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Sábado Santo

 

     (Los poemas dedicados a este día pueden verse en todas las fechas de los Sábados Santos, desde el año 2006. El poema  La Sepultura de Jesús, el día 3 de abril de 2021)

 

La noche del viernes al sábado santos

 

Yo también quiero, María,
mientras tú rezas y lloras,
acompañarte unas horas
en esta noche vacía.
Vacía de quien podía
librar el mundo de duelos
y apaciguar los revuelos
de tu inmenso corazón.
Déjame que en tu aflicción
busque también mi consuelo.

Viernes Santo

 

     (Poemas sobre el Viernes Santo, todos los los Viernes Santos en el cuaderno de bitácora desde 2006. La muerte de Jesús, en la bitácora del día 2 de abril de 2021)

 

Camino del Calvario

Mc 15, 20b-21; Mt 27, 31b-32; Lc 23, 26-32; Jn 19, 16b-17a

 

Los soldados romanos sacaron a Jesús del Pretorio
hacia las afueras de la ciudad,
donde crucificaban a los reos.
Pronto obligaron a uno que pasaba por allí,
un tal Simón de Cirene, que venía del campo,
a llevar la cruz del condenado,
la parte horizontal del madero –patíbulo-,
donde habían de colgarle.
La suma debilidad del azotado
obligó seguramente a los soldados
a buscarle un sustituto.
Marcos conoció a sus hijos, de nombres grecorromanos,
Alejandro y Rufo,
miembros tal vez de la asamblea cristiana.

Siempre sensible a la presencia de la mujer
y propenso a mostrar en cualquier momento
el amor y la ternura de Jesús,
el evangelista Lucas
añadió aqui un oráculo profético y sapiencial del Maestro
sobre el próximo devenir de la ciudad
dirigido a unas hijas de Jerusalén que le seguían,
dándose golpes de pecho y lamentándose
por el condenado a muerte.

No era fácil por entonces
sortear la rígida custodia militar
ni esperar respuesta alguna de aquellos pobres hombres
que apenas podían sostenerse.

La devoción cristiana de todos los tiempos
se interesó por este espacio, llamado vía-crucis, camino de la cruz,
para acompañar a su manera a Jesús de Nazaret.
Imaginó, realista, tres caídas dolorosas,
y, menos realista, al alivio de Verónica, la mujer compasiva,
o el encuentro con María, la madre de Jesús.

Ni siquiera el tercer evangelista lo menciona,
pero escribe que, además del Nazareno,
los soldados romanos llevaban también dos malhechores
para ejecutarlos con él.

 

 

Jueves Santo

 

                (Ver -clicar Archivos– poemas del Jueves Santo, en todos los Jueves Santos de este cuaderno desde 2006. Ver La Cena del Señor, en la bitácora del 1 de abril, Jueves Santo de 2021)

Jesús en el huerto de Getsemaní

Mc 14, 26-42; Mt 26, 30-46; Lc 22, 39-46; Jn 18,1-2

 

Después de cenar Jesús y sus discípulos,
habiendo cantado himnos,
salieron al otro lado del valle del Cedrón,
hacia el huerto llamado Getsemaní (lagar aceitero),
en el Monte de los Olivos,
lugar que conocían bien.

Llegados allí, les dice Jesús:
Sentaos aqui, mientras hago oración.
Mi alma está triste hasta la muerte.
Permaneced en vela.

(Tristeza y congoja del justo
ante una muerte cruel inminente,
ante el acoso del Mal y el aparente abandono de Dios.
El autor del salmo 55, en trance agónico,
muestra a la gente su corazón encogido,
sus pavores de muerte,
su irreprimible temblor).

Jesús orante cayó en tierra y rogaba a su Padre diciendo:

-Abbá (Padrecito mío), todas las cosas son posibles para ti.
Aparta de mi esta copa de dolor.
Pero que sea lo que tú quieres,
y no lo que quiero yo.

(No era irreverente en la historia de Israel
pedir a Dios que cambiase de juicio.
Pero, al fin, el justo se abandonaba
en los brazos de Dios).

Volvió el Maestro a donde estaban sus discípulos:

-Simón, ¿duermes? ¿No fuiste bastante fuerte para velar una hora?
Manteneos orando y velando
para que podáis afrontar la prueba con el Maligno.
Sí, el espíritu está dispuesto, pero la carne es debil.

Fue Jesús a su oración
y, de nuevo, a los suyos que estaban dormidos.
(Marcos recuerda las tres veces
que en su parábola del amo que se ausenta
 repite este el  lema ¡Velad!
porque a nadie le sorprenda su regreso,
y aplica la regla de tres tradicional a su relato):

¡Así que durmiendo y descansando! ¡Ha llegado la hora
de que el Hijo del Hombre
sea entregado en manos de pecadores!
Levantaos, vamos.
Ya se acerca el que me va a entregar.

 

El via-crucis de mi pueblo

 

     Durante toda mi vida adulta he venido recordando y rezando aquel vía-crucis que rezábamos, los días de Cuaresma, en la iglesia de mi pueblo, recorriendo los chicos las estaciones de la iglesia, y oyendo las letrillas que leía don Manuel. Mi madre y yo las sabíamos de memoria, con algunas lagunas: cuántas veces las rezamos en los glacis de la Vuelta del Castillo, los últimos años de su vida, yendo y viniendo a/de la iglesia de la Paz.  Recuerdo que nuestro párroco leía también otras letrillas, sobre todo los sábados y domingos, que se parecían mucho; a veces confundí las dos, pero ahora no sabría distinguirlas. Un buen día, hace veinte años encontré las primeras en un mínimo folleto, Via Crucis en ascensión penitencial al monte San Cristobal (Artica-Pamplona) 24 de marzo de 1996, editado muy modestamente por la Unión Seglar San Francisco Javier de Navarra. Pero, por desgracia, no se menciona al autor ni se da pistas para ello. Hoy veo que en el blog del gran teólogo Xavier Pikaza, recuerda él, por dos veces en los últimos años, el texto del vía crucis que rezaba con su madre, siendo muy pequeño, en un pueblo de Burgos, y, despés de transcribir el texto del folleto de Artica, pide insistente noticias sobre el autor.

Me he puesto a mirar en la Red. No he sacado mucho en limpio. He visto varios vía-crucis en verso, muy parecidos, sobre todo del siglo XVIII; entre otros, el famoso del carmelita descalzo  de Baeza, P. Diego de Santiago, y sobre todo el del teólogo y predicador capuchino valenciano P. José de Rafelbuñol (1728-1809), escrito en torno al año 1795, y que se reza hoy todavía en Lorca. Ese via crucis fue propagado por media España gracias al celebérrimo predicador capuchino beato Diego José de Cádiz. Se compone de las catorce estaciones, a la que añade unas 15ª, la aparición a la Magdalena. A cada una de ellas dedica tres redondillas y una oración, en el mismo género poético. La cuarta estación incluye estos versos, que son idénticos a los que yo recuerdo y que se imprimieron en la edición de Artica:

 Aqui Jesús vio a María
de tantos dolores llena,
que le causó mayor pena
que la cruz que le oprimía.

Tiene, además, unas cuantas estrofas más muy parecidas a las que recitábamos en mi pueblo. ¿No serían estas una posterior edición, mucho más breve, y por eso más popular, del mismo autor?

¿Habrá alguien por ahí que nos satisfaga a la vez a Pikaza y a mi?

El vía crucis de marras comienza con un décima espinela de rima y ritmo:

Ya vengo, Jesús llagado
a contemplar fervoroso
los pasos que doloroso,
   disteis con la cruz cargado…

 Cada estación lleva dos redondillas -cuartetas de tono menor-, en rima consonante. La primera describe de un plumazo la escena bíblica. La segunda contiene la reflexión piadosa y emocionada, sobre la misma. Adjunto las estaciones 11ª y 12ª:

    Con martillos inhumanos,
modo atroz y duro acero,
a Jesús en un madero
le clavan de pies y manos.

Desde esa cruz, ¡oh Señor!
miradme con gran piedad
y mi pecho traspasad
con santos clavos de amor.

Los versos no pueden más precisos, claros, resonantes. No falta ni sobra nada. Raramente  se fuerza alguna rima, o en la segunda redondilla moral se extrema un tanto el moralismo. La 12ª estación no es menos bella:

El sol esconde su luz
de horror la tierra suspira,
cuando el Criador expira
enclavado en una cruz.

¡Ay, Jesús! muera yo aquí
de amor, de pena y tristeza,
viéndoos con tal fineza
dar vuestra sangre por mí.

En comparación con esta sencillez, con esta ternura, muchos viacrucis más modernos me han parecido pesados, pretenciosos, melífluos o demasiado trágicos. Alguna vez se me ocurrió hacer algo parecido con lo que los modernos exégetas dejan vivo, tras los estudios crítico-históricos, del Camino de la cruz, pero entonces ya no sería el vía crucis tradicional, basado en la lectura literal de los Evangelios y en la devoción secular. Por otra parte, para una redacción culta y exquisita del mismo, ya estan en la literatura española las décimas impecables  e insuperables de Gerardo Diego, en su Via Crucis de 1930. Aunque poco populares y mucho más difíciles de aprender.

 

«De campesino a historiador»

         El libro, De campesino a historiador: Apuntes biográficos, del conocido y reconocido capuchino fray Tarsicio de Azcona (Jesús Morrás Santamaría), 173 páginas, 30 capitulitos y 363 puntos, acabado de escribir el 1 de enero de 2021, y bien editado por el Gobierno de Navarra, con varias fotografías en verdi-blanco y verdi-negro, es un libro primoroso, instructivo y recopilador.

Primoroso, escrito en prosa franciscana -sencilla, alegre y ferviente cuando toca-, preparada por una larga y nunca terminada formación humanística. De trazo corto, clara como un manantial. Ni sofisticada  ni presuntuosa. Fluye sin cesar cuando cuenta sucesos ordinarios, cotidianos. No se hace solemne, sino más humilde y elemental cuando narra acontecimienos claves de su vida o se refiere a otros relevantes en el entero siglo que le ha tocado vivir. Ni es efusiva en los elogios ni áspera en las críticas. Siempre modesta, elegante, compasiva a veces, humanista siempre.

Instructivo,  pues, como que sí, como que no, el libro repasa, siguiendo su propia vida, todo un siglo, entre el XX y el XXI, desde aquel 24 de diciembre -¿qué fecha mejor?- de 1923. Desde casa Santamaría, en el Concejo de Azcona, Valle de Yerri, en Tierra Estella, donde fue huérfano de padre a los ocho años, hasta esa última fecha, en el convento capuchino extramuros de Pamplona, ya con las dos manos en el taca-taca, todo lo que nos cuenta es ya historia, e historia -sucesión de hechos contados e interpretados- de Navarra, de España, de Europa y del mundo; de la Orden Capuchina; de la Iglesia católica… De muchos de ellos no sabíamos nada y ahora lo aprendemos. O, si lo sabíamos, ahora se nos recuerda, sintetiza y actualiza,

Recopilador, porque de modo magistral, como de un historiador bien bregado y ubérrimo, coronado po el laurel la Real Academia de la Historia, el libro es un atinado, riguroso y nada hinflado retrato de su vida, que incluye las muchas circunstancias de la misma: desde los colegios de Alsasua, Sangüesa, Estella, o Pamplona, pasando por Roma, Alemania, Chile, Ecuador, Madrid, Barcelona Simancas… y cualquier lugar donde hubiera una archivo tentador. O en los mil ministerios apostólicos que en su parroquia de barrio y fuera de ella le tocó con toda clase de fieles. Y siempre con una gran devoción por su familia numerosa y por sus muchos amigos, entre los que he tenido la suerte de encontrarme y de poder contarlo. ¡Dios mio! uno se pregunta: ¿de dónde sacó este hombre tiempo-vida para todo?

Gracias, Tarsicio, por este penúltimo -uno de los penúltimos- regalo. Nos dices en las líneas finales que prosigues caminando con la andadera de la ancianiad hacia la luz perpetua. Que llegue esa, luz al menos, después de tu centenario, el 24 de diciembre de 2023. Para que hasta tu calendario sea redondo. Como tu vida. Y como este libro que acabo de leer.

El Cristo de Pérez Reverte

 

          Avezados a los ramalazos anticlericales del novelista Arturo Pérez Reverte en muchos de sus escritos, es toda una curiosidad, y algo más, leer el capítulo XXV, dedicado a Jesús de Nazaret, que, dentro de su serie Una historia de Europa, escribe en el último número de El Semanal, el semanario más leído de España.

Reverte le llama solamente Jesús: un hombre extraordinario llamado Jesús, que iba a influir como nadie influyó jamás. Tras recordar a grandes rasgos su vida, resume así su doctrina: amor al prójimo, la fraternidad del género humano, la existencia de una vida eterna tras la muerte (para la que la vida terrena sería solo preparación) y la omnipresencia de un dios (sic) supremo, paternal, bondadoso, del que Jesús, sin cortarse un pelo, se proclamaba hijo. Y tan elocuente fue, tan persuasivo y magnético, que arrasó entre los suyos. Claro que luego llega la duda sobre el personaje: A lo mejor sólo era un tío al que se le habia ido la olla, o un manipulador muy listo, o un fulano que se creía de verdad lo que predicaba, o tal vez, simplemente, una buena persona.

Posiblemente fuera esto último, supone el novelista. Pero lo que importa es que su discursos funcionaban de maravilla: A los ricos ofrecía reparación, esperanza a los desgraciados y consuelo a todos. Lo seguían los pobres y hasta redimía a las prostitutas. (…) Y empezaron a seguirlo centenares y miles de personas. Extraña, dentro de la corrección, que P. Reverte no recuerde algunos dichos de Jesús y de algunos de sus discípulos contra ricos y riquezas , y que, por otra parte, olvide la faceta capital de sanador del Jesús histórico. Reparte después muy atinadamente la responsabilidad de su muerte violenta entre judíos y romanos, aunque la culpa primera se la asigne a lo que él llama los curas de allí: el clero judío, fariseos, saduceos y fulano de similar pelaje, dejándole a Pilato organizar la primera Semana Santa.

Sin meterse en eso de si resucitó a no, exalta la obra de los doce apóstoles de Jesús, incluido aquí también Pablo, protagonistas de la nueva religión, llamada cristianismo, el mayor prodigio religioso y cultural en la historia no solo de Roma y Eeuropa, sino el mundo conocido y por conocer.

Etampa de Jesús de Nazaret incompleta, pero positiva, dejando un cierto margen a la duda. Ilustrada, a la manera de  grandes hombres no cristianos, agnósticos o ateos, que conocemos en la historia, quienes reconocieron y elogiaron sin rebozo la figura singular del Maestro nazareno.

Domingo de Ramos

 

Entrada mesiánica en Jeruslén

(Mc 11, 1-11; Mt 21, 1-11; Lc 19, 28-38; Jn 12, 12-16)

[Pueden verse los poemas sobre esta fiesta en todos los domingos de Ramos desde el año 2006]

 

Cuando Jesús y sus discípulos, cerca ya de Betfagé y de Betania,
al pie del Monte de los Olivos, se acercaban a Jerusalén,
mandó Jesús a dos de los suyos a traer un pollino
de algún amigo próximo, de quien no se dice el nombre.
Se juntaron allí numerosos amigos que el Maestro tenía en la ciudad.
Él sabía de memoria los versos que un profeta llamado Zacarías
había escrito en las últimas décadas del siglo cuarto,
después de la conquista de Alejandro el Macedonio:

¡Exulta sin freno, Sión,
grita de alegría, Jerusalén!
Que viene a ti tu rey,
justo y victorioso,
humilde y montado en un asno,
en una cría de asna
[montura de los príncipes antiguos].
Suprimirá los carros de Efraín
y los caballos de Jerusalén;
será suprimido el arco de la guerra,
y él proclamará la paz a las naciones.
Su dominio alcanzará de mar a mar,
desde el Río al confín de la tierra.

Traído el pollino, le pusieron unos mantos, y Jesús montó sobre él
iniciando la marcha festiva hasta el Templo.
Discípulos y amigos echaban ropas a su paso
y ramas de palmeras, olivos y arbustos, gritando enardecidos:
¡Hosanna en las alturas! [Hoshana: ¡Sálvanos!]  ¡Hosanna al Hijo de David!
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
¡Hosanna en las alturas!

Lo que hoy llamamos entrada triunfal  es la imagen contrapuesta
a la entrada triunfal del Prefecto Romano, en las grandes solemnidades,
desde su residencia oficial en Cesarea Marítima,
para velar por el orden y la ley y hacer visible el poderío de Roma.

Lo cuentan los cuatro Evangelistas, con apenas leves diferencias.
Fue quizás solo un rato de fervor mesiánico.
Una ingenua humorada llena de sentido.

O quién sabe si algo más, que no alteró las drásticas normas del Imperio.
No parece tan solo un relato parabólico,
sino toda una parábola en acción sobre el Reino de Dios que ya viene,
recogida por las cuatro tradiciones evangélicas.

«La nostalgia en los chopos»

 

    Elijo, este sábado de abril, tras haber visitado en el Valle de Etxauri la exposición anual de los cerezos en flor, este breve fragmento del poema La nostalgia en los chopos, arrancado del libro Variaciones sobre una partitura de Vivaldi (2001), de mi viejo amigo Miguel de Santiago, uno de nuestros mejores poetas religioso-cristianos, del que iré dando cuenta en este cuaderno:

Nada muere en abril cuando renueva
la tierra Dios y resucita
el sol cada mañana
para alejar la noche lentamente…

 

«Queremos vivir bien…»

 

             Tiene razón que le sobra el novelista y académico de la Española, Arturo Pérez Reverte, cuando escribe: Queremos vivir bien, pero criticando lo que nos hizo vivir bien. Reverte, que escribe sobre la última realidad europea y norteafricana, tiene a la vista nuestro rico espacio económico, político y cultural, nuestro nido confortable de derechos y deberes, pero sin voluntad de defenderse y hasta criticando posibles defensas de nuestra próspera singularidad.

Y volviendo al viejo refrán de a las duras y a las maduras, termina el artículo en Semanal:

Algo cada vez más difícil en esta Europa imbécil, que ha sustituido bibliotecas por redes sociales, cultura por filantropía y razón por sentimientos.

Abril

 

Del poeta dominico, ya fallecido, Emilio Rodríguez, ya conocido en este cuaderno de bitácora, elijo este breve poema de su libro Parqelagos (1994):

Llegó la golondrina. Está explorando
el barro,
escogiendo el mejor
para colgarlo,
elegante cestillo,
                                               en el alero.
Con ella, nuestra historia
se pone de puntillas
para mirar
                        por encima
                                                                     de las brumas.