Visitando la cuarta planta del Museo Reina Sofía, de Madrid, me detengo ante la importante obra exhibida de pintores españoles de la talla de Viola, Saura, Tapies, Rivera, Gordillo, Muñoz, Barceló, Valdés, Canogar…Entre la curiosidades, oigo al mismo Tapies explicar el significado de las cruces, habituales en sus cuadros. Comenzó, nos dice, trazando cruces después de la guerra, cuando España se le representaba como un cementerio, y acabó entendiéndolas como «un símbolo universal de las coordenadas del espacio». Sabiendo esto, contemplo el cuadro titulado Díptico de la cruz (técnica mixta sobre entrechapado): una gran cruz griega dibujada con trazos negros e irregulares en fondo blanco, con dos desconchados ocres en los extremos. No veo nada, no encuentro nada: ni el espacio siquiera. Y me deleito en el encanto próximo de Los libros, de Manuel Valdés, cortados por él mismo de la carne aún viva de los árboles comprados en US, y colocados en esa biblioteca fantástica, digna de Borges.