Archivo del Autor: vmarbeloa

Segundo domingo de Adviento

 

(Mt 3, 1-12)

El vozarrón de Juan, llamado el Bautista,
clamaba eficazmente en el desierto
preparando el camino del Señor,
que llegaba inminente con su Reino.
Vestía el profeta una túnica
hecha de pelos de camello;
langostas y miel silvestre
eran su único alimento.
Venía al Jordán la gente a bautizarse
 en señal de conversión
y firme arrepentimiento.

El profeta arremetía con palabras ardientes
contra  algunos fariseos
allí presentes,
y algunos saduceos,

maestros de la ley, raza de víboras,
que engañaban a su pueblo:
el hacha estaba puesta ya en la raíz
de los árboles sin fruto
para ser abrasados en el fuego.
Y fuego amenazaba en nombre del Espíritu de Dios
que iba a completar su breve ministerio:
en sus manos airadas,
                                    el decisivo bieldo
aventador de la paja combustible de la era
para poder llevar el trigo hasta el granero.

Era Juan todavía
figura del Viejo Testamento.
Jesús de Nazaret, más fuerte que él,
que había de venir
para dar al bautismo de aquél cabal cumplimiento,
no venía con el hacha
ni el bieldo justiciero.

Francisco de Xavier y el vascuence-euskara

 

       El jesuita guipuzcoano P. José María Recondo, el mejor biógrafo de Francisco de Javier, después del célebre jesuita alemán P. George Schurhammer, publicó el libro La lengua vasca de san Francisco Javier: O cuarenta años de obsesión, el año 2001, a los cuarenta años de haber afirmado que la lengua vasca había sido la lengua nativa del santo. Pues bien, tras esa larga experiencia de lecturas, estudio y de investigación, llegó a la siguiente conclusión:

¿Habrá que esperar a que algún afortunado descubra un día un verdadero argumento entrañable que ponga en labios de Javier la lengua plurimilenaria? Nada más deseable. Mientras tanto, no consta, nada prueba. Rotundamente, no hay argumento, con certeza histórica, de la lengua vasca de San Francisco Javier.

El argumento de que el santo hablaba, la víspera de su muerte en la playa de Sancián, en una lengua que no entendía  el único testigo, Antonio de Santa Fe, o Antonio China, que había olvidado su  propia lengua, quiere decir bien poco. Podía ser el japonés, el francés, o el mismo castellano, pues Antonio hablaba portugués y le sonaría algo el latín.

El otro argumento, el que Francisco de Javier, escribiendo desde Cochín, el 15 de enero de 1544, a sus compañeros residentes en Roma -copia hecha en Coimbra en 1547-, y dijera en ella que los cristianos del Cabo Comorín no le entendían al comienzo,  por ser su lengua natural malavar y la mía bizcaina…  merece una mayor atención. No se dice que fuera la lengua vasca, ni vascuence, bascuenze o bascuenz, sino bizcaína. Redondo estudia en varios capítulos  el significado que tiene  ese sintagma en Cervantes, Lope, Tirso de Molina o Quevedo, y llega a la conclson de que en el siglo XVI y XVII quería decir el modo que hablan o escriben el español los vizcaínos cuando faltan a las reglas gramaticales.

Dudoso, sí, dudoso. Menos dudoso es asimismo el que en Javier no haya habido toponimia alguna vasca. A mi me parece más convincente el argumento negativo (por carencia) de que en la correspondencia de Francisco con su dilecto padre Ignacio, vascoparlante de Loyola (Azpeitia), no haya una sola palabra vasca: aita, ama, Jaungoikoa, eliza…

No vayamos demasiado lejos ni quedémonos demasiado cerca. Busquemos siempre la verdad.

Domingo Ramos Lissón

 

Domingo era mi mejor amigo en la universidad de Navarra. Lo conocí hace muchos años en una de las reuniones de la Sociedad Hispano Alemana del Norte de España. Anteayer, leyendo su necrología en Diario de Navarra, me enteré de que murió el domingo anterior. La última vez que supe de él fue cuando me respondió a un mensaje en el que yo le preguntaba por su salud. Al dejarle en su casillero uno de mis últimos trabajos, me dijo el portero que útimamente no iba por allí. En su mensaje me decía que había tenido nuevos alifafes, pero no me hablaba de gravedad ni nada por el estilo: le  contesté que me avisara cuando estuviera mejor para vernos, como solíamos, en la cafetería de la Biblioteca. Domingo era un buen teólogo y uno de nuestros mejores patrólogos españoles. Cuando comencé mi serie sobre el Anticlericalismo en la historia de la iglesia de España, fue mi mejor consejero y me ayudó mucho a seleccionar la bibliografía, la suya también. Ültimamente, me regaló su precioso libro La fe de las primeras comunidades cristianas. Domingo me ha acompañado siempre en los últimos tiempos con su criterio, animación y amistad. Después de morir mi madre, me invitó varias veces a almorzar en los comedores universiatrios. Y él solía firmar, como profesor de la UN, mi tarjeta de lector de la Biblioteca. Curiosamente, el martes pasado, encontré en una de las estrofas de las Coplas de la Vita Chrusti, de fray Iñigo de Mendoza, el nombre de un pastor llamado Domingo Ramos, y pensé en darle la buena noticia. Se la envío ahora  al cielo de Dios.

 

El sacacorchos de Miró

 

En el Bellas Artes de Bilbao, donde se expone también un imponente Belén napolitano de Francisco Salzillo, estuve ayer contemplando la  numerosa selección de grabados, antiguos y  modernos, y unos cuantos cuadros de pintores famosos, todos ellos traídos de la exposición permanente en el Museo del Vinoo, Bodegas Vivanco en Briones (La Rioja). Pintores como Picasso, Gris, Miró, Prieto, Saura, Tapies, Clavé, Hernández Pijuán, Sempere, Condé, valdés, Arroyo, Warhol, Barceló, Ricardo Baroja, Hamaguchi o Menchu Gal. Siempre en relación con el vino: Baco, faunos, bodegas, botellas, uvas, racimos, viñas, copas, bodegones… Me interesó, más que cuando lo ví por vez primera, en Briones, el cuadro «Le trobadour», de Joan Miró, 1974, aguafuerte y aguatinta. Es un sencillo sacacorchos de alas -el Museo  riojano tiene decenas y decenas de todos los tipos y tamaños-, en posición vertical, con las aletas extendidas, remedandio la figura humana, con dos ojos y raya de nariz diujados en el hueco del asa. A los habituales ornamentos mironianos, en forma de soles, manchas, rayas… esparcidos por el cuadro, negros, verdes, azules y rojos, se añaden aqui unos granos gris-morados de uva, y una mancha vinosa, de forma que todos los demás signos pueden imaginarse también así. Ahora que estoy estudiando la obra poética de los trovadores medievales –trobador y trobairitz, en provenzal-, me encuentro con esta broma lírico-pictórica. Sí, el vino era un placer excelso, cantado una y otra vez, que no todos los trovadores, y sus segundos, los juglares, se podían siempre permitir.

Fidel Castro, padre del mundo

 

     He oído, estos días, a fervientes cubanos castristas llamar a Fidel Castro Padre de la Patria –qué patrióticos son todos los comunistas cuando gobiernan ellos-, Padre de América y hasta Padre del Mundo. Toda dictadura, toda sociedad cerrada y más con un guía providencial, acostumbra a sus súbditos fieles a empequeñecerse, a aniñarse para mejor resaltar la paternidad, la superioridad, el dominio, el señorío del dictador, del conductor, del caudillo, del führer, del duce, dueño y señor del Pueblo, de la Nación, del Estado, simbolizados y encarnados en él. El abuso pudo y puede tener una raíz seudo-religiosa, en cuanto, como sabemos, los atributos de la Divinidad, que reposaban, teórica y prácticamente, ya en los emperadores romanos  y, de hecho, en algunos bizantinos y sacro-germánicos y luego en algunos reyes absolutos, fueron transferidos, desde la Revolución de 1789 a la Nación, y de la Nación a los dirigentes supremos de cada una de ellas. Los Estados comunistas, con Stalin, Mao o Castro a la cabeza, han seguido, a pesar de su ateísmo, esa tradición seudoreligiosa. Pero la paternidad sobre todo el mundo, fuera de algún papista-integrista extraviado, no lo había oído nunca  de nadie.- Por lo demás, sigo con atención las opiniones de los expertos que hablan de las luces y las sombras del Régimen castrista. Algunos son tan ingenuos, que, después de hacer como que remarcarn algunas de esas sombras, acaban declarando a Fidel como el mayor estadista de América. Sin recordar que un estadista que no sabe aunar eso que llaman Justicia y eso que llaman Libertad -si es que puede haber una Justicia que no sea libre  y una Libertad que no sea justa -no merece el apelativo de  estadista, y posiblemente ni siqueira el de buen  dirigente político.

¿El papa está loco?

 

El economista francés Michel Camdessus, nacido hace 83 años, hoy miembro del Consejo Pontificio «Justicia y Paz» y presidente de  las Semanas Sociales de Francia, fue un buen pesidente del Fondo Monetario Internacional, desprestigiado por otros presidentes posteriores como Rato o Strauss-Kahn, y cuya etapa la vivió como un servicio a la humanidad y a Dios para poner las manos en el barro. Camdessus comprende y justifica la frase dicha por el papa Francisco de que la economía mata, como dicha por un  sacerdote y profeta, no por un economista. Porque es fácil demostrar, afirma, que ciertos elementos del sistema económico actual son el origen de miles de muertes. (…) La  reciente crisis ha creado desempleo, sufrimientos y muerte. Detrás de ella se esconden carencias éticas gravísimas, que el papa califica  con su lenguaje de profeta, que llega a los corazones. El pensamiento económico de Francisco, según el prohombre francés, no es ni más ni menos que la Doctrina Social de la Iglesia, a la que aquél ha añadido un tono profético. Tras remarcar la influencia que tuvo la encílica Laudato sí´en la reciente cumbre del clima en París y de recordar que a los profetas se les suele martirizar, Camdessus afirma esperanzado refiriéndose al papa profeta: Con un puñado de cristianos que entiendan lo que dice y acepten comprometerse, se cambiará el mundo. No es de la misma opinión Federico Jiménez Losantos, el que fue fuera estrella mediática de la Cadena de los obispos españoles durante muchos años, quien en el diario digital de su dirección se atrevió a llamar loco al papa, malinterpretando unas palabras no muy oscuras de Francisco. Contestaba éste tal vez a la frase del periodista italiano Eugenio Scalfari de que el mandato evangélico de amor al prójimo  es el programa del comunismo, replicando cortesmente que en todo caso son los comunistas los que piensan como cristianos en este punto, y precisando que Cristo ha hablado de una sociedad donde los pobres, los débiles, los excluidos puedan decidir; no los demagogos ni los barrabases. Pero, como comentaba en la revista El Semanal Juan Manuel de Prada, los sembradores de cizaña  propagaron que el papa había afirmado que comunistas y católicos piensan lo mismo, para que los católicos chorlitos reaccionaran paulovianamente y juzgasen al Papa un peligrosos comunista.

Primer domingo de Adviento

 

(Mt. 24 37-44)

Igual que en los días del diluvio:
comían, bebían, se amaban, engendraban…,
y llegaron los turbiones
y todos desaparecieron.

Hemos visto morir de repente
parientes, amigos, compañeros,
en casa, en la calle, o en un choque de autobús.
Y seguimos viviendo como antes.

Tememos al ladrón
que entre en nuestros pisos a robarnos,
pero esperamos mucho menos a Dios Nuestro Señor,
el día imprevisto de la muerte.

«E las fermosas passadas…»

 

         Decía Zorba el Griego que le sería más fácil morir, si ese mismo día murieran todas las mujeres bellas del mundo. Leyendo al poeta Juan de Mena, aunque no es mi mejor poeta en el siglo XV, encuentro entre sus mejores poemas de amor, esta octava menor, que me parece contiene el mayor piropo posible: su amada es más bella que todas las bellas que han existido y su beldad amenaza con llevar bajo tierra a todas las bellas que se atrevan a competir con ella:

                                          E las fermosas passadas,
                                          passadas daquesta vida,
                                          son contentas e pagadas,
                                          porque fueron sepultadas
                                          primero que vos nacida.
                                          E las que quedan agora,
                                          a quien vos fazéis la guerra,
                                          si su beldad no mejora,
                                          a vos tengan por señora
                                          o se pongan so la tierra.

«Dime, muerte, por qué fuerte…»

 

     En estos días de niebla, frío y lluvia de noviembre, mes de los difuntos, leo el sugerente poema de fray Diego de Valencia de León  (la actual Valencia de Don Juan), poeta franciscano, maestro en Santa Teología, «físico, estrólogo y mecánico», uno de los más copiosos poetas del Cancionero de Baena (1430), del que recojo las tres primeras octavas:

Dime, muerte,  ¿por qué fuerte
es a todos tu memoria?
Ca tu muerte fue conuerte
a los que biven en gloria.
Citatoria y munitoria
embías que me confuerte,
dilatoria, perentoria,
a mi puerto non apuerte.

Tú desfazes muchas fazes
que fueron fermosas caras,
los rapazes de almofazes
con los señores comparas,
algazaras muy amaras
contra muchos buenos fazes,
tus señaras cuestan caras
al coger de los agrazes.

Religiosos muy famosos,
papas, reyes, emperadores,
soberviosos, poderosos,
fijosdalgo, labradores…
no son peores ni mejores
ante ti nin más graziosos,
pecadores con dolores
van del mundo deseosos.

(Ca= porque; conuerte = consuelo; apuerte= llegue; almofazes= mozos de cuadra; señaras= tierras de pago)