Esperanza y Belleza (II)

 

                       La fuerza activa de la esperanza  puede abrirse paso también entre la desolación creciente de un mundo que parece estar cada día más alejado de una aspiración universal al bien superior de la paz y prosperidad para todos.

Un paso al frente lo ha dado el filósofo surcoreano arriba citado, en su obra más reciente Sobre Dios, y en esta misma dirección reflexiona otro filósofo el francés George Steiner, ya fallecido, quien en su libro Nostalgia del Absoluto, interpreta la nostalgia no como un sentimiento que mira al pasado, sino al futuro. En este sentido, incluso la nostalgia que nos evoca un esplendor o protagonismo cultural perdido se transforma en un  grito que se lanza hacia adelante y no hacia atrás.

La esperanza se levanta entre las ruinas, porque hunde sus raíces en la memoria humana, que es más una reconstrucción de lo  que podemos, debemos y vamos a ser que una ajada fotografía del pasado, de aquello que fuimos, sin mitificaciones engañosas. La esperanza vive más  de la memoria reconstructiva que del simple recuerdo idealizado. Entre las ruinas ve también posibilidades, capacidades entre lo que hemos sido y lo que podemos ser con lo que somos.

La esperanza no es una huida hacia adelante, sino una concreción real de esa plenitud nuestra aún por emerger, que no es una evanescente fantasía, porque debajo de las ruinas y debajo de las cenizas alienta aún el rescoldo de un fuego no extinguido y la conciencia de una belleza originaria no abolida, por muy dañada y deformada que esté.