Todos los días, espero que alguien nos invite a una manifestación en favor de los revoltosos, de los insurgentes, de los rebeldes, de los revolucionarios -que de todas estas maneras se les llama- en todo el norte de África y Oriente Próximo. Todos los días, espero que alguien nos invite a firmar un manifiesto en su favor, pidiendo la ayuda del Gobierno español, de la Unión Europea o de la ONU. Como en aquellos días de la guerra de Irak. No espero, en cambio, que nadie dé un paso en contra de Ben Alí, de Mubarak, y ni siquiera de Gadafi, como tampoco en su día se movió nadie en contra de Sadam Husein. Espero y desespero. Y, al fin, acepto, como penitencia de la Cuaresma que comienza hoy, la abstinencia y ayuno de manifestaciones, de manifiestos y de cualquier gesto de apoyo público a la causa de quienes, como se dice a todas horas, representan nada menos ¡lo que un día representaron sus predecesores de 1789 y de 1989!
