Carnavales ( y II)

 

          Dejando la prehistoria y la protohistoria, los antecedentes más próximos los  tenemos en el Imperio Romano, al que pertenecimos. Febrero era el mes de las purificaciones, como su mismo nombre indica. En las fiestas Lupercales, celebradas el día 15 de ese mes en honor de Luperco, matador de lobos y protector de rebaños, se inmolaban corderos y perros; después los lupercos, vestidos con las pieles de los animales inmolados, echaban a correr golpeando con correas a la multitud, especialmente a las mujeres para concederles fecundidad. Era un buen pretexto para diversiones licenciosas, por lo que fueron condenadas por el papa Gelasio I, el año 494: quizás la primera condena oficial de los Carnavales.

A muchos navarros les recordará todo esto el desfile de los momorrotxos de Alsasua. A otros el zomoro de Goizueta o los momoxarros aundiak de Unanu. A otros, en un cuadro mucho más tranquilo y tradicional, la ejecución y muerte, en Lanz, de Miel Otxin (¿nombre de lobo?) por los txatxos, entre Xiripot y Zaldiko.

Ihauteriak: tiempo de mofas y burlas, según la definición vasca de Carnaval. La tradición de ritos purificadores tiene su mayor expresion entre nosotros en los Carnavales de Zubieta-Ituren, los más vistosos y sonoros, gracias a los Ioaldunak, o cabestros, vestidos ritualmente -enaguas, tunturro o tiara cónica, hisopo, pieles como capas pluviales, cencerros mágicos-, que conjuran el mal por donde pasan, despertando a la vez las semillas de los campos.

Saint Pansart (zampanzar) o don Carnal. Desde las carrozas nos echan -sembradores- ceniza, tierra, confetis…