Al Cristo de San Juan de la Cruz, de Dalí

 

¿Ruge o plañe el mar? Sólo se tiende
como un bruñido espejo ante tu talla*.
Breve es el mar para tu amor inmenso,
que en la cruz se revela sin orillas,
pero mejor que nada nos señala
la magnitud divina de tu muerte.

La cruz, ya noble, llena el firmamento,
negro como el terror de tu condena,
como la culpa atroz de tus verdugos,
como el miedo cerval de tus discipulos.
Bajo la cruz tu hermoso cuerpo pende,
atleta juvenil y musculoso,
dechado de equilibrio y proporciones,
cuerpo de un dios del panteón olímpico,
que contempla la costa compasivo
y envuelve con sus brazos amorosos
la pobre humanidad de tierra adentro.

Porque el genial pintor de Cadaqués,
que en sueños creyó verte en California,
quiso pintar, audaz, un Cristo vivo,
transportando la cruz como un trofeo:
Cristo resucitado sobre el mundo,
dueño de un mar de gracia y de belleza.
No es la luz del ocaso, sino el alba,
que viene a iluminar todas las cosas.
Cristo salido de la noche oscura.
Cristo, el Amado seductor, cantado
por fray Juan de la Cruz en versos de oro,
el poema más bello de la historia.

La barca no es la barca de Caronte,
la que nos lleve al Hades tenebroso,
sino la barca artesanal de Pedro
para llevar al mundo la noticia.

¡Oh, Cristo de San Juan y de Dalí,
Cristo en la cruz, desde la cruz triunfante,
Cristo gentil, celeste y victorioso,
acércanos la luz de tu victoria!

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  • Alusión al poema «El mar» dentro de El Cristo de Velázquez, de Miguel de Unamuno.