El perdón, ahora, no por los otros, como en tantas ocasiones, sino por él mismo. La verdad es que la reciente visita apostólica a Chile dejó mucho que desear, y tuvo sobre todo un amargo sabor final, que se hizo patente en grupos de católicos comprometidos, en buena parte de la prensa e incluso en algún cardenal del grupo más adicto al pontífice. Lo que sirvió también para que los habituales críticos del papa en todo el mundo, de un lado y otro, se encarnizaran con él. Ahora es el mismo Bergoglio quien pide perdón por el daño hecho a las víctimas de los eclesiásticos pederastas, debido a la incompleta o falsa información que entonces tuvo, lo que le hizo empecinarse, aun en los momentos más delicados, en pedir pruebas, pruebas, pruebas, y en defender a ciertos prelados amigos o conocidos, sobre quienes caían las acusaciones mayores. Ahora las pruebas requeridas por él aparecen evidentes, y así lo ha comprobado Francisco. Las consecuencias de este cambio de actitud están por ver. Pero, ocurra lo que ocurra, es menester ponderar esta actitud del papa actual, No estamos acostumbrados a esto. A tan generosa confesión de responsabilidad. Y esto vale más que una encíclica.