Diálogos con la Historia (y XVII)

 

¿Es real el progreso?

            En el último capítulo de su libro los Durant no parecen satisfacerse con el lema de Francis Bacon: ¡El conocimiento es poder!  Tras afirmar que nuestro progreso en ciencia y técnica ha implicado cierta tintura del mal con el bien, escriben tres páginas enteras contraponiendo desventajas a ventajas, retrocesos a progresos en lo diferentes sectores de lo que llamamos civilización. ¿Todo el progreso de la filosofía desde Descartes –se preguntan, por ejemplo- ha sido un error al no reconocer el papel del mito en el consuelo y el control del hombre?  Y citan un verso del Eclesiastés: El que aumenta el conocimiento aumenta el dolor, y en mucha sabiduría hay mucho dolor.

Pero ¿qué es el progreso? Si lo definimos como el control creciente del entorno por parte de la vida, tenemos que preguntarnos si el hombre medio de nuestro tiempo ha crecido en habilidad para controlar las condiciones de su vida, y tenemos que reconocer  que miles de millones de seres humanos han alcanzado niveles mentales y morales que raramente se encuentran entre los hombres primitivos. Y esto nos lo dicen a todas horas las estadísticas sobre la mortalidad, la longevidad, el hambre, la alimentación, la vivienda, la educación, el ocio…

Algunos logros preciosos de las civilizaciones antiguas ha sobrevivido a todas las vicisitudes históricas: el fuego, la rueda, el lenguaje, la escritura,  el arte, la agricultura, la familia, la moral, la religión, la enseñanza… Si la educación es la transmisión de la civilización, hemos elevado el nivel y la media de conocimientos más allá de cualquier época de la historia, y el legado que ahora podemos transmitir  más plenamente es más rico que nunca. La historia es por encima de todo la creación y el registro de ese legado, mientras el progreso es su creciente abundancia, preservación, transmisión y uso.

En este punto capital los Durant tienen consigo la razón y sus muchas razones.