Seguimos ahora por una pista de zahorra, que recorre el segundo espacio, llano, tras las crestas de la sierra y los lapiaces, superficies pétreas irregulares de rocas carbonáticas (calizas), modeladas por el agua con múltiples surcos, orificios y aristas agudas, entre las que morronean unas cuantas ovejas la poca hierba que ha brotado tras unas pocas lluvias después de la intensa sequía. Las dos balsas primeras, que, la primer vez, nos causaron el espejismo de unos pequeños ibones, están en su mínima expresión de hidrógeo y oxígeno, apenas suficiente para bebida de los rebaños que pastan a uno y otro lado de las mismas.
Seguimos un buen rato por la pista, con los grajos sobre nosotros, unos buitres altos y de vez en cuando unos milanos rojos en sus habituales contorneos venatorios. Vamos, con el sol aún tímido entre nubes ligeras, intentando identificar los picos de la sierra, que un día aprendimos con cierta dificultad: Tunelgaña, Aitzorrotz, Eskalaborro, Pagpmotxete, Dorrokoteka o Dorraoteka (Portillo de Dorrao), que hace referencia, como se ve, al túnel, la roca o peña, el haya, el pueblo vecino…
Nos cruzamos con varias parejas, de jóvenes y no tan jóvenes, algunas con un niño pequeño, que pasan animosas, casi todas con bastones de monte, con mayor vuelo que nosotros. Pasa el que parece coche de un pastor. Cuando volvemos y llegamos de nuevo al camino encementado, una bandada de buitres bajan coreográficamente como si hubieran avistado alguna presa fácil, pero debe de ser un rito distinto, porque, poco después se desplazan con menos protocolo y desaparecen de nuestra vista. Acabamos de ver esta mañana, en la fiesta de la Hispanidad, al paracaidista de la bandera nacional sobre Madrid, y el parecido físico del descenso no deja de deslumbrarnos. Solo que habituados estos días a la mención de los fondos buitre, los buitres reales, con sus majestuosas rémiges sobre Andía, salen muy favorecidos.
Atravesamos la sierra de norte a sur, por el corredor que la separa de Urbasa, pasando del reino de los espinos retorcidos de las cumbres al reino de las hayas, y de este al de las encinas del Valle de Yerri, hasta llegar a Abárzuza, cada día más coqueta de villas nuevas, arboladas floreadas, y nos llegamos hasta los prados que rodean el viejo monasterio de Iranzu, donde, no lejos de unos caballos que pastan apaciblemente, yantamos y sesteamos al sol, que ahora es amigo, junto a unos fresnos, que en vano nos ofrecen su sombra.
En el bar Dulanz, el monte que sobre monta la villa, hecho firma periodística local, tomamos un café, y, tras acercarnos al turístico Lerate y contemplar el recortado lago de nuestra tierra, continuamos por el inmenso valle de Yerri, el solitario de Gazólaz, el desconocido de Mañeru, y llegamos a Puente la Reina, que es como estar cerca de casa. Qué decaídos, que mustios, qué tristes están tras lalarga sequía todos estos valles, sus árboles y arbustos, sus laderas y ezpondas. Aquellos nogales, guardianes de nuestras carreteras, no parecen los mismos.