Durante estos días he pensado en el inmenso daño que ha hecho en España la condena moral de los delitos hecha a regañadientes, con paliativos, a retranca, con conjunciones adversativas, como pero… Lo que se hacía con una mano se deshacía con la otra. Ocurrió centenares de veces en los años del plomo etarra. Y fuera tambien de los casos de terrorismo. Un grado superior al silencio total, a la falta absoluta de condena, en teroría, solía ser la ocasión pintiparada de aparecer humanos y hasta una pizca solidarios, y, al mismo tiempo, de aprovecharla para reafirmar la doctrina política de los partidos, sindicatos, instituciones (presumir de derechismo o izquierdismo, de patriotismo español o patriotismo separatista, o de cualquier otra virtud cívica), y para asestar un golpe bajo, en momentos delicados, al enemigo, que pertenecía al otro lado del universo (un universo dividido siempre en dos), al que nunca se le podía perdonar ser el enemigo. Afortunadamente, esta vez, el puñetazo al presidente Mariano Rajoy no ha servido para eso, al menos en las primeras horas y en los primeros espadas. Algo es algo. Y ya que estamos en períoodo electoral, mañana debieran todos los periódicos publicar los nombres de aquellos partidos que se presentan a las elecciones y no han condenado públicamente la agresión, o no han hecho algún gesto equivalente. Para que ningún español de bien, de pro, o bien nacido diera un voto a una entidad todavia no civilizada, el próximo domingo.