Ese reto constante de la altura.
Y la aspiración natural a la pureza del aire, del agua y del sol.
Esa búsqueda innata de la luz.
Y la apetencia pungente del encuentro y de los encuentros.
Ese anhelo de acercarse al paraíso de poner nombre personalmente a los pájaros, a las plantas, a las flores…: a las cosas.
Y el impulso y la voluntad de conocer el mundo de alrededor y de tomar posesión del nuestro propio.
Y la tendencia tan humana de volver a las tierras de nuestros antepasados.
Cada sábado, domingo, o día de vacación, la misma llamada secreta: la vocación del campo, de la naturaleza, del entorno ecológico.
La cresta calcárea del Txindoki o Larrunari (1.341 m.) en la sierra de Aralar (Arco Cantábrico), cubierta por el mar en la era secundaria, es ahora faro montañero, mástil del aire.
Y suena la orquesta plena de los sentimientos, como en el momento de la Visión en la Sinfonía Alpina de Richard Strauss.