Está la mañana festiva cejijunta. El sol entre nubes y nubes sin sol. Y un viento suave, como de otoño que no quiere separarse mucho del verano atroz que acabamos de sufrir. Hace mucho que no hemos ido a la sierra de Andía (la grande), y allá que nos vamos por el Alto de Lizarraga, bajo el magno abanico de puntas calizas, mucho más que sierra, y un bosque cansado de hayas sin agua durante meses, que están a punto de despojarse con el primer viento, con el primer frío, con las primeras lluvias.
Está bullicioso el bar de Lizarraga, y muchos coches llevan por el completo el espacio del parqueo. La mayoría de la gente, aparte de los que picotean en la terraza, se encaminan hacia el oeste, hacia San Adrián, pero nosotros partimos hacia el este, hacia San Donato. El repecho, encementado en toda la primera fase, nos parece más empinado que nunca, pero con los bastones de monte lo superamos bien haciendo los descansos debidos, que son nuestro secreto.
Junto a la caseta de piedra, que cubre una de las simas de la sierra, pegamos la hebra con paisano que ha subido hasta aquí en coche y que es habitual del lugar. Nos dice que la mina, operativa desde 1946 en el macizo calizo del puerto, que consiguió una concesión renovada por 30 años en 1993,, con una máximo de 90, está paralizada. Quien sabe si, como la de Oskía, por falta de licencia municipal.
Nos entretienen durante la subida los continuos graznidos, voznas o grajeas de los grajos (corvus frugileus), que revolotean sueltos, en parejas o en grupos dispersos, cerca de sus nidos. Dos buitres se posan en uno de los picos más altos encima de la mina. Cuando llegamos a lo más alto de la cuesta, podemos admirar los verdes montes del valle de La Sakana o Barranca, en el corredor del Arakil, que comienzan a otoñear, sobre los prietos poblados geométricos de Lakuntza y Etxarri Aranatz y sus blanquigrises polígonos industriales en los aledaños
Tenemos en frente la proa del Beriain, uno de los montes más hermosos de Navarra, gris, hercúleo, desnudo, mitad buque, mitad inmenso yunque sobre el recogido circo que forma el valle Ergoyena , con los pueblos dispersos de Lizarraga, Unanu y Torrano), con una pequeña mota en el centro, que es la ermita de San Donato y San Cayetano, hasta donde un día, con mi amigo Jesús, todavía joven y yo, más joven que hoy, por el mismo camino de ahora llegamos, un día de verano, con los bofes fuera, y donde sufrí una caída, que pudo ser seria, y no lo fue gracias al arrojo de mi compañero.