Volvemos a Valdegovía, en el extremo alavés de la Cuadrilla de Añana. Treinta aldeas, lugares o concejos y 1. 100 habitantes, más o menos. Esta vez no para llegarnos hasta el vecino pueblo burgalés de Valpuesta y recordar la vieja diócesis del obispo Juan (año 804) y su catedral, donde aparecen las primeras voces y palabras escritas en castellano. En el Valle -que fue sucesivamente de Asturias, Navarra, Castilla, Señorío de Vizcaya (integrado en la Corona de Castlla) y Álava- se encuentran los mejores eremitorios de la provincia: Bóveda, Quintanilla, Valluerca, Acebedo, Tobillos, Pinedo, Corro, y Villanueva, capital del Valle. Nosotros nos contentamos, hoy por hoy, con dos de ellos, probablemente los mejores.
Pinedo es un pueblecito de 20 habitantes y una docena de casas dispersas en una fronda verde, a 720 metros de altitud, cerca del río Omecillo, bajo el cordal serrado de Peña Karria o Peña Gobea. Desde la parte meridional del caserío avanzamos un kilómetro hacia la dirección que nos marca el indicador de madera: Haitzulo Artifizialak. Cuevas artificiales, título verdaderamente penoso e indigno de un Bien protegido por ley en 1985. Avanzamos unos minutos por un bosque de pinos y avellanos, y nos topamos con un saliente de roca en forma de hongo agujereado, gris azulenco: es la Peña Santiago, a 600 metros de altura. Mirando hacia el norte se abren en la roca dos grandes huecos partidos por una columna, con una gran ventana al oeste. Dentro, bajo la ventana, hay un poyo apegado a la pared. Al otro lado, una hornacina central, bajo un arco irregular, y una repisa, donde estuvo seguramente la imagen del apóstol Santiago hasta el siglo XVIII. El piso superior, al que se sube por dos peldaños de roca, está dividido en dos estancias, con dos grandes aberturas, partidas por otra recia columna, que asoman al oeste. En una de ellas unan hornacina en la pared abrigaba seguramente una imagen. Los comentaristas tienen estas dos estancias como lugares de oración y recogimiento.
Al permanecer la cueva inferior como capilla de Santiago hasta el siglo XVIII, no fue habilitado el eremitorio como camposanto en los siglos XI y X, cuando esto fue común en la zona. Por eso aprovecharon en el exterior occidental una covacha o abrigo natural bajo el roquedo para excavar tres sepulturas antropomorfas. También labraron dos tumbas en la plataforma superior de la roca. Los numerosos pequeños huecos que vemos en todas las rocas calizas de las cuevas son propis de la roca sedimentaria, compuesta mayoritariamente por carbonato de calcio, que se deslíe fácilmente con el agua de lluvia.
De Pinedo salimos hacia un pequeño parque umbroso, cerca de Corro, otro concejo pequeño y alto como el anterior, que guarda dos de los mejores eremitorios de la zona y conserva, además, en el sitio donde hubo una ermita de Santa Olalla, 30 tumbas excavadas en una roca a ras de suelo. Bajo un sauce llorón yantamos y sesteamos, Solo otras dos mesas están ocupados no lejos de nosotros. A media tarde, todavía calurosa, tomamos una breve senda, donde abundan los cenizos, y nos adentramos en un bosque, que al comienzo nos sorprende con el paredón horizontal de una gran roca, pero en seguida nos alegra con una variedad de avellanos, pinos negros, encinas, fresnos y arces, en dirección hacia las llamadas Cuevas de Moros, en el término de Solapeña, que así se llaman estas montañas bajas con roquedos calizos que sobresalen en las cimas y en medio de las mismas, tan frecuentes en Valdegovía. (¿El nombre viene, como tantas veces, de la creencia popular de que todo lo antiguo es cosa de moros, o, esta vez, de no sé qué familia Moro, que cerca de aquí tuvo una casa y usaba las cuevas como establo de sus bestias?) Los repechos más penosos del sendero están algo facilitados por unos tramos de madera en forma de escalera.
Llegamos a la primera cueva abierta en la base de un peñascón enhiesto, gris azulenco, con franjas rojizas, cubierto por la hiedra y que se corona con grandes arbustos y un pequeño pino entre ellos. La puerta es rectangular, con dos ventanucos a cada lado, techo abovedado con dos nervios en forma de arco y una hornacina en la pared del fondo. Dos tumbas en un extremo sobresalen del suelo bajo bovedillas de horno; en el otro extremo otras dos sepulturas bajo arcos de medio punto, tipo arcosolio. Seguramente que tras los enterramientos se transformó la cueva para darle aire de camposanto.
A un tiro de piedra, unos metros más arriba está segunda cueva, que tiene dos puertas rectangulares abiertas. La primera estancia con planta ligeramente circular y repisa corrida muy deteriorada, y la segunda, de planta rectangular, y cuya repisa es solo un recuerdo. Ambas estancias estaban unidas por una ventana alargada, ahora inexistente, y cuyo tabique divisor fue eliminado cuando la cueva se convirtió en tiempos modernos en cuadra o establo de animales. La primera estancia fue utilizada durante cierto tiempo como ermita de San Juan. Varias sepulturas están excavadas en el suelo y a los pies de dos arcos de medio punto, que a su vez contenían otras tumbas, ya muy destruidas.
Como se ve, y de modo parecido a otros eremitorios, las primitivas cuevas, del siglo VII y tiempos posteriores, de Corro sirvieron para muchos fines y en ellas actuaron muchos personajes. Sabemos de uno de ellos, que, vendedor ambulante, habitó la cueva en pleno siglo XX, destruyó la segunda repisa y las mentadas sepulturas, y construyó, sobre la segunda puerta, un piso superior adjunto, de lo que solo dan dan fe unos mechinales bien visibles en la pared alta de la roca.