El soberanismo es una palabra acuñada mayormente por el PNV para evitar decir independentismo, el independetismo que acaban de heredar de ERC los hasta ahora autonomistas-confederalistas de CIU, y superar el autonomismo, que no el federalismo, al que nunca los peneuvistas se apuntaron. Pero el soberanismo, como dirá luego el entrevistado, no está reñido con la independencia: se consigue mediante la independencia o cualquier otra fórmula. El fin de este bifronte nacionalismo vasco es el poder soberano (supremo) de Euskadi. En una entrevista amable que le hace EM, el candidato a presidir el país en las próximas elecciones, y presidente actual del PNV, contesta amablemente también. Dejados atrás la independencia profetizada por Arzallus para el año 2004, y el Estado libre asociado de Ibarretxe, abortado antes de nacer, en 2007, Urkullu se refiere al nuevo reto-meta de su partido para el año 2015: un Acuerdo que contemple la relación bilateral y un sistema de garantías reciproca entre las administraciones vasca y española. Pero lo que le pasa al burukide vasco es que, huyendo de la realidad, cree que Euskadi es un Estado, que busca relacionarse de tú a tú con otro Estado. Y es que Euskadi es una Comunidad Autónoma, todo lo específica que se quiera, pero nada más, dentro de España, como las Encartaciones son una comarca de Vizcaya y no una Comunidad Autónoma, o Abando es un barrio de Bilbao y no un ayuntamiento. En cuanto a la institucionalización de las relaciones entre la C.V. Vasca y la Comunidad Foral de Navarra por medio de un Órgano Común de colaboración -que echó abajo el Congreso de los Diputados, no sólo el PSN, en 1997- no es imaginable siquiera, mientras unas cuantas fuerzas políticas vascas sigan persiguiendo la independencia de España y la integración de Navarra en Euskadi para hacer aquélla más fácil. En lo que atañe al deseo de la incorporación del Derecho a decidir (es decir, el derecho de autodeterminación) al ordenamiento jurídico español, dentro del susodicho Acuerdo, es pensar en lo excusado. Ningún país del mundo lo incorpora. Una Comunidad tiene el derecho a decidir dentro del marco de su competencia, como toda institución humana y aun todo hombre sobre la tierra, pero no el derecho a independendizrse, si no es con el consenso de todas las demás Comunidades, de todo el resto de los españoles. Tampoco Abando tiene de por sí el derecho de decidir separarse de Bilbao, ni las Encartaciones separarse de Vizcaya. La falta de realismo político de este hombre serio y elegante tiene como otro botón de muestra su rechazo a la fórmula resto de España; sólo admite decir resto del Estado, como si el Estado (Estado español) no se llamara España, país, nación y Estado, miembro de la ONU y de la Unión Europea. Urkullu y muchos peneuvistas como él no toleran la nación española, con cinco siglos de existencia, como si sólo fuera Estado: una mera estructura jurídico-política abstracta, aunque luego, contradictoriamente, algunos de elllos se adhieran a la fórmula «España, nación de naciones». Como si pertenecer al Estado español no les hiciera españoles. Y es que desde su fundador tienen como dogma primero y principal de su partido ser vascos y sólo vascos. Ésa identidad mantienen y quieren mantener.
