Cuando llegamos a la catedral, sita en el arrabal, no lejos del río Cidacos, sale la abigarrada comitiva de una boda gitana, algunas de las asistentes vestidas de faralaes, mientras espera a los novios [recién casados también, según el diccionario] una enorme limusina, como nunca habíamos visto. Desde la última magna exposición diocesana no habíamos visto la hoy con-catedral calagurritana, así que la vemos ahora como nueva. De fachada barroca, en forma de gran retablo, y con una torre que lleva, como bandera de piedra, todos los colores de los siglos, la primera impresión de belleza que nos sale al paso es el célebre Retablo de los Reyes, rococó del XVII y del XVIII, restaurado recientemente. Pero el embrujo propio de la catedral, como de todas las catedrales, está en todo su interior, grave, silente, majestuoso, como Domus Domini y Domus coelestis in terra que es. Ya Aurelio Prudencio escribió que en el lugar del martirio de los Santos Mártires calagurritanos, el Arenal, se levantó en su honor un Baptisterio, al que acudían peregrinos y donde se llevaban a cabo muchas sanaciones. Aquel templete se convirtió en catedral románica y ésta en gótica, comenzada en 1443, que duraría más de dos siglos. Dentro del sacro conjunto, que es lo que importa para entender bien lo que se ve, sobresalen las capillas de la girola, entre ellas, la capilla central de los Santos; la bautismal, con una grandiosa pila gótica; el coro renacentista; las rejerías góticas… No tenemos tiempo de ver hoy ni el claustro plateresco ni el rico Museo diocesano.
Seguimos por la calle Arrabal hasta el convento de de las carmelitas descalzas de San José, extramuros; y por la calle en rampa de las Monjas alcanzamos la calle Bellavista, un alto mirador sobre el regadío de la ciudad, todo parcheado ya de invernaderos, y por la calle Eras, seguida de la de Pastores, nos metemos en esa Calahorra pobre, vieja, a las veces mísera, que viene derrumbándose a trozos, y que ocupa todo el barrio bajo y el mediano de la parroquia de San Andrés, donde durante siglos vivieron jornaleros, pequeños hortelanos, arrieros, carreteros, pastores -algunas calles llevan sus nombres- y por donde vemos pasar sólo gitanos y moros. Si, cerca de la iglesia de Santiago, hemos visto, al bajar, un tropel de niños y adolescentes que iban a celebrar el ruidoso y terrorífico Halloween en la Casa de los Curas (hoy de Exposiciones), de una casucha medieval sale ahora una caterva de mujeres y niñas musulmanas -¿una fiesta religiosa, familiar?-, endomingadas, y donde no falta una mujer alta con burka, que de lejos podría confundirse con una monja católica tradicional o con una figura del dichoso Halloween. Pero no, es una mujer inmigrante con burka, como las de Afaganistán… en la celtíbera, romana y cristiana Calahorra. Vamos viendo en todo el largo trayecto que recorremos locutorios, carnicerías, bares, tiendas de objetos domésticos: culinarios, lúdicos y ornamentales, propios de los islamitas residentes, y que llegan hasta el extremo occidental de la larguísima calle del Sol, que desemboca en la calle Grande, la más comercial del casco histórico. Allí nos detenemos un rato y nos tomamos un tentempié.
Está claro, una vez más, el variopinto mundo en que vivimos. Y la nueva España, la nueva Rioja y la nueva Calahorra que, se quiera ver o no, crece entre nosotros, con nosotros o sin nosotros: sin que a veces nos enteremos. – ¿Cómo que no? -salta Paulita-. Si cualquier pueblo de la Ribera navarra está igual…