Archivo del Autor: vmarbeloa

Virgen de Huarte

 

         La influencia del gótico francés fue grande en Navarra desde el siglo XIV al XV. Las tallas que conservamos son excelentes y majestuosas, labradas en piedra policromada: Virgen del Amparo y del Consuelo en la catedral de Pamplona; Virgen de la O en la parroquia de San Nicolás…

Más menuda es Nuestra Señora la Blanca, de mármol blanco, traída el año 1349 desde París por el avisado mercader Martín de Huarte, que mercadeaba en Pamplona y residía en el pueblo de su apellido.

Graciosa y un tantico mundana, muy vestida y parcialmente policromada, sostiene lánguidamente en la mano derecha un ramo de flores, no original, y en la izquierda un niñó grandullón y absorto, como madre,  apretando  nada menos que un globo terráqueo.

Siempre ha pasado por una Virgen afrancesada.

Judas, de Amos Oz

 

         He  terminado de leer uno de los libros que comencé a leer en la pasada Semana Santa, Judas, del famoso escritor israelí Amos Oz (1939), galardonado con el premio Príncipe de Asturias de las Letras, entre otros. Estupenda novela, de ésas que podríamos llamar semihistóricas, donde, además de una trama sugestiva, en este caso erótico-amorosa, se cruza la realidad política y militar, a menudo trágica, del Israel de los últimos cuarenta, sobre todo en la figura polémica del sefardita Joaquín Abravanel, y la histórico-religiosa a través de la historia de los libros judíos sobre Jesús de Nazaret y una nueva interpretación de la figura de Judas Iscariote. Judas aparece aquí, en la interpretación del protagonista Shmuel y de algunos de sus profesores, como el discípulo predilecto de Jesús, el que más a pechos tomó su doctrina, el que impulsó con su autoridad su viaje a Jerusalén y propició su captura y muerte esperando el milagro de su adopción pública por Dios como Mesías liberándole de la muerte. Consecuente con todo ello, su decepción habría sido desesperada y le habría llevado a poner fin a su vida. El capítulo que narra los soliloquios del «traidor» y los preparativos de su ahorcamiento es magistral. Magistrales son en general las descripciones a través de toda la novela. Novela, que uno lee y relee, y en la que ve y oye,  piensa, dialoga, discute, aprende y se conmueve de continuo.

Colegialidad y democratización

 

     Ahora que estamos celebrando el 50 aniversario del Concilio Vaticano II, es buen tiempo para recordar que con la colegialidad en la Iglesia se abrió una gran puerta a la sinodalidad  (sin-odos: camino compartido) y, con el Pueblo de Dios, a su democratización, de la que han sido claros ejemplos las cuatro grandes asambleas latinoamericanas, desde Medellín (1968) hasta Aparecida (2007). El papa Francisco comentaba no hace mucho que el camino de la sinodalidad es que el que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio. La verdad es que, en el primer nivel de la sinodalidad, el sínodo diocesano, el consejo presbiteral y el consejo pastoral están muy lejos de cumplir mínimamente las aspiraciones conciliares. ¿Qué son en casi todas las diócesis los dos consejos? Nada, mientras los obispos siguen siendo todo o casi todo. Algo más activas han sido las Conferencias episcopales nacionales. En cuanto a los sínodos de los obispos, sólo el último, y doble, acerca de la familia, ha cumplido parcialmente la escucha al Pueblo de Dios y el estudio previo por los obispos nacionales de los temas que habían de discutirse después en Roma. Por otra parte, la remodelación del ministerio petrino ha quedado sólo en buenos propósitos: -encíclica Ut unum sint (1995)hasta la llegada del papa Francisco, que ha comenzado a cambiar la imagen, el vocabulario, muchos y decisivos gestos y no pocas actuaciones. Persiste el clericalismo abrumador, incluso en ambientes y medios que se precian de no clericales, y los seglares aparecen demasiadas veces, a lo sumo, como auxiliares y suplentes del clero, cuando no incondicionales del mismo. A la espera de lo que pueda hacer este bendito papa y el próximo Concilio ecuménico, lo que que dista todavía para que la Iglesia viva de lleno el signo de los tiempos, siendo a la vez signo dentro de ellos, es mucho.

Siddhartha

 

           Al final de unos de los libro más hermosos que se han escrito nunca, en este caso, Siddhartha, de Hemann Hesse, compañero y amigo Govinda

dejó de ver el rostro de su amigo Siddhartha y vio en vez de él otros rostros, muchos, una hilera enorme, un río de rostros, cientos, miles de caras que llegaban y pasaban, aunque parecieran estar todas allí al mismo tiempo; miles de caras que se transformaban y se renovaban incesantemente y que, sin embargo, eran todas Siddhartha. Vio el rostro de un pez, de una carpa con la cara desencajada por un dolor infinito; un pez moribundo con los ojos saltones; vio el rostro de un recién nacido, rojo y surcado de arrugas, contraerse por el llanto; vio el rostro de un asesino, y lo vio hundir un cuchillo en el cuerpo de un hombre; vio en el mismo instante al asesino encadenado ante su verdugo, que le cortó la cabeza de un solo mandoble… (…)  vio dioses, vio a Krishna, a Agni; vio todos estos rostros y figuras anudados en mil relaciones recíprocas, ayudándose unos a otros, amándose, odiándose, destruyéndose, volviendo a procrearse; cada cual empeñado en querer morir…(…), pero ninguno moría, todos se transformaban solamente, renacían sin cesar e iban adquiriendo siempre un rostro nuevo.

Sin saber ya si había tiempo, si aquella visión había durado un segundo o cien años, no sabiendo ya si existía Siddhartha, o un Gotama, o un Yo y un Tú, herido en lo más profundo de su ser como por una flecha divina, Govinda permaneció un instante inclinado sobre el impasible rostro de su compañero, que acababa de besar y que acababa de ser escenario de todas esas metamorfosis, de todo el Devenir, de todo el Ser.

El rostro permaneció inmutable una vez que bajo su superficie, volvieron a cerrarse los abismos de la multiplicidad; sonreía tranquilo, sonreía dulce y tiernamente, tal vez con demasiada ironía, exactamente como El había sonreído, el Sublime.

La primavera te espera, te espera

 

     Con el  título Sobre el cielo imposible nos entrega el poeta amigo catalán Santiago Montobbio, uno de los poetas españoles más traducidos, el cuarto volumen de sus poemas escritos el año 2009, después de veinte años de silencio. (Ese cielo imposible es la mismísima poesía, en una de sus más lindas definiciones, indefinida como ella). Y en él se recogen, como en los volúmenes anteriores, muchos poemas breves, cotidianos, tan a la mano y a la vez tan misteriosos, y más cuanto más poéticos son. Como en este poema, que elijo casi al azar, con su alegría triste y su tristeza alegre, porque así es el cielo imposible:

La primavera te espera, te espera
la vida, una promesa. Así parece a veces
que el viento lo susurra. Pero el viento
tiene afición a las mentiras, o quizá aún más
está lleno de inexactitudes, porque suele transmitir
mensajes muy antiguos, que oyó
hace mucho y los ha ido con los días
poco a poco distorsionando, y ni él mismo
sabe ya qué dicen. La vida, la primavera
te espera, susurra el viento en una esquina.
Pero no te fíes. El vlento no es seguro.
Y el amor a veces no encuentra puerto.
Esta tristeza resume el mundo.

Los cuadros de Miró y sus gérmenes

 

         La exposición Huellas de tinta: Joan Miró en la colección Würth (Logroño) está formada por su obra gráfica (litografías, aguatintas y aguafuertes) de entre los años 50 y 80, a las que se suman varias pinturas a gouache y óleo, carteles, una escultura en bronce y obras llevadas a cabo para sus libros de biblófilo. Miró no encontraba diferencias entre la poesía y la pintura -solía pintar después de leer poemas-, y colaboró con frecuencia con poetas y escritores. En la exposición se exhibe la serie Lapidari, realizada para un proyecto conjunto con el poeta catalán Pere Gimferrer, de quien se transcribe un poema, y la serie completa  L´enfance d´Ubú, sobre un siniestro personaje (el caudillo Franco, que Boadella transfirió, muchos años después, en su teatro al molt honorable Pujol), del escritor francés Alfred Jarry, que el pintor mallorquín utilizó para canalizar su descontento político. Tras dejar pastar mis ojos y mi mente  en las formas y colores del genio, leo en uno de los muchos paneles que guían sabiamente la exposición, estas aladas palabras del maestro: Más que el cuadro considerado en sí mismo, lo que cuenta es lo que  éste lanza al aire, lo que esparce. Importa poco que se destruya el cuadro. El arte puede morir. Lo que importa es que haya esparcido gérmenes por la tierra.. El surrealismo me gustó porque los surrealistas no  consideraban la pintura como un fin. En efecto, no hay qu preocuparse de que una pintura se conserve siempre idéntica a sí misma, sino que deje gérmenes, de que esparza semillas de las que nacerán otras cosas.

Almadías

 

         Estas almadías que surcan el Esca en la vieja presa almadiera de Burgui son ya un recuerdo colectivo y festivo de lo que un día fueron en los Valles navarros de Salazar y Roncal y en otros parajes españoles y europeos.

Los almadieros roncaleses y salacencos iniciaban la faena en los ataderos, playas fluviales a las que llevaban los troncos tras el desembosque y el barranqueo por medio de caballerías. Allí ahogaban madera, colocando los postes unos junto a otro en plataformas de 10 a 15 troncos, a fin de construir cada tramo.

Pinos y abetos eran la mercancía más frecuente, y pinos y hayas mezclados. La época almadiera estaba limitada por el nivel de las aguas: desde comienzos de diciembre hasta el día de San Pedro. El punto de envío más habitual  era Zaragoza,  y a veces Tortosa. Muchos jóvenes se ofrecían para la penosa aventura y trabajaban frecuentemente a destajo.

Las carreteras y, sobre todo, los camiones acabaron con ellas un día de 1951.

Bajan hoy, entre aplausos del numeroso público curioso, las balsas folklóricas de docenes, catorcenes y aguilones, convertidas en muestra deportiva tradicional, desaparecida ya la tradición de la necesidad y de la carencia.

Estos campos primaverales

 

      En estas dos últimas semanas de primavera  han crecido hasta su más alta talla los herbales, ha esplendido la flor de la colza y han estallado los cerezos. He seguido el maravilloso fenómeno -he estado a punto de escribir acontecimiento, personificando el hecho natural por los cuatro puntos cardinales de la Cuenca de Pamplona. Desde el mirador de Olza, torreada y marquesal; desde el Alto ventoso de Marcalain; desde el Alto frondoso de Lakidain y desde el alertado Perdón, he contemplado el  variopinto tablero del ajedrez primaveral, propio de abril, compuesto por los distintos verdes de los campos de cebada, trigo, centeno, veza, alfalfa, habas… y con los altos tallos de la colza, gloriosa en sus racimos de flores glabras y doradas, que huelen a miel. Desde Lakidain, una tarde de cierzo, me embriagué como nunca con el olor de los habales, vestidos ahora con traje de gala, que este año se multiplican en todos los puntos de la Cuenca. Siguiendo el reino de la colza bajé hasta la frontera de Garinoain, Artajona y Añorbe, bajo el rumor de los fantasmales molinos de viento, donde acaban de abrir sus pequeños ojos los robles, que se resisten en sus reservas cada vez más hostigadas; y allí vi ondear al viento las primeras cabecitas de las futuras espigas de los extensos cebadales, levemente moradas, sobre las  cimbreantes cañas glaucas, verditransparentes. Y me fui hasta Etxauri para admirar el milagro anual de los cerezos, la flor épica de los frutales, pero frágil y breve, que no espera si no se le espera, pero que ciega si se le mira mucho rato de frente.- Son los primeros verdes: prima.vera (prima viridia). Los primeros amarillos solares. Los primeros blancos, que nos recuerdan las recientes nieves. Y, allí, a nuestros pies, los primeros azules de las vincas pervincas, de las verónicas, de las violetas…

Hoy, día de San Pedro de Verona, cuando en nuestros pueblos se ponían las pequeñas cruces de madera bendecidas en las cimas de las mugas, buscando la bendición de Dios sobre los campos.

Hornos de pan

 

       El uso del horno en Navarra fue uno de los monopolios que solían reservarse en tiempos antiguos el rey o señor y devengaba una tasa -el fornage-, que obligaba a los villanos, no a los hidalgos y francos, salvo dispensa.

Todavía en muchos pequeños pueblos de la Montaña navarra aparecen en la pared trasera o lateral de las casas las bovedillas caleadas, hechas de mampuestos, de los hornos exteriores, protegidos por tejaroces, sostenidos por una armazón de troncos de madera, y a veces sustentados sobre el barandal de los balcones.

Pero ya no se hacen hornadas en las casas particulares. No se calienta el horno con sarmientos, chaparros o coscojas; ni se retiran las brasas; ni se barren luego las losas de la solera, como tantas veces he visto hacer a la tía Cruz y al tío Valentín en su horno público, en mi pueblo.

Todos vamos ya a comprar el pan de cada día o de cada semana. O esperamos a que nos llegue cada mañana, lo mismo que el periódico.

El mayor disparate

 

          Entre los disparates de estos meses aburridos  y desesperantes, el cometido en el  último tiempo del partido (de la partida) por Pedro Sánchez y su equipo de bisoños enamorados del poder ha sido tal vez el mayor de todos. En unos minutos ha dejado en la estacada el cacareado pacto con Ciudadanos, y ha hecha suya, con algún leve matiz, una endiablada oferta retórica del partido valenciano Compromís, con cinco diputados en las Cortes, pancatalanista, un sí no es independentista, y componente de Podemos. ¡Recordemos que Ciudadanos expulsó hace meses a ciertos militantes que habían llegado a acuerdos con ese mismo partido! ¡Ni Sancho Panza la hubiera hecho suya en su frenética carrera, pronto lamentada, hacia el gobiernito de la Ínsula Barataria!.