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Mazapanes de Soto

 

            Después de meses de sol sin lluvias, nos anuncian la venida inminente de lluvias y nieves copiosas. El día se ha puesto poco a poco invernizo y, pasado Logroño, ha ido tomando un color de Adviento, como me gusta cuando venimos a la compra ritual de los mazapanes navideños.

Ahí está Soto en Cameros. En medio del Camero Viejo. El río Leza, ahora solo con unas balsas que disimulan la sequía. El bonito parque a lo largo del mismo. El puente, que se siente inútil. El caserío prieto que escala hasta el mirador de Nuestra Señora del Cortijo, y aún más allá. Los cuatro cipreses del camposanto quieren ser tan altos como la torre cupular de San Esteban. Hospital de San José, ahora albergue. La casa modernista. La casa de las parras vírgenes, en plena floración otoñal. La plaza del ilustrado local, Juan Esteban de Elías, desierta. Y sin un solo admirador, su estatua que mira hacia las escuelas del pueblo -ahora, casa consistorial, con sus tres banderas-, que él financió en 1822. Baja desde el Casino un niño solitario, que ha venido desde Logroño. No hay a estas horas otros niños para jugar. El pueblo que llegó a tener 2.000 habitantes y albergó durante la Guerra de la Indepenencia la Junta de La Rioja, en invierno -nos dicen- solo tiene 14. Hundida la industria textil, mucha gente se fue, como un día  a las Américas, a trabajar a Ribafrecha, a Villamediana, a Logroño… Pero en verano se llenan todas las casas.

Vamos un rato a pasear`por el Cañón del Río Leza, la mayor maravilla del lugar y uno de los testimonios más veraces del la Depresión del Ebro. Vamos bajo montes altos, plegados y replegados. En la parte baja y mediana forman arcos de piedra, uno casi perfecto, o presentan murallones calizos, que las aguas han ido puliendo, alisando. De vez en cuando se yergue un brazo rocoso o se adelanta un baluarte, un revellín  o un poderoso contrafuerte. En la parte superior semejan murallas alargadas que defendieran los tesoros  de Cameros. Y, en uno de los cantiles más altos, la figura de un castillo con sus almenas calizas, al que el último sol les da un color carnoso, que pudo haber ser sido el modelo de los castillos riojanos. Todo un prontuario de arquitectura. Nos pasan tres paisanos y, suponiéndolos soteños, les preguntamos dónde se esconde el río Leza para aparecer, como el Guadiana o como el Esca, después, pero resulta que son franceses y no saben. Uno de ellos pensaba que el río siempre estaba seco.

Verdes enebrales y bojerales rojizos pueblan las verticales laderas. Y algunos robles, algunas encinas, algunos serbales. Unos rodales de cipreses y de pinos altos van colonizando, poco a poco,  cercanías y lejanías. Junto al cauce, ahora seco, los chopos airean su último pañuelillo otoñal. Triscan por las paredes del congosto, fresnos, olmos, sauces, zarzales, zumaques… Por aqui corrieron los dinosaurios, y ahora los imitan, con mayor agilidad y menor estruendo, corzos, ciervos y jabalíes. Hoy no hemos visto sobrevolar a los buitres locales.

Volvemos al pueblo. LLamamos al timbre de una casa, que tiene en la tercera planta un exquisito letrero: Delicias y mazapanes. Viuda de Manuel Redondo. Se asoma una señora a la ventana de arriba:

–Venimos por mazapanes.

–Suban por esa cuesta.

Subimos por la cuesta bien conocida y nos entendemos fácilmente. La pandemia no parece haber mermado, ni este año ni el anterior, las posibilidades de la más tradicional dulcería navideña. Dentro de un rato baja un grupo de Trevijano a llevarse algo parecido a lo que nosotros nos llevamos. Trevijano, que se llama igual que el presidente del Tribunal Constitucional, es aquel pueblo alto, al norte de Camero Viejo, pueblo antaño de ganaderos trashumantes, que, tras ser anexionado a Soto en 1970, estuvo a punto de extinguirse, pero resisitió a última hora y hoy cuenta 30 habitantes. Lo  visitamos, al anochecer, el año pasado, por estas fechas, pero nos costó entrar en él, porque un caballo blanco y un asno, en medio del carretil, nos impidieron durante un buen rato el paso. Todo un cuadro navideño.

 

En San Felices de Haro

 

                            El sol de este día de noviembre parece el de un día de mayo. El año pasado, para despedirnos de los viñedos riojanos, nos fuimos al Balcón-Mirador de Rioja, bajo esa hoguera múltiple e incandescente de piedra, al final de  los Montes Obarenes, o Peña Luenga, de donde cuelga el encantado pueblecito de Cellórigo, ahora con 11 habitantes. Un pequeño monumento nos recuerda las dos famosas batallas de los años 882-883, donde el moro Al-Mundir, de Córdoba, fue derrotado por el conde de Álava, Vela Jiménez (Vigila Scmeneiz), de la dinastía Jimena de Pamplona, al servicio de Alfonso III de Asturias.

Este otoño, buscamos otro mirador, no muy lejano, en los Riscos de Bilibio, nombre que le dieron los patricios y colonizadores Nemestrino y Cornelius Bilabius Publius, que fundaron Bilibio y Bílbilis. Sobre Bilibio, que fue antes una castro celtíbero, hemos leído que hay una ermita dedicada a San Felices, donde en el siglo V había, junto al poblado, un castillo romano, ya abandonado. Felices fue por estas soledades un hombre santo anacoreta, de quien Millán, el San Millán de la Cogolla, fue discípulo durante tres años. El castillo de Bilibio, que llegó a acogerr la capilla y el sepulcro de San Felices, fue al fin conquistado por los musulmanes hasta su reconquista por el pamplonés Sancho Garcés I a comienzos  del siglo X. En 1076 el rey Alfonso VI de Castilla cedió el castillo a Don Lope Díaz, padre del Don Diego López de Haro, fundador de Bilbao, y a mediados del XI los habitantes de Bilibio se trasladaron al nuevo poblado que hoy es Haro, y los restos de San Felices fueron llevados al monasterio de Yuso.

Llegamos a la capital del vino riojano por el camino que tanto nos gusta, serpeando entre Álava y La Rioja, a través de uno los  más espectaculares paisajes vitícolas del mundo. Atravesamos el Barrio de las Bodegas, frente al mogote que acogió a sus primeros pobladores, los primeros que bebieron las entonces limpísimas aguas de un río, que en su honor se llamaria Ebro (Iberus).

Cuando aparcamos en un recodo bajo la montaña, encontramos a unos cuantos caminantes que van y vienen. Algunos, despistados, dicen que no encuentran el castillo y se vuelven. Subimos al ribazo, donde pensamos que está la ermita, pero nos encontramos con una larga y estrecha explanada, llena de bancos y mesas de piedra y barbacoas. Unn somero bar en un extremo, y en el otro, figuras en madera de un vaso y una botella. Todo a la sombra de numerosos tilos, todav’ía con el otoño encima. En esta pequeña plataforma se celebra la popular Batalla del vino, el día 29 de junio, cuatro días después de la fiesta de San Felices, donde se han llegado a consumir 130.000 litros de la bebida de Baco, con cientos  y miles de varones y mujeres literalmente morados y moradas por la lucha festiva, declarada de Interés Turístico Nacional.

Desde aquí vemos, en una de las crestas del gallo macizo, la estatua de San Felices, donde, ay, debe de estar la ermita. Por fortuna, el camino está bien preparado durante muchos años, a ratos con barandilla de cuerdas, y la subida no es dificultosa. Además, el mar de viñas que tenemos a nuestros pies está tan encrespado de olas de colores otoñales, que su visión es un continuo acicate para la escalada. Tanto es así, que apenas nos fijamos esta vez en los jarales, enebrales, arañones, hollagas, coronillas glaucas… que tenemos a los dos lados, ni en los pinos cimeros.

A mitad dela pista, alcanzamos la otra vertiente, desde donde nos damos de bruces con las famosas y rocosas Conchas de Haro, y con el hondo Ebro, que aqui un día las rompió, y con  unas enormes canteras de ofita a cielo abierto (1980). El río abrió un día un canal natural en el murallón de las  dobles rocas calizas, en forma de conchas, separando los montes Obarenes, por los riscos de Bilibio, de la Sierra de Cantabria, por los riscos de Buradón. En tiempos, el paso del Ebro estuvo mucho más alto y sus aguas formaban aqui una laguna. Hoy, rota aquella presa natural, el río deja su curso alto y penetra en La Rioja haciendo dos grandes meandros. Encuentro en la Guía Repsol la bella metáfora de un gigante que corre embriagado entre viñedos. En la margen derecha, la vieja carretera de Bilbao, ahora LR 306, antes muy peligrosa por las crecidas del río y el desprendimiento de rocas, tuvo que cambiar su ruta por medio de un túnel, como lo hizo ya en 1861 el ferrocarril Bilbao-Logroño. En la margen izquierda, la más reciente N 124 atraviesa también las Conchas a través de otro túnel.

El sendero nos porta hasta el pie de la ermita, a la que se sube por unas escaleras de piedra, y luego metálicas con barandilla, hasta el nivel de la ermita, habitualmene cerrada, y desde allí hasta el mirador último sobre los vastos viñedos de la Rioja Alta. Ahora tenemos muy cerca un pararrayos y la estatua pétrea y blanca, sobre base también de piedra, de San Felices (1964), con un libro abierto entre las manos, y mirando hacia la villa de Haro, de la cual es patrón. Es obra del escultor Vicente Ochoa y  fue costeada por suscripción popular. Con permiso de San Felices, al que nadie discute, el cierzo ventarrón domina a ests alturas en solitario y apenas  nos deja mover la cabeza por los cuatro puntos cardinales.

Una placa recuerda la fundación de la ermita en 1710, reconstruida en 1862 y 1942,  restaurada últimamente el año 2003. ¿Aqui hubo un castillo? Es difíil imaginarlo. Tal vez un mero fortín.

El Ebro es el único testigo vivo de todas esas fechas. Pero con aguas muy diversas.

Contra la Contra

 

            Hasta la ley de Amnistía, de 1977, les estorba. Hasta con ella quieren traficar, trocearla y mercar con ella, con tal de conseguir algún favor para retener a sus socios y permanecer en la Moncloa  Ya se sabe que el fin de algunos de ellos es cambiar de arriba a abajo la Constitución: unos para acabar en la Confederación, otros para hacer más fácil la independencia.

Hasta el más necio sabe que no se puede legislar el pasado desde el presente con objeetivos presentes, menos los responsables del actual Gobierno, a los que les importa poco la división de la opinión y la pérdida de grados de concordia, porque ellos están en eso, poque su guerracivislismo y su obsesión por ganar la guerra que perdieron los lleva a eso. Es el cuento de nunca acabar, dice lastimeramente el historiador extremeño y catedrático de historia Enrique Moradiellos. Hasta que el pueblo español acabe con ellos.

PD. Me dice quien sabe bien lo que dice: qué triste y qué vergonzoso que el PSOE se avergüence de su mejor herencia.

Carlos V en Los Arcos

 

     Me envía mi amigo e irrefrenable historiador VíctorPastor Abaigar dos de sus últmos libros, de elegante factura y figura, buen papel y numerosos gráficos, mapas, planos, fotos, documentos en blanco y negro o en color. Uno de ellos, de carácter técnico, Una botica en Los Arcos (Navarra) en los siglos XVII y XVIII, y otro, más asequible y plenamente actual: Carlos V y la villa de Los Arcos: Hacia el 5º centenario de la estancia de Carlos V en Navarra (1523-2023, subvencionado generosamente por el ayuntamiento arqueño.

Adelantándose al Centenario, que pocos por aqui celebrarán, Pastor, que dedica su obra al P. Tarsicio de Azcona, máximo historiador del tiempo, a quien llama impulsor de la obra, nos lleva de la mano, desde la situación de la viila en tiempos de los Reyes Católicos, abuelos del emperador, hasta el pillaje de la  misma por las tropas francesas de André de Foix, aliado de los reyes de Navarra. Para describirnos sobre todo la `primera visita de Carlos I a Los Arcos, en 1523, junto a las mercedes otorgadas a la villa, así como la segunda visita del emperador en 1542.

Pastor Abaigar, máximo conocedor de su pueblo natal y de su entorno, no deja lugar alguno libre a la imaginacion del lector. Nos historia todo: el vecindario, el estado de cuentas de la villa, su urbanismo, sus murallas, hasta nos describe minuciosamente la casa de los Chávarri, probable vivienda donde se alojó una sola noche Su Majestad. El rico apéndice documental, con 14 documentos, incluye no sólo el hurto sacrílego de las tropas francesas en la iglesia parroquial, sino las obras en el castillo, la moneda, el mercado semanal, los derechos del obispo de Pamplona…

Libros como este nos confirman que no hay historia general sin historia local, ni historia universal sin historias nacionales. Que no hay parte despreciable, si queremos conseguir un todo (siempre imperfecto) apreciable.

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                          

El para qué y el con quién

 

            Algunos políticos pretenden separar el para qué del con quién, a la hora de pactar. Tal es el caso escandaloso de la impudicia de los sanchistas navarros a la hora de intentar justificar sus estrechas relaciones con BILDU.
Cuando todo el mundo sabe bien el para qué cuando se elige el con quién.

En Leizalarrrea

 

        Sábado de mediado noviembre, fresco, con un poco de sol entre muchas nubes. El otoño sigue vivo en ciertos bosques y resiste en ciertos rincones. Recordamos, nostálgicos, que uno de nuestros primeros paseos otoñales, hace cuarenta años, fue Leizalarrea, y allá que nos vamos.

Leiza sigue tan sucio de letreros, pintadas, grafitis…, como siempre, en favor de la República Vasca, de la independencia y de la lucha por llegar a ellas. Leiza ha sido el pueblo navarro con más víctimas a manos de la banda terrorista. Si exceptúo aquel domingo de septiembre de 1954, en el que compañeros de mi curso del Seminario fuimos a cantar la misa mayor, jugar un partido de fútbol y representar un drama en un salón, todas mis visitas posteriores a Leiza han sido tristes, aciagas, lúgubres, fúnebres.

Tomamos la carretera a Santesteban y en el Alto de Leiza, frente al ya cerrado restaurante, Basa Kabi (nido del bosque), un día glorioso, seguimos la pista que nos lleva al término de Leizalarrea. Unas vacas royas pastan en una de las laderas, junto a una borrica blanquinegra, que va por su cuenta. Nos metemos directamente en el hayedal y vamos hundiéndonos blandamente en el acolchado suelo de seroja húmeda, formada por varios otoños. Todavía las hayas no han perdido todas sus hojas y sus pies y tobillos están resguardados por el musgo arropador. Abundan las setas, de varios colores y tamaños, que se asoman entre las hojas secas y alrededor de los troncos. Las más vistosas son unas blancas de sombrero grande con un tinte rosáceo en el centro. Pasa junto a nosotros un cazador joven con escopeta y le sigue un perro cazador con collar y campanilla, que sube y baja, dando vueltas y vueltas, hozando nervioso en el suelo, hasta que desaparece siguiendo el silbido del amo.

Nos ponemos a comer a un lado de la pista, sorbiendo el poco sol que se escabulle de las nubes. Pero no llegamoa al segundo bocadillo, cuando la solitaria borrica, que ha bajado al camino, viene decidida hacia nosotros. La experiencia en Burgos con las cabras y en Burguete con los caballos nos hace levantar todo de mala manera, pero antes de poder entrar al coche, ya está la burra olisqueando las sillas y comièndose las migas esparcidas por el suelo. La espantamos un poco para poder recoger los trastos y poder terminar de comer, pero en cuanto entramos, vuelve la burra al trigo, es decir, a nuestra compañía, y no se mueve de ahí. Una yegua majestuosa se asoma al vértice de la ezponda y completa el cuadro. Tenemos, pues, que movernos. Bajamos dos kilómetros hacia el pueblo y nos detenemos en un recodo de la pista, de donde gozamos de una visión idílica.

A los dos lados de la hondonada, motas blancas de caseríos, colgados en las faldas medias de los montes. Rodales de pinos alerces japoneses, sabia y estéticamenrte colocados, incendian de color con sus bravas llamas amarillas la espesura amoratada de los hayedos hegemónicos, entre alguna punta de pinos insignes y algún que otro tilo, cerezo silvestre o arce. A  ratos, unas nubes bajas ponen un atrevido color blanco en el conjunto En medio de la vallonada, justo antes de la vista del pueblo, blancuzco e industrial, otro rodal de roble americano  enrojece el paisaje. Unos molinos eólicos, plantados en la cumbre del monte más alto, muelen con alborozo el viento frío que asciende de la vaguada hacia las alturas. Comienza a acariciarnos un menudo sirimiri.

Nos detenemos, a la vuelta, en Gorriti, que conocemos bien. En el atrio de su modesta iglesia recuerdo a mi compañero Jon Arricibita, que fue muchos años párroco de aquí y senador por HB, aunque no visitase nunca el Senado. En en frontón juegan a paleta unos padres y unos hijos. Cogemos la carretera de Uitzi para pasar por uno de los parajes más bellos del norte de Navarra, donde paseamos en tiempos, donde aprendimos a ver llover las hayas en momentos de calabobos como este de hoy. En la parte del señorial pueblo de Uitzi no se ve un alma. La casa de los Arraiza, a cuatro aguas, grandes sillares, linterna y una escultura del Corazón de Jesús en el balcón principal de la fachada, sigue tan cerrada y fantasmal como siempre. En la parte inferior del pueblo han construido y reconstruido varias mansiones tan robustas como hermosas.

También reina el silencio en las varias urbanizaciones del nuevo Lekunberri, ahora dos veces nuevo (berri).  Pero todo cambia al llegar al Polideportivo y Campo de Fútbol, donde bulle una multitud. Salen de un partido y parece, por los uniformes de varios grupos, que van a entrar a otro.

La noche se encarga de acabar con todo el otoño de un solo golpe.

Ni el día ni la hora

 

  Mc 13, 24-32

¿Cuándo vendrá el defnitivo Reino de Dios?
le preguntaban muchas veces los discípulos
al Maesrtro, que había proclamado su  venida inminente.

Los prodigios cósmicos,
en el lenguaje habitual de los profetas
(Joel, Amós, Daniel…):
la oscuridad del sol y de la luna
o la fugaz caída de las estrellas
sirven en el pueblo de Israel
para descubrir al Dios vivo en la historia
y suelen preceder a la venida
del Hijo del Hombre
con gran poder y gloria. Los ángeles,
mensajeros del Señor,
reunen entonces desde los cuatro vientos
a todos los elegidos de la Tierra.

Jesús es más sencillo,
menos dramático:
– De la higuera aprended esta parábola:
Cuando ya sus ramas están tiernas y brotan sus hojas,
sabéis que está próximo el verano.
Asi también vosotros, al ver que sucede todo eso,
sabed que Él está a las puertas.
Mas el día y la hora nadie sabe, ni los ángeles del cielo.
Ni el Hijo. S
olo el Padre.

Ciudadano Kane

 

          Veo, después de muchos años, en 13 TV la película, dirigida y protagonizada por Orson Welles (1941), Ciudadano Kane, con guión de H. J. Mankiewicz, clasificada por los expertos, decenio tras decenio, como la mejor de la historia del cine.

Trasunto y parodia del magnate norteamericano William Randolf Hearst (1863-1951), periodista, editor, publicista, empresario, inversionista, político, dueño de 28 periódicos en todo el territorio federal, amén de numrosas revistas, empresas editoriales, fábricas de papel, compañías y emisoras de radio… Promotor de la prensa amarilla, manipulador escandaloso, estrafalario, extravagante, derrochador, marchante del arte mundial. despótico y arbitrario, creador de una estrambótica ciudad-residencia, incitador de la guerra yanki-española, financiador de la contrarrevolución mejicana… Llegó a ser, gracias al dinero y a la corrupción, congresista demócrata, pero no pudo ser, a pesar de su poderío, ni alcalde de Nueva York ni gobernador del mismo Estado.

Pero la película es también parcialmente trasunto, menos paródico, de la vida del joven Orson Welles: triste infancia, tras la sepración de sus padres y muerte prematura de su madre; su galopante carrera teatral y radiofónica; su obsesión por el triunfo y la fama…Ya se sabe que los éxitos triunfales no dan siempre ni la paz ni la felicidad. Al final, tras el segundo fracaso amoroso, Charles Foster Kane pronuncia una palabra enigmática: Rosebud (capullo de rosa) tras coger del lujoso dormitorio de su ex mujer, que acaba de devastar, una bolita de cristal. En la película de Welles es el nombre de su trineo de niño, símbolo de la infancia perdida, que tuvo que abandonar antes de que le arrancaran de la casa materna para heredar y administrar los negocios. En la vida real del magnate Hearst era el apelativo cariñoso con que nonbraba uno de los íntimos encantos físicos de su amante Marion Davis.

Los ataques de la ministra Belarra al Supremo

 

El desmedido ataque a unos magistrados del Tribunal Supremo, realizado por un miembro de otro poder del Estado -dice la querella del Foto Libertad y Alternativa, presentada ante el TS- afecta muy gravemente a los equilibrios del sistema en su conjunto y pone en riesgo cierto tanto la independencia de los Magistrados como la propia legitimidad del sistema ante la ciudadanía.

(…) No debe olvidarse que es el Poder Judicial el encargado del control de la legalidad de la actuación del Poder Ejecutivo y de sus miembros y, por tanto, los ataques desde el Poder Ejecutvo al Poder Juidiclal ponen en riesgo los controles al Gobierno, pejudicando el sistema de pesos y contrapesos en el que se basa el sistema  democrático.

(…) Si este precedente  resultara impune, el futuro de la relación entre los poderes del Estado quedaría muy gravemente afectado, abriendose la puerta a la deslegitimación del Poder Judicial y sus miembros desde el poder político.

El Tribunal Supremo busca ahora magistrado que se encargue de la querella, ya que cinco de ellos estan directamente afectados por las acusaciones de prevaricación vertidas por la indigna ministra que padecemos.

 

Paredes de Nava

 

             Ya en Tierra de Campos, en el Museo Terrritorial Campos del Renacimiento, gestionado por la Fundación de las Edades del Hombre, ¿qué dejamos y qué elegimos en las pocas horas que nos quedan? Dejamos con pena Cisneros, Fuentes de Nava, Becerril de Campos, y nos quedamos con Paredes de Nava, villa ilustre medieval, de solo 1892 habitantes, en secular declive, como toda la zona.

Primero de todo, damos una vuelta por el entorno: desde el Arrabal del Carmen hasta el Arrabal de San Juan, pasando por un dédalo de calles, con nombres clásicos: La Luna, Los Francos, Santa Bárbara, Santiago, La Rúa, el Castillo, Pastoras…; la de Franco y varios de sus generales… Hasta quedarnos en Plaza de España, frente a la catedralicia Iglesia de Santa Eulalia (s. XII-XVI),  monumento nacional (1962), protegida por una esbelta torre de base románica, rematada por una pirámide revestida de azulejo en escarna y teja esmaltada. Pero antes de entrar en ella vemos a sus pies el monumento a uno de su muchos ilustres hijos de Paredes, el mejor poeta castellano de la Edad Media, Jorge Manrique (1440-1479). El escultor Julio López Hernández lo esculpió en bronce (2003), joven señor medieval, escribiendo sobre sus rodillas. Tiene detrás de él un breve muro horizontal con dos altos relieves en piedra, alegoría de la muerte. Y unos versos significativos: Y pues si vemos lo presente / cómo en un punto se es ido y acabado…  Continúo, muy emocionado, con los siguientes y lamento no acordarme de todos ellos, como un día los aprendí.

La iglesia de Santa Eulalia, la popular mártir barcelonesa del año 303, fue convertida en Museo parroquial el año 1964 -el primero de España-, sirviendo, en diversos horarios, de templo religioso y de museo del Renacimiento, con 300 obras expuestas de pintura, escultura y orfebrería: 13 pintores y 4 talleres de las Escuelas de Burgos, León, Castilla, Madrid, Granada, Cataluña, Francia y Alemania. Solo el retablo del tercero de los Berruguete, Inocencio, y de Esteban Jordán puede llevarnos toda la mañana. La Anunciación de Pedro  Berruguete vale ya por un museo. Pedro (1445-1504) nació en Paredes y fue bautizado en esta misma iglesdia, así como su hijo Alonso (1488-1561).

Aún tenemos tiempo para dar una ojeada al actual ayuntamento, antiguo convento franciscano (s.XV), trasladado, piedra piedra, hasta aqui desde el Monasterio viejo. A la cercana iglesia barroca de las Beguinas. A la iglesia de San Martín, ahora centro de interpretación de Tierra de Campos y oficina de Turismo. A la de Santa María, co-parrroquia con la de Santa Eulalia. Al patio del hospital de San Marcos (s. XV), hoy residencia de ancianos. Y hasta al Canal de Castilla, mientras salimos de este coto redondo de maravillas, porque Paredes fue el segundo punto de su creación y de arranque posterior del ramal de Campos, con las famosas Casas del Rey, que aún resisten y son uno de sus más atractivos embarcaderos.