Esperábamos impacientes que llegara la carbonera de Abárzuza, con la mula cargada de sacos de carbón, y se los quitábamos a veces antes de que se los descargase.
Dicen que con Anastasio Ochoa, de Zúñiga, murió (1989) el último carbonero navarro de verdad.
Aún hay, eso sí, en pueblos de las Améscoas, en el valle de Lana o en Etxarri Aranatz, hombres que saben hacer carbón en las carboneras próximas al pueblo: apilar la madera cortada y seca formando un cono, cubierto con césped y tierra fina. dejando unos pequeños respiraderos, además de la boca central; prender fuego a la pira, controlando los orificios, abriéndolos y cerrándolos; y esperar unos veinte días a que la madera se «cueza», perdiendo agua, sustancias volátiles y dejando un tercio de leña rico en carbono y en alto poder calorífico.
Montxo Armendáriz, nuestro mejor director de cine, los hizo famosos en su primera película Carboneros.
Aunque en ella no salga la carbonera de Abárzuza, que llevaba a Mañeru el carbón.