¡Cuántos neofascistas de hoy -por sus obras los conoceréis y nombraréis- haciendo como que resisten a no sé qué fascismos de antes y de ahora!
¡Cuántos neofascistas de hoy -por sus obras los conoceréis y nombraréis- haciendo como que resisten a no sé qué fascismos de antes y de ahora!
Acabo de pasar un buen rato con Sue Hubbel, bióloga de carrera y bibliotecaria de profesión, convertida en una granjera apicultora –Dama de las Abejas-, pobre, ilustrada y activísima, que vive hace años en las montañas Ozarks, al sureste de Misuri. Hubbel es también la autora de un libro exitoso Un año en los bosques, que, según el premio Nobel, J. M. G. Le Clezio, es un libro que le ha hecho tan feliz como cuando leía a Virgilio junto al mar, a la sombre de los olivos; un libro, en el que la poesía es una respiración, en el que el lenguaje nos acerca su música. – Ahora es también otoño en la vida de la granja. He acompañado a su dueña en el arreglo del nuevo tejado del altillo del granero, y en sus recuerdos maternales de su hijo Brian, que ahora estudia en una universidad lejana y ha venido unos días de vacaciones con su novia Liddy para ayudar a su madre. Me he enterado de las relaciones de Sue con granjeros vecinos en cuanto a las colmenas de sus abejas y he sabido qué son los avispones cariblancos y cómo pican sin perder el aguijón, como las abejas. He conocido la historia de sus perros, la de sus abuelos y hasta la de su educación con la monja católica Esther, aunque ella no es católica.. No ha sido menos apasionante la historia de sus gallinas, gallos y pollos y las batallitas contra sus agresivos perseguidores: coyotes, zorros, halcones, mapaches, zarigüeñas y búhos. He seguido a la intrépida granjera en algunos de sus viajes comerciales para vender miel, y en la última reparación de la caseta de bombeo y del gallinero. Y la he visto, en fin, cuando, después del áspero trabajo, dejaba en el granero los caballetes, la sierra circular, el taladro atornillador, un nivel, una escuadra de carpintero, cinta métrica y latas llenas de tornillos y clavos.
Me dicen unos amigos que van a visitar el palacio de los duques de Villahermosa en la villa aragonesa de Pedrola, y les digo que no dejen de visitar la Ïnsula Barataria en el vecino lugar de Alcalá de Ebro. Con este motivo recuerdo que cuando fuimos a conocerla, nos costó un buen rato encontrarla. Tras visitar Pedrola, nos acercamos, pensando que estuviera junto al río, al extremo oriental del Ebro. Recorrimos un buen tramo de un camino alto, levantado como un motarrón más, pero no encontramos nada. Hasta que unas adolescentes que paseaban sus perros entre risas nos indicaron la cercanía del lugar quijotesco, unos kilómetros más adelante, entre Cabañas de Ebro y Alcalá, asegurándonos que nos daríamos de morros con él. Seguimos unos minutos buscándolo, hasta que en la carretera que llega de Cabañas hasta Alcalá, vimos el letrero Ínsula Barataria sobre la entrada pomposa de un recinto arbolado, cercado por una larga tapia. Podía ser o no ser la Ínsula soñada. Dos perros ladradores mostraban, tras la puerta principal de entrada, de que allí había vida algo más que perruna, y nos acordamos de algunos de los lances pintorescos que sufrieron allí Don Quijote y Sancho. Hacía calor, y como los árboles más próximos daban alguna sombra, dimos paso a nuedstro apetito, a la manera quijotesca, y sin esperar a nigún doctor Pedro Recio de Tirteafuera, echamos mano de nuestras alforjas y sacamos el pan y el queso y otras viandas comederas en riberas de ríos y en claros de bosques. Sin tener que levantar los manteles, que no los había, y descabezado el sueño reparador de la siesta, con permiso de los perros que al fin se callaron, oímos que crujía la cancela e imaginamos al lacayo Tosilos, a la dueña, dolorida o no, doña Rodríguez, y a la mismísima enamorada Altisidora que nos la abriera. Pero cuál fue nuestra sorpresa cuando salió a recibirnos… un negrito, no sé si del África tropical, quien nos dijo con todos los comedimientos que tanto ponderaba Cervantes, que aquello no era la Ínsula Barataria de Sancho Panza, ni nada que se le pareciera; que era una finca particular como un pino, y que… buen viaje. Una vez más la Red, que todo lo en-reda de la mejor manera, vino en nuestro auxilio, y aprendimos que la Ínsula apetecida por Sancho era el mismísimo Alcalá, predio en aquel tiempo de los Duques, con unos mil habitantes entonces, y ahora con 399, en números no redondos. Alcalá está en el centro de un bucle que hace juguetón el padre Ebro, con lo cual, cuando venía con sus ebradas, dejaba al lugar inundado y separado de cualquier civilización. En los días en que gobernó Sancho, no hubo crecidas que sepamos, y pudieron ensayar los duques todas las astracanadas o crueldades con los dos personajkes inmortales de nuestra literatura, que en esto no se han puesto de acuerdo, ni se pondrán, los críticos literarios. Recorrimos las calles de Alcalá, lugar cercado con tapias protectoras, y defendido por todas partes con motas y motarrones. Sus casas tienen dos plantas, donde no falta la dedicada a don Miguel; contemplamos – y no nos topamos con ella- la iglesia de dos torres del lugar, que no era la del Toboso; agradecimos la leve escultura conmemorativa cerca de la torrecilla, que hace de centro de intepretación; subimos sus escaleras y nos asomamos al Ebro, sereno pero desmejorado, brilloso de azules y verdes veraniegos, y nos metimos en el próximo y minúsculo bar de la Ínsula, con terraza en la calle, donde todos los paisanos eran personajes entre quijotescos y sanchopancescos, en el mejor sentido de la palabra. Y nos sirvió la nueva dueña regente de la bodega del palacio habitado por Sancho, que podría llamarse Pilar, devota de la Virgen Patrona de Aragón, y que no deja de llevar, año tras año, un ramo de flores para la ofrenda floral en la plaza del Pilar de Zaragoza.
Escribió esta canción, entre otras muchas, en la primera lengua galaica de nuestra poesía lírica, el rey de Castilla y León, Alfonso X, llamado el Sabio, que escribió de casi todo, pero sobre todo las Cantigas de Santa María. ¿Para que repetirla? Ya está escrita -núm. 80- hace siglos. He aqui las dos primeras estrofas:
De graça chêa e d´amor
de Deus, acorre nos, sennor
Santa Maria, se te praz
pois nosso ben tod´en ti jaz
e que teu Fillo sempre faz
por ti o de que ás sabor
De graça chêa e d´amor
de Deus, acorre nos, sennor
E pois que contigo é Deus
acorr´a nos que somos teus
e faz nos que séjamos seus
e que perçamos del pavor
De graça chêa e d´amor
de Deus, acorre nos, sennor
Recuerdo que cuando a los miembros de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa nos tocaba en Estrasburgo la fiesta nacional del 12 de octubre, instituida por un Gobierno socialista, muy pocos parlamentarios socialistas españoles íbamos a celebrarla a la embajada de España, invitados por el admirable embajador y correligionario, Ferrnando Baeza (+ 2003). La Virgen del Pilar, la fiesta nacional, la de la guardia civil… les decía bien poco a la mayoría de mis colegas. Escribía yo, hace unos días, en este cuaderno sobre el déficit nacional del PSOE. Desde un primer momento sus fundadores confundieron demasiado la nación española con la España católica que abominaban, y todo fue uno: nacionalismo español, militarismo, caciquismo y catolicismo. Un escritor vasco, convertido al socialismo desde el sabinismo integrista, Tomás Meabe, es el prototipo de lo que digo en la primera década del siglo XX, en su natal Bilbao y en toda Vizcaya, sólo contrarrestado, parcialmente, más adelante por el asturiano Indalecio Prieto. Los socialistas catalanes, por otro lado, hicieron pronto rancho aparte y proclamaron la libertad total y absoluta de Cataluña. A día de hoy el secretario general del partido hermano catalán, el PSC, prefiere pactar con los independentistas antes que un Gobierno de Rajoy. No es nada nuevo ni hace falta que lo jure: llevan muchos años gobernando con ellos en Cataluña, Baleares o Galicia, siempre que han podido, y con el beneplácito del PSOE más español. El poder vale mucho más que la nación y la patria, un símbolo al fin y al cabo. Y así les ha ido. Sólo una vez, y en circunstancias excepcionales, gobernaron cuatro años en Euskadi gracias al apoyo parlamentario del PP, al que poco le agradecieron. Lo cierto es que Podemos, la nueva izquierda neo-leninista y neo-laclauniana emergente, ha heredado lo peor del socialismo y del comunismo seudointernacionalista y medio apátrida, y anda por ahí como lazarillo de todos los que piden autodeterminación hasta que consigan su objetivo y… no hablar ya nunca más del célebre derecho a decidir, que parece debiera durar lógicamente hasta el fin de los siglos. Llamar progresismo a este falso pluralismo, y fascismo a todo lo que recuerde, simbolice y celebre la nación española es lo que Savater llama el gran fraude ideológico, educativo y político de nuestra democracia, y el origen de la principal amenaza que pesa actualmente sobre ella.
Vuelvo a la poesía de los trovadours, trouvères y minnesingers medievales para uno de mis temas de investigación, y en este poema del mejor novelista de su siglo, el trouvère Chrétien de Troyes (1160-1190), Amor que me has robado de mí mismo, encuentro una estrofa tan admirable como ésta:
Corazón, si mi dama no te aprecia,
no por eso te alejarás de ella;
siempre estarás a su disposición
desde que lo has emprendido y comenzado.
No amarás con mi consentimiento la abundancia
ni te afligirás por la carestía.
Mucho se endulza con el alejamiento
y, cuanto más lo habrás deseado,
tanto será más dulce para probar.
( Cuers, se ma dame ne t´a chier…)
El filósofo catalán Antonio Fornés, autor de Creo, aunque sea absurdo, o quizás por eso, nos recuerda que Nietzsche nos advirtió que no puede acabarse con la idea de Dios en la sociedad y seguir como si nada hubiera pasado, al faltar el fundamento de cualquier moral o escala de valores. Por eso nos presenta en La gaya ciencia aquel loco que, a plena luz del día, busca a Dios y acusa a los hombres de haberle matado, gritando cómo hemos podido vaciar el mar y quién nos ha dado la esponja para secar el horizonte. Fornés, siguiendo de cerca a Zubiri, constata que es muy duro ser auténticamente ateo: Significa admitir que la existencia es un absurdo sin sentido y que nuestra vida es fruto de un mero azar estadístico; que estamos solos sin posibilidad de consuelo, y que nuestro sufrimiento tendrá como único premio la tenebrosa carcajada de la nada. Pero hay muy pocos ateos de verdad. Occidente ha abandonado al Dios de nuestros padres para reemplazarlo por los dioses menores y mezquinos de la modernidad: el fútbol, el nacionalismo, la tecnología…
Ayer, fiesta de la Virgen del Rosario, y aniversario de la decisiva batalla de Lepanto para la cristiandad, una mano conocida y lejana me envió el poema de Chesterton, que, la verdad sea dicha, no conocía. Es un largo poema vibrante, en alejandrinos consonantes, bien radicado en su tiempo. Un alto canto a la cristiandad alborotada por el Señor del Cuerno de Oro; a la España católica de Felpe II, y sobre todo a Don Juan de Austria, el príncipe sin corona (a crownless prince), el último caballero de Europa (the last knight of Europe), frente al fiero turbante de Mahoma. Quedémonos al menos con las últimas estrofas:
¡Vivat Hispania!
¡Domino Gloria!
Don John of Austria
¡has set his people free!
Cervantes on his galley sets the sword back in the sheath.
Don John of Austria rides homeward with a wreath.
And he sees across a weary land a straggling road in Spain.
Up which a lean and foolish knight for ever rides in vain.
And he smiles,but not as Sultans smile, and settles back the blade…
(But Don John of Austria rides home from the Crusade.)
(Cervantes en su galera envaina la espada.
Don Juan de Austria regresa con un lauro
Y ve sobre una tierra fatigada un camino roto en España,
Por el que eternamente cabalga en vano un insensato caballero flaco,
Y sonríe, pero no como los sultanes, y envaina el acero…
(Pero Don Juan de Austria vuelve de la Cruzada).
Me quedo contemplando en el Bellas Artes de Bilbao el cuadro del catalán Rafael Vergós -de una reconocida familia de pintores-, documentado entre 1492 y 1500. El militar romano y mártir cristiano aparece esta vez, lejos de la habitual figura atravesada por las flechas de sus verdugos, como un héroe renacentista, con larga cabellera rojiza bajo un birrete negro, barba ligera, la cabeza coronada con el círculo dorado de la santidad. Un doble collar de oro pende de su cuello. Un triangular escote se abre en su camisa blanquecina con rayas negras horizontales, y sobre el largo vestido verde lleva un manto marrón claro, de amplios pliegues, como cualquier cortesano romano. En su mano derecha sostiene dos flechas -signo de su martirio-, con las puntas hacia abajo, y en su izquierda el arco doblemente curvado. Es él ahora el dueño y señor de los instrumentos de su tortura y de su muerte, signos ya de su victoria.
Al final de la primera entrevista que concede el papa emérito sobre su sucesor, Benedicto XVI resume humilde y fraternalmente todo lo declarado, cuando le preguntan si está contento:
– Si. En la Iglesia se respira una nueva frescura, una nueva alegría, un nuevo carisma que llega a las personas, y todo eso es, sin duda, algo hermoso.