Dios no muere el viernes santo
en una cruz del Gólgota.
Muere el Hijo de Dios, hombre perfecto,
carne y hueso de historia acontecida,
cuyo destino es morir,
para alcanzar, por el poder de Dios,
la vida perdurable.
Muere el Dios metafísico,
infinito y perfecto,
alejado del mundo y de su historia,
dueño absoluto de la absoluta libertad.
Pero el Dios de Jesús de Nazaret
no se hunde en el abismo de la nada.
Se hunde el hombre que rechaza
al Hijo del Hombre salvador de su miseria
y no sabe ser libre y justo al mismo tiempo.
El hombre está ahora más cerca de Dios que nunca,
y Dios, por fin,
ha liberado al mundo del poder de los hados.