El buen escritor y hombre de bien que es Carlos Eymar, en El Ciervo, y con este mismo título, reprocha al papa Francisco, autor de la encíclica tan elogiada, Laudato si, por omitir en la conversión ecológica a la que nos anima, y de foma vergonzante, cualquiero referencia al sacrificio de los animales. No sé si Eymar repara en la argentineidad del papa actual. Pero antes de eso, como él mismo documenta, está el hecho magno de que en la Biblia, tras la primera caída, desapareció, si es que antes lo hubo, todo idílico veganismo, y el régimen carnívoro se impuso: desde las pieles de Adán y Eva hasta la alianza de Dios con Noé. Ni que decir tiene que Jesús de Nazaret, pobre y austero donde los hubiera, no hizo ascos ni en su vida ni en sus parábolas a tal régimen, incluso tras la resurrección, con aquella parrillada de pescado en una playa del mar de Tiberíades. No exijamos, pues, al papa Francisco, por perfecto que le pintemos y le queramos, que supere a la Biblia y se sitúe y nos sitúe en el paraíso, que, como ya todos sabemos, está al final y no al principio de este mundo regido por las ondas gravitacionales. Ni siquiera el santo, referencia espiritual segunda de Francisco -después de San Ignacio-, San Francisco de Asís, se salva de la exigente crítica, porque, por razones terapéuticas, comió, o le hicieron comer al pobre, alimentos condimentados con tocino, y no se opuso tampoco, el muy bendito, a llevar una piel de raposa en la cintura. Así que aqui no se salva nadie. Cuando no haya un papa argentino, tierra de reses, ¿tal vez el Concilio ecológico-feminista I impondrá a los que nos sucedan el veganismo total? Ojalá Carlos Eymar pueda ver ese gran día y después, como Simeón, irse en paz.