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En Txurikoa y Gazteluzar (y III)

 

            Mañeru, pueblo de nombre romano donde los haya: manerium (granja, alquería). Desde esta altura no solo se ve bien Santa Bárbara, con su ermita blanqueada y su poste de televisión, sino también el Alto de Morea (Moria, entre nosotros) y hasta Miracielos. Y las canteras de yeso, con la fábrica adjunta, la primera fábrica moderna en la historia del lugar. Y los pinos de Aitzpea (Izpea) sobre el Arga y sobre Bargota. Y hasta los chopos, verdeantes, que acompañan al regacho Moria  en el Prado. Más allá, las sombras altas del Villanueva y Calaveragain. No vemos el caserío de la villa, porque nos lo tapa la cordiline de pequeños cabezos yesíferos de Zamaquidoba. Tampoco vemos una sola viña, sólo campos de cereal y algunos terrenos baldíos. Por el sur, casi todo es cereal verdoyo.

 Aquí, como en casi todos los sitios de Navarra, ni un panel, ni una señal, nada que ponga en relieve el tesoro arqueológico, sin precio, que es un castro como este.

Seguimos por la antigua vía romana que llevaba a la ciudad romana de Andelo, donde tal vez acabaron los pobladores de Gazteluzar. Llevamos a nuestra derecha el río Salado, que nos marca la ruta. Y más arriba, el canal de Mañeru, que viene desde el contraembalse de Alloz. Aún siguen en pie las cuatro paredes del molino de los Goñi Fernández (casa el molinero), que da nombre al término. Ahí cerca, en esa pendiente, llena de cascajos, ahors toda verdecida, estaba el rectángulo de la viña que heredó mi padre, con aquel melocotonero, que plantó el. Cerca del molino está la única viña que vemos en estos contornos: la está edrando con el tractor un joven con barba y gafas negras. Es la única persona que vemos por estos parajes en estos ratos. Ahí, en Amuña, estaba el regadío del abuelo Víctor, y el de la vecina Artatzea ¿dónde están ahora las encinas (arte)? ¿O eran maíces (arto)? Y ahí, arriba, Maldabelz (cuesta dura) -que nosotros pronunciábamos Mandabel- con aquella villa romana: yo era estudiante y me contaban mis primos que, cuando hacían ondalán con el malacate y salían piedras grandes y pintadas (¿ mosaicos?), las tiraban fuera o las escondían, según órdenes superiores. Hace poco, otro amigo de Mañeru, que vivió de chico con unos tíos me decía que se acordaba de haber oído ¡que habían aparecido en ese sitio huesos de niño, y que los habían traído al pueblo!

Y ahí sigue la central hidroeléctrica de Mañeru (1944), con un potencia media anual de 12.6000.000 kw/h., propiedad de Fuerzas Electricas de Navarra. ¡Ah, la central!: era un día grande cuando íbamos de excursión a la central. Allí se pasaron media vida, como técnicos y  vigilantes, dos de mis parientes. Veo un mapa, donde están escritos mal los nombres de algunos términos locales, como Mazarabía por Nazarabía o Sarbacea, por Salvacea, donde mi abueno materno tenía una pobre pieza Y más arriba, Santa Cruz, el límite del corto y pobre termino de mi pueblo, a donde fui, siendo monagullo, en la mula con don Jesús, a poner una rama de olivo bendecido a los pies del  cerro, tras bendecir los campos, por San Marcos Y ahí queda el Soto, que un día pudo ser un buen regadío comunal, de un pueblo pobre, y no lo fue por la típico y tópica división de los vecinos.

Llegamos al último puente sobre el Salado. El reciente merendero lo aprovecha bien un grupo de jóvenes, que está levantando los manteles que nunca pusieron. En el cuadrivio que tenemos delante, elegimos mal dos veces y nos metemos por el regadío de Mendigorría. A la tercera, acertamos. Pasamos el puente grande sobre el Arga, y, más allá del campo de fútbol, seguimos hasta el lugar de la Batalla (carlista-liberal) de Mendigorría, bien señañada desde todas las direcciones. No tenemos tiempo para subir al otero -otro castro prerromano-, pero recorremos en coche el perímetro del terreno llano de la batalla.

Terminamos, tras admirar el retablo pétreo de la fachada de San Pedro y su airosa torre barroca, en el balcón-mirador de la villa sobre el valle del Arga, desde donde repasamos el itinerario del día y contemplamos el tablero colorista, con muchas casillas vacías, del Campo Llano de Mendigorría.

En Txurikoa y Gazteluzar (II)

 

          No nos es nada difícil encontrar el castro de Gazteluzar (398 m.), a dos kilómetros de Txurikoa, en dirección a Mendigorría y siguiendo la pista principal, que sustituye la antigua vía romana, paralela al curso del río Salado. Los ríos fueron los primeros caminos y los grandes caminos los imitaron. Los ríos fueron los primigenios caminos líquidos, y los grandes caminos posteriores, los ríos secos para poder andar seguros junto a ellos. En cuanto llegamos a la vista de la depuradora de Cirauqui y Mañeru -cada uno ya con menos de 500 habitantes-, vimos el morro de Gazteluzar (el castillo viejo, para nuestros mayores). Yo  lo había visto hace muchos años, pero nunca había subido hasta él.

A la vera del estrecho camino que sube y baja por el vallecico al este del castro, dejamos el coche, yantamos y sesteamos. Mientras tanto vamos viendo la poderosa base del escarpe, el contrafuerte tal vez para la entrada y los tres fosos que, al menos, se ven desde aqui. Subimos luego por una pieza en pendiente, labrada y no cultivada, y llegamos al primer foso, donde se conserva un trozo de muro. En el planillo, andando hacia el sur, hay dos hileras de cerezos, ya podados, comenzando a florecer. Por un breve repecho, entre cañas secas de hinojos, hollagas que amarillean y vulgares zerrenzas, llegamos a la explanada del oppidum. Fue descubierto por Amparo Castiella y publicado por el puentesino Javier Armendáriz, que ya andaba de chaval recorriendo todas estas tierras.

Este es un castro muy antiguo, pues se encontraron restos desde el Calcolítico (cobre y piedra, en griego), que comenzó hace 5.000 años, entre el Neolítico y la Edad de Bronce, como puntas de silex, un hacha pulimentada y útiles varios de la Edad del Cobre. De la Edad de Hierro se hallaron cerámicas celtíberas, molinos de mano y sobre todo un molde de fundición de bronce para anillas, lo que prueba una actividad metalúrgica en el  extenso poblado. La finca, donde estuvo el poblado, está hoy labrada pero no sembrada y siempre ha debido de estar cultivada. Quizás fue en tiempose viña con olivar, por algunos retoños que crecen en los orillos. Según Asunción, mide 200 m. de norte a sur y 130 de este a oeste, y tiene forma de  riñón, según él.  Yo diría que también de arpa.

La recorremos por los tres lado, bordeando el perímetro del oppidum. Nos sorprende la altura desde la superficie al primer foso, cortado verticalmente en los flancos sur y oeste. Por el sur, termina en otro revellín inferior, similar al anterior que hemos visto esta mañana. Por unas cepas viejas que vemos, debió de estar en tiempos dedicado a viña. Estamos casi encima de las tres piscinas de la estación depuradora de aguas, en forma de amebas, que terminarán en río muy próximo, que hace aqui una gran roseta. En los límites occcidental y septentrional del poblado no hay apenas espacio donde no haya algún lienzo de muralla bien conservado o derrumbes de la misma. Incluso es fácil ver el bancal o barbacana que rodea el cerco como muralla o muro de contención En el ángulo nororiental, junto a un mojón de piedra (¿Cirauqui-Mañeru?), es donde mejor se conserva el enlace entre dos lienzos del muro circundante. Cerca hay una cabaña-refugio elemental de piedra. Piedra no faltó al constructor o constructores.

Cree Armendáriz que tal vez el castro fuera abandonado en la última edad del Hierro y que, quizas, no fuera romanizado. O que sus habitantes se hubieran traslado a lugares próximos, entre los que que cita la importante villa romana del  término de Maldabeltz (I-IV), que incluía un conjunto termal. Salimos del perímetro y seguimos por la vertiente septentrinal, donde en la pendiente del castro, separado por una espeso matorral, entreverado de espinos, se ha plantado un olivar. Sigue otro foso, donde crece un solitario rodal de pinos, y un nuevo alturón de tierra, con restos exteriores de muralla. Más hacia levante, unos alturones rocosos y un mogote, con otra cabaña de piedra encima, que hace tambén de obstáculo defensivo. Unas docenas de colmenas recogen en dos recodos el perfume de las mil flores que crecen en estos turrutales, hoy ya menos empinados que hace 3.000 y más años.

                                                                                                                                                       

En Txurikoa y Gazteluzar (I)

 

         Cirauqui es un lugar privilegiado de sitios prerrománicos y románicos, sea lo que sea de la famosa calzada y el puente, a los que algunos arqueólogos niegan el carácter de romanos. Nada más entrar en este pueblo vecino, de estampa imponente, vieja fortaleza del condado de Lerín, nos desviamos hacia el sureste, siguiendo las indicaciones de Julio Asunción, para llegar al lugar de Txuricoa. Al llegar al primer cruce de caminos, dudamos, como es natural, y preguntamos a dos paisanos amables -uno con mascarilla y otro sin ella-, que vuelven del campo.

–¿Txurikoa? ¿El campamento romano?

Como ellos también dudan, les agradecemos y seguimos. Pero, poco después después, nos llaman y nos alargan el teléfono móvil. Habla un señor que no se puede creer que exista un campamenato romano en Cirauqui…

–Puede ser. No es seguro. Vamos a verlo.

Pero, si, a Txurikoa se va por donde íbamos. Y lo cierto es que a unos cientos de metros, el GPS providencial nos detiene bajo un escarpe, uno de esos escarpes de la tierra montañosa, que, como en Sangüesa, se alzan donde comienza la vallonada de las tierras aluviales que traen y llevan los ríos. Además, a 112 metros nos indica una calzada. Nos cuenta Asunción que otro paisano de Cirauqui le trajo hasta aqui cuando él iba a visitar el  próximo castro de Urbe. Desde abajo, mirando el talud occidental, vemos restos de piedras en la parte más alta del terraplén. Subimos por una pista, que pronto se nos convierte en una vía calzada con cantos rodados durante unas decenas de metros.

Llegamos al final y nos encontramos con la típica explanada de los castros y sobre todo de los campamentos. En lo más alto del revellín natural han hecho recientemente una casa  y están sus dueños, y familiares tal vez, sentados ante la puerta, al sol benévolo de este primer marzo. Desde aqui vemos bien restos de muro en el flanco oriental del espolón. Por encima de la casa, que sería el primer foso del castro o campamento, hoy cubierto de matorral, maleza y algunos espinos florecidos, vamos hacia el otro lado del escarpe, donde nos asomamos a un barranco por donde baja un regacho  y pasa un camino. La defensa natural es clara. La parte primera del yacimiento es un campo de cereal, que crece vigoroso tras las lluvias, y la que sigue, una viña en espaldera inundada de floridas, la flor de la mostaza blanca (sinapis alba), que es un regocijo. Cerca del camino, florece también un cerezo, en pleno esplendor. Seguimos por el camino que viene y va de/a Cirauqui. A derecha e izquierda un tapial de piedras, seguramente aprovechadas del castro o del campamento, guarda y limita las fincas actuales. En la parte noroccidental, la más vulnerable del recinto, varios majanos indican bien el desmonte del muro que lo protegía Aquí el foso es menos visible, debido a las labores agrícolas de muchos siglos posteriores. Al otro lado de la vía, se extiende un largo campo de cereal. Al vover hacia el sur, recorremos la cornisa del escarpe, extremo de un  pequeño campo de olivos, para ver el talud oriental, que cae también sobre otro barranco, otro camino y otro regacho. Todo estaba bien previsto.

Monte Eskintza, Alto de Burgueiro, Markora… y la cordiline hasta Santa Cruz y Peñas Gordas, están  hoy azul oscuros, y desde ellos bajan unos arroyos, entre carrizos, que dan en río Salado, que drena, haciendo curvas, la vega, en su llano camino hasta el Arga. Los álamos que mayormente lo acompañan empiezan a revestirse de las primeras hojas verdes. Por los caminos van y vienen algunos senderistas o atletas montaraces. Por el norte, más oscuros aparecen los montes que respaldan a Cirauqui: Peñas de Aitzibita, Txapardia y Markalagain  (Marcalain, decimos en Mañeru).

El parangón con el campamento romano de Los Cascajos en Sangüesa le ha convencido a Julio Asunión para preferir aquí el campamento romano al castro u oppidum celtibérico: por su tendencia rectangular, de 300  x 270 m.; por su ubicación sobre el río y elevación de 30 m. sobre la vega; por la planicie del yacimiento; por los restos romanos encontrados; por el cardo y el decumanus, muy visibles aqui; por su cercanía a la ciudad de Andelo… Pudo ser también castro prerromano, ocupado después por Roma, antes  o después de las guerras sartorianas. No conozco los restos romanos encontrados. Seguramente excavaciones  posteriores, tal vez del siglo XXII o XXIII, tal como vamos, les sacarán a nuestros sucesores de dudas, si es que las llegan a tener.

 

La parábola de los viñadores homicidas

 

Mc 12, 1-11 + ( Mt  21, 23-43; Lc 20, 9-18)

[*Poema en dos páginas. Pinchar abajo, en el número 2]

 

La metáfora bíblica de la viña del pueblo elegido,
propiedad de Yahvé,
era muy conocida y apreciada
en tiempos de Jesús.

El Maestro la llevó también a la parábola:

Érase una vez un señor, que plantó una viña,
construyó un lagar y una bodega,
los arrendó a unos labradores 
y se ausentó por mucho tiempo.

Envió el dueño varias veces
a sus siervos
a cobrar las rentas
de la viña,
pero, otras tantas,
los arrendadores
los maltratron,
los golpearon,
los hirieron
o los mataron.
Por último, el propietario de la viña
envió a su hijo, pensando
que, por ser él,
le respetarían.
Pero, por eso mismo,
los labradores se dijeron:
Esta es la nuestra:
él es el hijo y heredero,
le matamos  y nos quedamos con la viña.
Y así lo hicieron,
arrojando su cadáver
fuera de la heredad.

Eran los días próximos a la Pascua.
Jesús hablaba seguramente
ante escribas y sacerdotes.

El papa en Irak

 

         Estoy siguiendo muy de cerca la visita del papa a Irak. Difícilmente se puede escoger otro país -tal vez Siria-, donde la humanidad y al mismo tiempo la Iglesia católica -en sus diversos ritos- y las demás Iglesias cristianas hayan sufrido tanto en estas últimos años como Irak- Y donde la curación de las heridas de las guerras y la recuperación de todo el país en todas las dimensiones sean tan urgentes como en la antigua Mesopotamia. Desde el siglo II, por medio del apóstol Tomás y sus discípulos, Irak vivió una floreciente comunidad cristiana. A pesar de la ocupación posterior por el Islam, en el siglo VII, hasta los tiempos de Sadad Husein todavía podían contarse un millón y medio de cristianos, algunos de ellos en las primeras filas del régimen, y otros en la oposición. Hoy, entre los que murieron en las distintas guerras -guerra de Irán, guerra del Golfo, guerras civiles,- y los perseguidos, trucidados, huidos o exilados durante el terror, la destrucción y el caos del nuevo Califato o Estado Islámico, no llegan siquiera a medio millón.

El papa Fancisco ha querido, como penitente y como peregrino cristiano, recorrer de Sur a Norte las ciudades y zonas más laceradas por los horrores pasados. Desde la capital de la República, pasando por la segunda ciudad, Mosul, antes territorio cristiano, o Ur de Caldea, la patria originaria de Abrahán, padre de las tres Religiones, hasta la capital del Kurdistán, Erbil, donde el papa celebrará el único acto multitudinario de su viaje en el estadio que lleva el nombre de un mártir cristiano kurdo (2001), Franso Hariri, que fue alcalde de la ciudad,  a manos  de Al Quadea.

El discurso de bienvenida del presidente de la República, kurdo, uno de los innumerables líderes que se opuso al régimen de Sadan Husein, me pareció el discurso modélico de quien desea que el mundo conozca lo que su país está haciendo y quiere seguir haciendo para poder llegar a ser el país que quieren todos los que han sufrido poner por él. El papa le contestó con su docrina y lenguaje habituales, intentando poner al mundo ante la tragedia del país, de raíces cristianas y modelo en este momento de la unión de cristianos y musulmanes, a favor de la paz y de la convivencia. Fue un solemne clamor por la unión de los hijos de Abrahán, a la altura de los anteriores llamamientos de Asís, El Cairo o Abu Dabi.

Por lo que voy viendo, ningún otro líder mundial ha llegado, ni de lejos, a intentar interesar al mundo sobre la suerte de Irak. Lo mismoo podríamos decir, claro, sobre otros muchos países pobres y abandondos en el mundo. Las muestras de respeto y de supremo cariño y afecto por parte de las autoridades civiles musulmanas han superado cualquier expectativa y cualquier otra comparación en un país de inmensa mayoría islámica. Pero es que, ante la figura del papa actual, y de los que le precedieron, no hay líder en el mundo que pueda comparársele. Tal vez la Unión Europea, vista como figura plural jurídico-política. Pero aún está  bastante lejos en cuanto a calidad y carisma.

PD. La llegada del papa a Bagdad, la capital del Califato histórico, me interesó tanto también porque conocí la ciudad -¡con aquel incomparable Museo asirio!-, siendo diputado europeo, en pleno régimen de Sadan Husein. Cuando fui a cenar, el segundo día, a la embajada de España, me dijo el embajador, para curarme de espatos una vez por todas, que la policía del Gobierno ¡iba a enterarse de todo lo que íbamos a hablar en ese rato! Miré entonces por todas partes por ver los micrófonos colgados del techo. No vi ninguno. La embajadora era de la familia noble, propietaria entonces del palacio de Cortes, en Navaarra.

 

El Parque de los Sentidos, de Noain

 

          He ido al Parque de los Sentidos, de Noain, muchas veces. Anteayer mismo, una tarde gris de comienzos de marzo, pero tibia y bonancible. El Parque se construyó en 2006, en tiempos del gran alcalde del Valle, Miguel Elizari, y el año 2010 tuvo un premio de reconocimiento de una de las Agencias de la Naciones Unidas.

En este tiempo invierno, que no es el mejor para visitar el parque, el largo espacio de las huertas o Jardín comestible (dedicado al sentido del gusto) está dormido, y sólo se oye cacarear a las gallinas y al gallo en su caseta. También los rosales, otra de las atracciones del parque-jardín, están podados, y no corre tampoco e agua en el central Jardín Japonés (dedicado al sentido del oído), donde sí se oyen las voces alegres de un grupo de jóvenes. Están vacíos los parterres de las plantas aromáticas mediterráneas, Jardín Mediterráneo (dedicado al sentido del olfato), pero sigue abierto y vivo el Jardín Francés (dedicado al sentido del tacto), con praderas y zonas con árboles y setos, pero sobre todo el Jardín Inglés (dedicado al sentido de la vista, al que pertenece la podada rosaleda, pero donde nos demoramos esta vez con los recién florecidos narcisos ensimismados, pimpantes jacintos, delicadas y variadas anémonas, humildes pero gallardas violetas, coquetas coliflores multicolores, multiraciales y pizpiretos pensamientos, las golosas rosas chinas… Y todos ellos haciendo juego con pequeños arbustos, plantas exóticas  y árboles hechos y derechos.

Pero, además, en varios parterres brillan las lluvias de oro (laburnus anagroides) junto a las piceas azules o magnolias chinas (soulangeana). Y florecen de blanco furioso los cerezos del pasillo central. Y sigue dando paz el estanque central rodeado de arcos de setos. Pasan algunas parejas jóvenes, algunas madres con los carritos de los niños, algunas personas mayores. Lee un paisano en un banco. De repente arranca un avión del cercanisimo aeródromo del Noain -¡Noain lo tiene todo, hasta acueducto!-, con ruido de bombardeo, y es todo un espectáculo.

Pasada la columna de los bambúes y salidos fuera del parque, nos sorprenden en el amplio paeo arbolado exterior los nuevos juegos infantiles y los destinados la movilidad de personas mayores, fáciles de manejar y tan caprichosos, que los probamos todos. Marzo marcea y en el singulalr Parque de de los Sentidos de Noain se entrena la primavera.

 

El mal y el bien

 

       Nos han conmocionado en estas últimas semanas tanto las salvajes y criminales actuaciones de sedicentes anarquistas, militantes de la CUP y otros vándalos en Barcelona sobre todo, así como también la irresponsable actitud, en cierto modo también criminal, de los amigos del botellón, las fiestas ilegales y demás violaciones del toque de queda y del estado de alarma en toda España. Alguien habla de relativismo moral también en este caso. ¡Nada de relativismo!  En este caso y, pero también en otros parecidos, menos resonantes y seguramente menos graves, la gente -¡nosotros!- sabe qué está bien y qué está mal, o, al menos, qué es lo que está mejor y qué es lo que está peor. Pero, en vez de seguir ese imperativo categórico, tan humano, nos quedamos con aquello que es más agradable paa nuestros sentidos y para nuestro interés particular. El mal, o lo contrario del bien, o el mal visto como bien, es muchas veces muy tentador, nos dejamos  tentar por él y caemos en la tentación. Elegimos el mal como bien, o con apariencias de bien. No tenemos el coraje moral (libre) de resistirle. Porque nuestra moralidad es muy baja, débil, poco cultivada, etc.

En Peña-Fitero y Peña del Saco (y II)

 

       Atravesamos nuevamente el pueblo y tomamos, tras pasar el puente y recordar la fiesta del Barranco, la ruta de las Huertas y de las Roscas. No hay gente a estas horas en los regadíos, donde lucen sobre todo las flores de los cerezos. Aparcamos para yantar y sestear un poco más allá de la Cueva de la Mora, a la vera de un joven olivar, cerca de Tudején, que fuimos incapaces de encontrar la última vez.

A buena hora todavía nos acercamos, con el GPS en mano, a la falda de la Peña del Saco. Escarmentados como estamos,  dudamos y titubeamos, avanzamos y retrocedemos, pero esta vez no nos vamos en dirección a Capbreton. Tenemos cerca un tractor trabajando en una viña, pero esperamos no tener que acudir a él. ¿Le sonará al tractorista la Peña del Saco? Estamos quizás en término de La Rioja, aunque el castro protohistórico está fuera de todo perímetro excluyente, incluso en tiempo de pandemia.

Descubrió el yacimientoen en 1927 el arqueólogo Juan Cabré, que se hospedaba en los aledaños Baños de Fitero, y lo estudió el insigne Blas Taracena en 1941. El  poblado apareció muy arruinado por la erosión que presentaba  todo el monte, pero la excavación mostró que el antiguo poblado había perecido en un incendio antes de ser abandonado por sus habitantes. Hoy sabemos que fueron dos. Pero antes examinó el primer y antiquísimo poblamiento pre-celtíbero, que en una de sus fases sufrió el primer incendio. El hecho de que los materiales quedaran aplastados en el suelo de las viviendas, hizo que la excavación sacara a la luz muchas cerámicas antiguas: vasijas toscas, negruzcas, fabricadas a mano.

Sólo veinte años más tarde, 1961-1962, reemprendió los trabajos otro gran arqueólogo español, Juan Maluquer de Motes, que dio también  cuenta de sus hallazgos y puso las cosas en claro. En resumen: Podemos decir que los primeros pobladores, pre-celtíberos, a finales de la Edad de Bronce y comienzos de la del Hierro, fueron pastores de ovejas, que utilizaban también la caza de jabalíes como medio de vida y vivían en chozas de palos y barro. Debieron de ser los primeros pobladores de Fitero. En cierta fase de la Primera Edad de Hierro a ese primer poblado le siguió otro de naturaleza muy semejante, pero más regular. Este segundo poblado pereció, como queda dicho, en un violento incendio. A partir de ese momento -¿hacia el siglo IV?- hubo un importante cambio de estructura y probablemente también de población asentada, tal vez la conquistadora del viejo poblado. Las paredes  de las viviendas, rectangulares, de tamaño pequeño y adosadas unas a otras, eran de piedra y los suelos, empedrados, con cerámicas  fabricadas a torno, importadas de centros alfareros celtibéricos, correspondientes a la segunda Edad del Hierro. A esta fase parece responder el enterramiento infantil, debajo del pavimento de una de las viviendas, costumbre celtíbera, como vimos ayer. Este poblado tuvo una intensa actividad metalúrgica, ya que en la ladera del mismo apareció una gran cantidad de escoria, análoga a la de cualquier otro yacimiento de esa época y de esa etnia.

Este segun poblado, plenamente celtibérico, fue incendiado y arrasado, como documentó muy bien Taracena, en un tiempo que él creyó posterior a la destrucción de Numancia, el año 133 a. C. Y no volvió a ocuparse más.

La subida nos ha sido fácil. De vez en cuando aparece una senda más o menos clara, pero, en general, nos hemos abierto fácil paso entre las matas de romero, ya florecido, tomillos, algún enebro y algunos escambrones. Toda la Peña mira a levante; más aún, parece un fortín con varios salientes rocosos que apuntan, como cañones naturales, en esa direción; pareciera que defienden algún poblamiento. Mirador excelente, por parte navarra, sobre los Baños, que fueron también romanos; los olivares y las huertas de Fitero, con la villa cerrando el corredor del Alhama, y hacia la cadena de montañas -¡otro día, te alcanzaremos, Tudején!- y las inconfundibles Roscas fiteranas. Y por parte riojana, mirador sobre la compacta aldea de Ventas de Cervera  o Ventas del Baño; sobre el cauce tranquilo y trasparente del mismo río, al que acaba de animar su afluente el Linares, en un espacio privilegiado, que es reserva de la Biosfera desde 2003.

Por el camino de las Huertas encontramos ahora varios senderistas jóvenes Algunos huertanos arreglan los caballones de las esparragueras, que son aquí un cultivo mayoritario. Unas personas mayores platican sentadas en otra huerta. Y varias familias van  o vienen de paseo. Parece que ya llegó la primavera.

 

En Peña-Fitero y Peña del Saco (I)

 

     Penúltimo día de febrero. Buen sol y mucho viento. Van perdiendo flor los almendros por la Navarra media y baja, y comienzan a florecer los cerezos. Pasamos el crucero, atravesamos la villa, con algunos paisanos por la calle Mayor otros en la terraza del bar Barcos, y llegamos a las últimas casas del pueblo. Frente al polígono industrial La Dehesa de Ormiñen, tomamos una pista que pronto se interna entre olivos, y vemos en seguida el alturón que puede ser la cara norte del yacimiento protohistórico. No nos engañamos. Ahí está la Peña-Fitero. Y no la llamo Peña-Hitero, porque hace muchos años ya nos enseñó don Manuel García Sesma que en toda la documentación medieval siempre aparece Fitero y no Hitero. Por la sencilla razón que la segunda palabra es la derivada de la primera, y no al revés.

La parte norte del yacimiento, la más vulnerable, era seguramente un profundo foso, casi hoy del todo colmatado por un olivar, recorrido por una honda acequia de tierra, y seguido por un pequeño promontorio llano, cubierto por atochas o esparteras y algunas aliagas, que comienzan ahora a amarillear, y que ocupan el conjunto del antiguo poblado. Por el extremo sur cae a pico sobre la rica y extensa vega del río Alhama (aguas calientes, baños, en árabe), con grandes viñas nuevas en espaldera, campos de frutales, donde vemos ya los cerezos florecidos, huertas varias y el arbolado que acompaña al débil y delicado río,  que nace en la sierra soriana del Almuerzo, riega el suroeste de Navarra y desemboca en el Ebro. El  límite sur del poblado, encima del cortado, termina en unas grandes rocas, una de ellas  en forma de terraza, donde Julio Ascensión sugiere un posible lugar de ceremonias. A dos kilómetros de aquí, al oeste, aparece al sol redondo de esta mañana la estampa de la villa de Fitero en torno a la torre del viejo monasterio, con su alta corona de Roscas, y, al este, fulgura el polígono industrial de Cintruénigo, al otro lado de la carretera, que la separa de la villa, reino de la porcelana, plantada sobre la orilla derecha del mismo rio Alhama.

Lo que más salta a la vista al llegar a la parte oriental del poblado celta es que una esterilla negra, sostenida por piedras, desgarrada en casi todos los sitios, cubre -intentaba cubrir- las excavaciones. Lo que dificulta a veces la observación de las mismas. Pero es sobre todo señal de triste abandono de los trabajos, que no han vuelto a reanudarse, a pesar de ser tan excepcionales. Los arqueólogos navarros Manuel Medrano Marqués y María Antonia Díaz Sanz descubrieron en las excavaciones de los años 2004 y 2005 la residencia fortificada de un jefe tribal o militar (príncipe) protocelta. El recinto comprende 900 metros cuadrados, rodeados de una muralla de piedra, de 30 metros de longitud, con torreones  angulares, de los que se conservan hasta tres metros de altura y con siete metros de espesor en la zona de la tumba, reforzada con la presencia exterior de piedras hincadas. La casa – tumba, en el interior de la muralla, seguramente del siglo VI a. C. es una habitación con paredes de piedra, en la que enterraron la cabeza de una persona, de la que pudo recuperarse la mandíbula y fragmentos de cráneo. La estancia rectangular, de unos 10 metros cuadrados, tiene un banco y un pequeño hogar, que contenía la parte superior de un casco de hierro, vasijas colocadas en el suelo, dientes de jabalí  y cuernos de ciervo, símbolos de valor y de poder. Dentro de la muralla hallaron asimismo la extraña tumba de un niño, de 5 a 7 años, acompañado de dientes de jabalí y cuernos de ciervo, lo que podría señalar descendencia o algún tipo de parentesco con el jefe tribal, porque los celtas y celtíberos solían incinerar los cadáveres de los niños muertos con más de un año de edad. Otros restos de un niño de menos de un año estaban fuera de la muralla, según la costumbre celtíbera de enterrarlos, a esa edad, debajo del suelo de las casas, como medida de protección.

Fuera de la muralla encontraron los arqueólogos estancias con gran número de hornos y hogares, lo que indica que era un área industrial y, quizás, tambien de vivienda. Igualmente  descubrieron muchas cerámicas grafitadas, y hasta 72 molinos de piedra. Lo que parece indicar que los señores de la fortaleza dominaban un amplio territorio y controlaban los medios de producción y de subsistencia, así como el monopolio de la producción metalúrgica, que incluía la fabricación de armas. Los diversos desniveles al extremo este del poblado son restos de antiguos fosos en esa parte  del recinto, también vulnerable. El poblado sufrió incendios dos veces. En el siglo I a. C. aún seguía habitado. Falta por excavar gran parte del yacimiento.

Al volver por donde hemos venido, imaginamos el antecastro natural ponderando los niveles del terreno. Es una pena que no haya un panel o señal alguna que explique este singular castro prerromano. A derecha e izquierda de la pista se siguen envejeciendo los viejos olivos que nos parecen desordenados, sin límites claros de fincas. Sus dueños seguro que no lo ven asi. Vamos ahora a la Peña del Saco.