Este título encabezaba el artículo que David Garciandía, profesor de derecho internacional público y de la UE en la universidad de Alcalá y de Oxford, escribía, hace una semana en DN.
Los tres retos, muy acertados, que gloso aquí ligeramente, son: la industrialización de Navarra, en horas bajas; la regeneración política, en medio de una ola de corrupción de la democracia individualista y autoritaria que nos ahoga en toda España, sobre todo por culpa del Gobierno sanchista, cada día más autocrático, y la reunión social de los navarros.
Este último tiene su aquel particular. Secularmente divididos; más divididos que nunca por la guerrilla de ETA y el movimiento separatista vasco; polarizados cada día que pasa por un sanchismo guerracivilista, que ha olvidado la lección de concordia de la Transición; despojados en buena medida de un quicio común, como fue en su día la religión y el patriotismo de nuestros padres y abuelos; debilitados por la carencia de fuertes vínculos educativos y culturales por la irresponsabilidad de un frívolo progresismo o de un inútil integrismo…, solo nos queda revertir esta situación negativa, uniendo fuerzas y voluntades comunes en lo esencial, dejando a un lado diferencias adjetivas y no sustantivas, a la vista del abismo que nos espera, si seguimos esta carrera loca de despropósitos, alimentados por una falta de motivos de cohesión y por una hybris de idolatrías ideologizantes y partidistas, tan lejanas del verdadero progreso como de un indispensable humanismo para poder seguir viviendo en tierra civilizada.