Leemos algo sobre los robledales de Basaburúa, y nos decimos que no puede ser que, tantas veces pasando tan cerca, nunca hayamos entrado en ellos.
La mañana del sábado está soleada, benigna ya, y sin ganas de llover. Nos vamos pareciendo, mes tras mes, a Murcia. El campo sigue estando mustio, seco, y todavía no otoñal. Pero en Basaburúa, donde de vez en cuando ha caído alguna borrasca de verano, el veroño está al menos más verde que en el centro y en el sur. Varios rebaños de ovejas aquí y allí y también yeguas y potros. Al acercarnos a Garzaron, nos alegran la vista y el espíritu unos robles americano, que aun no siendo autóctonos, son más coloridos que nuestros quercus robur, robles pedunculados, o comunes, carballos o de San Juan, aunque los nuestros son altos hasta 40 metros, pueden vivir 1000 años y su madera es muy cotizada: la de los barcos, la ebanistería y las barricas de vino.
Jaunsarats es un pequeño concejo, de medio centenar de habitantes ,y capital de Basaburúa situado en el mapa real entre Beruete, Ihaben, Garzaron e Ichaso, cuatro pueblecitos pequeños, escondidos y encantadores. Tiene una veintena de edificios dispersos, junto a la calle-camino-carretera llamada Asunción, nombre de la iglesia parroquial en la parte más alta, con una imponente casa consistorial; un centro de día (el viejo y popular Txokolatero); una farmacia; un dispensario; unas nuevas escuelas infantiles y primarias, de portada monumental (Oihanzabal Tikiena Haur Eskola), no lejos de una antigua serrería y vieja grúa abandonadas.
No por nada el escudo de Basaburua es un lobo andante entre dos robles, bajo un busto humano. Lo cierto que el que el recorrido, de casi dos dos kilómetros está muy bien planeado, es llano y muy lindo, entre robles grandes, muchos de ellos rodeados de pequeños cercos circulares de madera, como pequeños dominios reservados, y con dos robles monumentales de Navarra, incluidos en la Red Natura 2000. Además de robles, no faltan en el apacibles trayecto sauces, hayas y castaños, muchos zarzales con moras rojas y negras, algunos rosales silvestres, mundillos.. Y de tanto en tanto unos rodales de cólquicos en plena floración morada y juvenil.
Partimos de junto a las escuelas, por un suelo, empedrado de bellota desde aquí hasta el final, que supongo paraíso de jabalíes y de cerdos donde los haya, y pronto damos con un rodal de grandes robles en corro y separados, en torno a uno de los dos iconos del bosque, el Kisulabe (horno de cal), de 11 metros de altura y 1o de cintura, la mayor de Navarra, en cuyas cavidades viven varios vecinos del bosque, entre ellos una colonia de abejas silvestres. Algunas de sus ramas están reverdecidas y su añeja corteza cubierta a trozos por la yedra, el musgo y los hongos xilófagos: inonotus hispidus) . En tiempos no muy lejanos, los paisanos del bosque, los baserritarras, cortaban año tras año las ramas para madera y carbón, y las hojas y frutos para alimento del ganado. Muchos robles muestran tremendos muñones hasta cierta altura de su tronco.
No lejos de esta especie de plaza mayor bosqueril hay dos viejos robles, donde algún genio local esculpió al Basajaun, señor del bosque -largos cabellos y barba-, figura principal de la mitología rural vasca, figura, por otra parte, habitual en la mitología rural universal. Y junto a él, tal vez Mari, la figura femenina correspondiente, mucho menos acertada. Atravesamos la parte central del disperso poblado, junto a una gran casona, en cuyos prados pastan ovejas y dos pacíficos borricos. Seguimos hacia el sur, siguiendo el curso del rio Basaburua, que corre no lejos de nosotros, exiguo pero vivo todavía, cuando otros menores regatos se han secado del todo. Vamos un rato por un camino mullido, con muchos cólquicos en el suelo, entre amplios prados de siega, de los que nos separan dos vallas vegetales, trabadas también con algunos troncos y ramas de robles, que sobrevivieron a la tala primitiva del bosque para convertirlo en pastizal. En el monte que tenemos delante algunos robles comienzan levemente a otoñear.
Llegamos al dominio del segundo icono del bosque de Jaunsarats, el Beheitiko (el de abajo), mucho más alto que su colega, 29 metros, pero no tan recio de cintura, tan solo 8, hueco del todo por dentro, casi desgarrado, que me recuerda, mutatis mutandis, el impresionante buey desollado de Rembrandt. También tiene varias ramas verdecidas y grandes brazos a todos los vientos, como aspavientos de siglos y calamidades.
Pronto volvemos al punto de partida, y es como si volviéramos de un fantástico sueño.