Una sociedad enferma (III)

España es el país del mundo, en el que los cambios estructurales, sociales y políticos han sido, si no caóticos, sí más rápidos y bruscos, escribía Ronald Inglehart, director de la Encuesta de Valores. Anleo recuerda, por su impacto positivo en las instituciones, en el Estado de bienestar, en la educación, en la familia y en la sociedad en general estos cinco cambios: el salto económico a una sociedad de consumo e masas; la transición política a un Estado democrático de derecho; la escuela de masas; las desproletarización y ascenso al club de países de clase media, y la ampliación del papel de la mujer hacia cotas de mayor igualdad y de participación en la vida pública. Pero deja de notar, como sugiere Inglehart, esa brusquedad de los cambios habidos en España, rayana en el caos, que ha lastraddo todos y cada auno de esos cambios, que o no fueron  tan serios y eficaces como a primera vista parecen, como tendríamos ocasión de comprobar, si fuéramos analizando todos y cada uno de ellos: el salto económico tuvo grandes fallos de estructura; en la transición política no todo fue orégano, como estamos viendolo hoy día; la escuela de masas se quedó a veces sólo en eso… El sociólogo Bericat, coordinador del trabajo El cambio social en España, que veía a los españoles más libres, más prósperos, más educados, más iguales, más cultos y ello en un ambiente de paz, respeto a los derechos humanos, libertad y seguridad, sólo interrumpido esporádicamente por la violencia de ETA, dijo, en general, una verdad comprobable, pero las excepciones eran tantas, que su juicio merece ser examinado atentamente y reducido, proporcionalmente, a la realidad. El milagro español puede ser reducido a esa clase de milagros que esstudian hoy los biblistas con el método histórico-crítico, reductor… de los milagros. Baste citar ahora esa gran consigna, ideal y programa de la Transición, que se llamó la Reconciliación, y ponerla a prueba hoy mismo en las Cortes, en los partidos y sindicatos, en la calle… para ver qué valió y dejó de valer, qué supuso entonces y qué queda de ella, no sólo por la persistencia de ETA y sus muchos brazos  políticos, sociales y culturales, que hoy campan a sus anchas. Y lo mismo podemos decir de la economía productiva, de la debilidad de nuestra educación personal y colectiva, de la libertad concebida como capacidad individual sin límites, de los derechos sin deberes, del feminismo rampante sin verdadero arraigo en los valores esenciales de la mujer… Pienso que el punto de partida ha sido mal fijado, que toda la Transición ha sido desmesuradamente valorada, y que, por eso, la crisis general de hoy es una buena estación de análisis y reflexión.