Archivo del Autor: vmarbeloa

Pedro Sánchez se vuelve rojo

 

         Así lo proclamaba ayer, con retintín, uno de los barones autonómicos del PSOE, poco afecto al candidato. Lo ciertro es que el soldado Sánchez, en su presentación en Madrid, en olor de multitud, prometió en el ámbito económico el oro y el moro, y en el político asumió por fin la España plurinacional de sus antiguos adversarios y lema de todos los independentistas y confedralistas, incluidos algunos de sus amigos federalistas catalanes. Poco tiene eso que ver con el cacareado Pacto de Granada. Y es que Pedro Sánchez -que no debe de distinguir entre federalismo y confederalismo- o no sabe o  no recuerda, en su hybris vengativa, que todas las Monarquías (la belga) y Repúblicas Federales se llaman nación (la nación alemana, la suiza, la nortemericana…), y no plurinación; y que ésta no es más que el pretexto para defender el falso derecho a decidir y la independencia, Lo que resulta más pintoresco es que sus asesores más ilustrados, Borrell y Tezanos, que sí lo saben, no se lo hayan dicho.

Un disparate esperpéntico

 

        Diga lo que diga el Gobierno cuatripartito de Navarra, el homenaje, celebrado el pasado sábado, a las víctimas de la extrema derecha o por parte de funcionarios, que en teoría tiene sentido, fue de hecho un homenaje a varios terroristas de ETA, sea por los familiares invitados, por el discurso de algunos de los oradores y por el contexto general del acto. Antes, el Gobierno guardó un sospechoso silencio sobre los detalles de la celebración. Pero después de la misma, ya no puede disimular la intención profunda de la misma. Si algunas de esas víctimas podrían merecer un homenaje o, al menos, un recuerdo compasivo y solidario, otras no. Fueron unos delincuentes que hicieron mucho daño y estaban dipuestos a hacer más, se suicidaran un día, murieran enfrentados con las fuerzas de Seguridad o  a causa de los explosivos que portaban-. Todavía nos faltan ciertos datos que confirmen y robustezcan este primer parecer. Pero basta con lo que sabemos para calificar este acto como el disparate mayor cometido por el Gobierno maionalista-independentista vasco y autodeterminista de Navarra. Un disparate esperpéntico.

«Mil duros i una tartaneta»

 

           Esa era en tiempo de Blasco Ibáñez, según el escritor prologuista valenciano Manuel Vicent, la expresión del triunfo social de la mesocracia valenciana. Esa mesocracia representada aqui en primer lugar por la protagonista, doña Manuela, a la que vemos entrar en el mercado con su busto airoso, sus amplios faldones, cuidadosamente enguantada, con el limosnero al puño y velado el rostro por la tenue blonda de la mantilla. Y con ella el cochero de la tartana y la criada. Cuando, al final de la novela Arroz y tartana (1894), doña Manuela y su entorno caen en el mayor de los fracasos y, a la par, en la mayor de las degradaciones, el viejo don Eugenio, el dueño quebrado la tienda embargada Las Tres Rosas -centro sibólico de la acción novelesca-, exclama profético poco antes de morir del susto y del disgusto: ¡Te has lucido, Eugenio! Sesenta años de honradez inquebrantable, llegar a una edad a que pocos llegan ¿y todo para qué? Para desmoronarse en un día lo que tanto me costó de edificar… ¿Pero ¿en qué tiempos estamos? (…) La maldita ambición de subir y salirse de la esfera los pierde a todos… Esta no es mi época. El lector de la novela, tan antigua, ve aquellos sucesos a la luz de lo ocurrido en años recientes, entre la delincuencia y la cárcel, con algunos descendientes políticos, industriales y comerciales, de aquellos mesócratas decimonónicos, todavía modesta burguesía valenciana, que pensaban sólo en ganar, en triunfar y en lucirse, a la vez que comenzaban a corromperse. Pero, además, afortundamente, puede el mismo lector gozar de las sabrosas descripciones naturalistas de Vicente Blasco Ibáñez, con su deje crítico y sutilmente malvado, de lo que ha sido y sigue siendo seña de identidad de la ciudad de Valencia: el mercado, la feria, la Navidad, el carnaval, las Fallas, los fuegos artificiales, los toros, la Semana Santa, la fiesta de la Virgen de los Desamparados, los miracles de Sant Vicent, la procesión del Corpus…

Un ejemplo en la República Centroafricana

 

         Los dos recibieron recientemente en Madrid, en el curso de las jornadas Islam y Cristianismo: diálogo bajo un mismo techo, el premio  Mundo Negro a la Fraternidad 2016. Los dos son el cardenal de Bangui, Dieudonné Nzapalainga, y el imán de la mezquita central de la capital centroafricana, Omar Kobine Layama. Los dos han dado muchas pruebas de arrojo y fortaleza ante la pasada dictadura derrocada en 2013, ante la guerra civil y ante toda muestra de fanatismo, exclusión de odio de clase, de etnia o religión. Los dos dicen las mejores alabanzas uno del otro. Baste, por toda una historia, que puede leerse ya en la Red, este breve relato del cardenal, cuando se empeñó en visitar a su amigo, en medio de un clima de feroz enfrentamiento: Me amenazaban diciendo que no podía ir al Kilómetro 5, el barrio islámico de Bangui. Muchos musulmanes me echaban en cara que había distorsionado la fe de su imán. Él vio cómo destruyeron su mezquita y quemaron su casa. Entonces yo le acogí, junto a su mujer e hijos, durante seis meses en mi casa, en el obispado. (…) El diálogo entre Islam y Cristianismo no es una abstracción, una teoría, sino una forma de vivir. Es algo muy fuerte el buscar lo que nos une para avanzar. En nuestro caso, hemos visto en esto un sentido muy hondo de la religión. (…) El diálogo es el fundamento del Islam y del Cristianismo.

 

Últimos aforismos

 

–  La Justicia de cualquier país debe ser justa. Cualquier otro epíteto, positivo o negativo que se le añada, no hace justicia a la Justicia.

– ¿Por qué mayordomo y no menordomo?

– El homo eligens (Bauman), en que se ha convertido el antiguo militante, se contenta con elegir. Ese parece ser para él el núcleo de la democracia. Lo demás importa poco. De ahí, la provisionalidad, la frecuencia y la banalidad de muchas de sus elecciones.

– ¡Qué pronto se nos hizo tarde! Frase feliz para expresar doloridamente el paso fugaz de las edades.

Sagapò

 

          Para conocer algunos horrores de las guerras, sobre todo los horrores de la degradación y de la opresión sexual de las tropas, pocas obras como esta la novela -o, mejor, un conjunto de breves narraciones- del véneto Renzo Biasion, publicada en Iitalia en 1991, titulada Sagapò (Te quiero), santo y seña de los soldados italianos en su trato, casi siempre prostituido, con las mujeres griegas. Perdidos por Grecia, tras la conquista de Albania al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, aislados en Atenas, en pequeñas islas o en pequeños pueblos, el autor, un joven soldado, pintor de afición y oficio, profesor de dibujo en su País, escribió estas páginas contando las aventuras, no precisamenrte bélicas, de aquellos jóvenes italianos, concentrados, aburridos, viviendo muchas veces a costa de los nativos que los odiaban, en medio de múltiples reyertas y crueldades entre ellos mismos o con los soldades alemanes que los acompañaron a veces, y explotando siempre para satisfacer sus instintos a unas pobres mujeres, casi siempre prostitutas, que así podían al menos comer, aunque sufrieran con frecuencia la misma suerte fatal de sus explotadores. Menos mal que el escritor-pintor tiene casi siempre cerca el mar mediterráneo, sus colores, su luz y sus horizontes, para solazarse y consolarse él mismo y regocijar a sus futuros lectores.  El mar es también el alivio habitual de soldados y meretrices.- Es el libro de un artista de la pintura, que narra directa, sobria y puntualmente la miseria humana, a la vez que exalta la belleza luminosa de las cosas y lo que queda aún de luminoso en los seres humanos en medio de su triste degradación.

¿Un Vaticano III?

 

     Uno piensa a veces que, a los 50 años del Concilio, tras la revolución exgética y teológica sobrevenidas en estas últimas décadas, avanzadas las relaciones de la Iglesia Católica con otras Confesiones religiosas, y con la crisis de la moral y de la diciplina católicas en plena efervescencia. sólo un nuevo Concilio, llámese Vaticano III, II de Jerusalén, o como quiera llamarse, podría salir al paso de lo nuevo y recomponer, de arriba a abajo, todo lo anterior. Pero leo unas declaraciones del prestigioso historiador italiano de la Iglesia, Alberto Melloni, director del Atlas histórico del Concilio Vaticano II, que nos dice que no hay en el mundo católico un nivel suficiente para emprenderlo: Una de las grandes tragedias de la Iglesia católica –afirma– es la falta de una teología capaz de medirse com los problemas esenciales y grandes. Hemos cultivado durante largo tiempo una telogía que  se conformaba con una forma de decir que el Papa tiene siempre razón o que el Papa siempe se equivoca. Pero no se medía desde el punto de vista intelectual con el mundo. Según Melloni, la teología contemporánea hoy se contenta con problemas fragmentarios y cuestiones minúsculas, lo que tiene mucho que ver con la caída del nivel iintelectual de la clase dirigente en todo Occidente. Todo ello unido  a que la gran explosión de las Iglesias jóvenes no ha venido de la mano de una explosión de tipo teológico.- Todo un criterio serio sobre el que merece la pena reflexionar.

Cataluña en España (y VII)

 

         En el período posterior, el nacionalismo catalán, muy diversificado, va progresando. En 1905 nace Solidaritat Catalana, formada desde carlistas a republicanos, frente a una dura ley de Jurisdicciones, que intenta reprimir la crítica creciente y las acciones incontroladas. En 1914 se creó la Mancomunitat de Catalunya, presidida sucesivamente por los nacionalistas Prat de la Riba y Puig y Cadafalch. Tenía por objetivo la construcción de la identidad nacional a través de la unificación y normalización de la lengua, mejora de las infraestructuras, potenciación de la educación y cultura catalanas… Políticos catalanistas de la Lliga Regionalista participaron en varios de los Gobiernos de la Restauración.

Desde la Asamblea de Parlamentarios (1917), crítica con la política nacional española y principio de la reinvidicación de un Estatuto para Cataluña, hasta 1923 transcurrieron, sobre todo en Barcelona, unos años de trágica conflictividad entre sindicatos obreros -especialmente la CNT, nacida allí en 1910- y patronales, con la que acabó la Dictadura del capitán general de Cataluña, Miguel Primo de Rivera (1923-1930), bien acogida por la opinión pública y por la burguesía catalanista. Pronto el dictador suprimió la Mancomunitat y persiguió la lengua catalana, lo que exasperó al movimiento nacionalista catalán.

El intento del ex coronel y separatista Francesc Maciá en abril de 1931, proclamando la República Catalana, como Estado integrante de una inexistente Federación Ibérica, pudo compensarse rápidamente con la instauración de una autonomista Generalitat de Catalunya, regida por Esquerra Republicana de Catalunya, mayoritariamente no independentista, que consiguió aprobar el primer Estatuto de Autonomía en septiembre de 1932. Más grave fue la proclamación, el 6 de octubre de 1934, por el nuevo presidente izquierdista Lluis Companys, del  Estado catalán dentro de otra inexistente República Federal Española, que cortó por las bravas el republicano y catalanista capitán general  Domingo Batet con unos cuantos cañonazos, y dejó un centenar de muertos, el presidio del presidente y de sus colaboradores, la suspensión del Estatuto, y un precedente gravísimo de una próxima guerra civil.

Toda la restante historia es demasiado conocida para que la rememoremos aquí.

Cataluña en España (VI)

 

         Durante la Restauración canovista, conservadores y liberales catalanes se repartieron el poder en Cataluña, entonces la fábrica de España, por la industria algodonera, que exigió aranceles fuertemente protecccionistas ante la competencia inglesa. En las dos guerras de Cuba (1868-1878) y 1895-1898), un mercado bien aprovechado por el naviero e industrial catalán marqués de Comillas, los periódicos catalanes mostraron un intenso españolismo. La prosperidad industrial catalana hizo que a comienzos de siglo un 40% de la población de Barcelona y su entorno llegara del resto de España. Los tristemente célebres atentados anarquistas en Barcelona no tenían carácter identitario alguno, ni menos nacionalista.

Pero todo ello contribuyó decisivamente a que a finales del siglo XIX surgiera el nacionalismo catalán. con el primer Congreso Catalanista (1880), que reclamó escuelas en lengua catalana. La entrega, en 1885, del Memorial de Greuges (agravios) al rey Alfonso XII, lejos de todo separatismo, enfatizaba el proteccionismo y el Código civil catalán, de origen romano, con la libertad de testar, frente al derecho castellano, comunitario. En 1887, los tres jóvenes nacionalistas Enrique Prat de la Riba, José Puig  y Cadafalch y Fancisco Cambó fundaron la LLiga de Catalunya, que, cinco años después, con el nombre de Unió Catalanista,  convocó la asamblea, donde se aprobaron las Bases de Manresa, esbozo de Estatuto de autogobierno, corporativo, opuesto al parlamentarismo liberal.

Fueron años de intensa eleboración y propaganda nacionalista por medio sobre todo de la lengua, y también del excursionismo, el canto coral, el baile de la sardana -entonces desconocido por la gran mayoría-, la barretina y el himno El Segadors, letra y música modificadas una y otra vez desde 1882 y que por fin  las incorporó el Orfeó Catalá en 1899 a su repertorio y se hicieron popularmente reivindicativas.

Fueron años también, en los que se defendieron en Cataluña teorías racistas, haciendo de la catalana una raza pirenáica, analítica, frente a la raza meridional, arbitraria y absorbente  (Valentín Almirall, federal y después republicano radical); una raza aria y superior, frente a las razas del sur del Ebro (Pompeyo Gener, federal y después supernacional), o  una raza catalana y europea, mercantil e industrial. frente a la española, semítica y bereber (Prat de la Riba).

Cataluña en España (V)

 

       La abolición de los fueros en el reino plural de Aragón no significó el inicio de un período decadente, sino más bien próspero, a pesar del grave revés político de largas consecuencias, sobre todo en Cataluña. El rey de España, el ilustrado Carlos III eliminó el monopolio gaditano para América y los productos catalanes entraron sin trabas en el mercado americano, mientras se suprimían las aduanas nacionales y se abría el mercado del resto de España a la industria catalana, la más avanzada del País.

En la guerra antinapoleónica (1808-1814), el pueblo catalán sobresalió por su patriotismo español. Baste citar la heróica ciudad de Gerona y la resonante batalla de los Bruchs. La Junta Superior del Principado envió sus representantes a la Junta Suprema, la Junta Central, y después a las Cortes de Cádiz, cuyo primer presidente fue un catalán. Los diputados catalanes no reivindicaron antiguos privilegios, sino, como la inmensa mayoría de los liberales españoles, defendieron la antigua monarquía moderada o pactada, pero ya dentro del modelo centralista y uniformador francés.

Durante los reinados de Fernando VII e Isabel II surgieron en Cataluña los primeros movimientos obreros, en los que predominó el anarquismo bakuninista, y en su interior prevaleció el carlismo, sin pretensiones fueristas. Todos los proyectos de los nuevos partidos políticos fueron comunes con los del resto de España. Ninguna de las muchas rebeliones, sublevaciones y conflictos, especialmente en Barcelona, la ciudad más moderna y avanzada de la Nación, tuvo carácter nacionalista y menos separatista. La Renaixença  fue un movimiento cultural, que exaltaba valores propios, regionales, pero hablaba de la patria común española.

En el invierno de1859-1860, un cuerpo de voluntarios catalanes, recibido triunfalmente en Barcelona, participó en la guerra de África, al mando del general catalán Juan Prim y Prats, héore de la batalla de Tetuán, nombrado marqués de los Castillejos, que seria el organizador principal de la Revolución «gloriosa» de 1868. La I República (1873) tuvo dos presidentes catalanes: Estanislao Figueras y Francisco Pi y Margall.