación real es individual, y los únicos revolucionarios verdaderos son los filósofos y los santos.

«La lámpara maravillosa»

 

                         He vuelto a Valle-Inclán. He dicho alguna vez que quien no haya  leído a Quevedo y a Valle-Inclán, por mucho que haya leído de otros autores, ha perdido el tiempo. Exagero quizás, pero ya se entiende lo que digo.  Estos días me toca La lampara maravillosa, único libro suyo difícil de leer y de entender: la gnosis, el éxtasis, la exégesis trina, las rosas estéticas… De vez en cuando pienso entender algo sobre la poesía, la contemplación, el amor…

Por ejemplo, este bello fragmento:

Para amar las cosas hay que sentirlas imbuidas de misterio y contemplarlas hasta ver surgir en ellas el enigma oscuro de su eternidad. Solamente cuando nuestra conciencia deduce un goce ajeno a toda razón de utilidad temporal, comenzamos a entrever el significado místico de la onda , del cristal, de la estrella. Contemplación, meditación, edificación, son caminos de luz por donde el alma huye de su cárcel.